La época dorada del budismo chino
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La escuela Sanjie, fundada por el monje Xinxing (540-594), defendía la doctrina de los «tres estadios del dharma», es decir, del progresivo ofuscamiento del conocimiento de la verdad y de la imparable decadencia de las prácticas de salvación a lo largo de tres grandes eras cósmicas. La convicción de estar viviendo en la última era, la más oscura, la de la «degeneración de la Ley», se traducía en una visión milenarista de salvación que exigía la radical conversión interior a través de la austeridad y de la disciplina monástica.
Introducida en China por el monje peregrino Xuanzang, la tradición Faxian se basaba en las ensenanzas y prácticas de meditación del Yogácára y continuaba el análisis de los místicos indios, enriqueciéndolo con la aportación de motivos extraídos de la tradición meditativa taoísta sobre los ocho estados profundos de conciencia y sobre las contemplaciones que podían llevar al monje a una gradual purificación de la mente y al perfecto conocimiento. En el siglo VIII se creó la escuela Zhenyan, que introdujo las teorías y los rituales esotéricos del budismo tántrico, pero no logró enraizar en el mundo religioso chino. Florecerá, en cambio, en el Tíbet, Corea y Japón, integrándose en la tradición iniciática chamánica.
A fin de conseguir una armonización teórica, dos importantes escuelas chinas elaboraron una síntesis especulativa de las distintas corrientes indias. Basándose en el concepto de upáya, los «medios adecuados», y en la hermenéutica de los niveles progresivos de verdad, organizaron la ensenanza de Buda según una escala que conducía hasta la ensenanza más alta, la más «verdadera», representada por el sutra principal de la misma escuela. El Maháyána maháparinirvánasutra les ofrecía un modelo jerárquico de las escrituras y del conocimiento cada vez más depurado. Este sistema de clasificación, que el Tiantai desarrollará hasta definir ocho estadios de conocimiento, servía para dar sentido a la diversidad de las interpretaciones, para establecer la superioridad de la propia tradición de ensenanza y para entender el motivo por el cual precisamente el sutra de la escuela encarnaba el principio último.
La escuela Tiantai tomó el nombre de la montana sagrada donde estaba situado su monasterio más importante. La doctrina se basaba en el Sutra del Loto y en el Parinirvánasutra, que el fundador de la escuela, Zhiyi (538-597), había interpretado de forma original. Ensenaba que la naturaleza de Buda estaba presente en todos los seres e invitaba a comprender esa armonía secreta que, más allá del dualismo entre vacuidad y existencia, unía todas las realidades; era una visión serena, abierta a las aportaciones de diversas tradiciones meditativas, inspirada en la certeza de la salvación universal, porque todos los seres del universo estaban ya intrínsecamente iluminados. Culmina así, en el seno del budismo chino, un lento proceso teórico de inmanentización del principio absoluto y de valorización de la realidad del mundo, en profunda sintonía con la tradición especulativa taoísta.
Precisamente del título del sutra que la escuela transmitía, Avatamsaka, «de la guirnalda florida», tomó el nombre la escuela Huayan. Había comenzado con la ensenanza de Fashun (557-640), maestro de meditación, pero fue la sofisticada especulación filosófica de Fazang (643-712), el tercer patriarca, la que proporcionó a la doctrina una sistematicidad y un perfil original. Según esta tradición, el principio último y los fenómenos también estaban unidos por una identidad profunda, en la que la vacuidad representaba el aspecto estático y las formas del mundo el aspecto dinámico. De ello derivaba una visión totalizadora en la que todas las facetas de lo real se unían entre sí, en una unidad que el iluminado finalmente comprendía que era el propio Buda.
Ya en el siglo III Zhiqian tradujo por primera vez el Sukhávativyuhasutra. A comienzos del siglo V, Huiyuan (334-416), inspirado por el mensaje de salvación de los sutra de Amitábha, fundó sobre el monte Lu una comunidad que practicaba la vida ascética y sublimes visiones del paraíso basadas en el Amitáyurdhyánasutra. Era un movimiento cerrado en sí mismo que, huyendo del mundo, buscaba la salvación creando ya aquí, en la tierra, «otro» mundo de felicidad, en espera de renacer en el mundo de la iluminación. Precisamente sus ideales comunitarios de salvación inspirarán siglos más tarde el movimiento de rebelión del Loto Blanco. Pero fue sobre todo con los maestros Tanluan (488-554), Taocho (562-645) y Shandao (613-681) que se fue perfilando con claridad la escuela Jingtu, de la Tierra Pura, que en China y Japón fue durante siglos fuente de una ferviente inspiración religiosa.
La visión amidista (de Amida, otra versión del nombre Amitábha) nace de un profundo sentido de crisis temporal y de la convicción de lo difícil que resulta para los hombres, tan ciegos de egoísmo, alcanzar la iluminación con las propias fuerzas espirituales en una época de degeneración del dharma. Y, sin embargo, proclama la salvación para los desheredados: la felicidad del renacimiento en el paraíso de la Tierra Pura es posible gracias a la promesa del buddha Amitábha de salvar a todos los seres, incluso a los más malvados, siempre que tengan fe en él. Existe, pues, una condición para el cumplimiento de la promesa: es esa fe pura que brota en el corazón del hombre. Irrumpe en el budismo el ideal de la fe, de una experiencia que se libere de los vínculos de la razón y abandone la vía de una sabiduría demasiado soberbia. Se distingue entonces entre un camino de salvación «difícil» y uno «fácil», dirigido sobre todo a los laicos. Se difunde así la práctica del nianfo. Esta práctica, que había nacido como una compleja forma de contemplación de la figura de Buda y de su paraíso, se transformó, mediante el simple acto de invocar y celebrar el santo nombre de Amitábha reviviendo interiormente su presencia, en un momento de total abandono espiritual.