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Budismo y cultura china

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A partir de los primeros siglos de nuestra era, el budismo tuvo una amplísima difusión en Asia a lo largo de dos ejes principales: desde la India se propagó hacia el norte por los países del centro de Asia hasta alcanzar China y, a través de Corea, Japón. Por la ruta meridional, en cambio, llegó hasta el sureste asiático. El paso a China marca un momento crucial en la transformación y elaboración de la doctrina india que, renovada y enriquecida por la cultura china, se transmitió a los países limítrofes. Los pensadores chinos llevan a cabo las grandes selecciones hermenéuticas que adaptan los conceptos básicos del budismo indio y lo hacen coherente y armónico con su antigua tradición.
Considerado en los primeros siglos después de su entrada en el país una «religión extranjera», opuesta al pensamiento tradicional, el budismo en sus aspectos espirituales y seculares se convierte con el tiempo en un elemento fundamental en la formación del mundo chino, y se enriquece en contacto con el taoísmo y el confucianismo. Al acabar el proceso, el budismo se convierte no sólo en vehículo de transmisión en Extremo Oriente del mensaje religioso, sino también de la propia cultura china.
Llega a China en el siglo I d.C, cuando el país está gobernado por la dinastía Han, que garantiza paz, unidad y prosperidad en el comercio. De hecho, los monjes misioneros recorren el mismo camino que los mercaderes: la ruta de la seda, la gran vía comercial de la época. Se difunde progresivamente por la región de Gandhara, Cachemira y Bactriana y, cuando llega a China, ya ha recibido profundas influencias de las tradiciones religiosas iranias y del centro de Asia. En las regiones del norte el nuevo credo se consolida rápidamente, ya sea porque estas zonas están en contacto más directo con los centros religiosos de Asia central, o porque al descomponerse el imperio de los Han las nuevas dinastías de origen bárbaro buscan una base religiosa para construir una nueva ideología y vuelven los ojos al budismo, que de este modo consigue el apoyo del poder. El sur de China, en cambio, al disgregarse el poder político, se convierte en el bastión del pensamiento clásico, y el budismo sigue en esta región un proceso de asimilación diferente.
La cultura china entra en contacto con el budismo de forma muy lenta y fragmentaría: no pueden acceder de inmediato a una visión completa y coherente de la doctrina porque los textos canónicos llegan de forma irregular. Además, el hecho de que los libros pertenezcan a distintas escuelas de la tradición india provoca confusión, y a menudo los chinos se encuentran con interpretaciones diferentes y contradictorias. Otro obstáculo al conocimiento de la doctrina lo representa el problema de la traducción. El primer centro de traducción de los textos lo organizan en Luoyang unos monjes extranjeros. An Shigao, famoso traductor, era un parto y no un indio. Al comienzo, no se hace una labor de traducción directa del sánscrito al chino, sino que se hace a través de la mediación de conocimientos lingüísticos parciales, que se ponen en común en un trabajo de grupo. Los chinos no tienen todavía un conocimiento directo del budismo indio, y los monjes que llegan no son capaces de explicar en chino los textos de su escuela.
Existía desde el principio otro problema de difícil solución: cómo traducir los conceptos budistas que pertenecían a un mundo de pensamiento tan ajeno a la tradición filosófica china. Había dos opciones: la primera consistía en dejar el término filosófico en su forma original y explicar en las glosas su significado; la segunda posibilidad era utilizar un término perteneciente a la tradición del pensamiento chino que, por analogía, fuese el más cercano posible al original. Los primeros traductores optaron por esta segunda solución y utilizaron la terminología taoísta (capítulo XX). Fue una decisión fundamental porque, aunque por un lado suponía traicionar la ortodoxia de las enseñanzas, por otro lado introducía en el budismo una nueva savia de sugerencias filosóficas. Esta interpretación en clave taoísta dejó una huella imborrable, que perduró incluso cuando los chinos ya conocían con mayor precisión y profundidad la doctrina ortodoxa.
La mezcla de budismo y taoísmo parece estar determinada además por otros factores: fueron taoístas los primeros chinos que colaboraron en la traducción de las obras indias, y es significativo que la mayor parte de las traducciones del período Han trataran, más que de los conceptos básicos del budismo, de las prácticas de control del cuerpo, tan apreciadas por los taoístas. Se puso en evidencia una semejanza externa en las prácticas religiosas, a pesar de las sustanciales diferencias doctrinales. Según una teoría muy extendida ya en los siglos III y IV, sobre todo en el sur, donde se habían refugiado los maestros taoístas cuando las dinastías de origen bárbaro se asentaron en el norte, Buda no era más que la encarnación de Laozi (Lao Tsé). De este modo, el taoísmo de la época asimiló sin traumas la nueva doctrina. De no haberse producido en los siglos siguientes un continuo intercambio con la India, es posible que el budismo hubiera quedado absorbido en la experiencia religiosa taoísta.

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