La comunidad de los monjes
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Las enseñanzas de Buda se presentan como un «camino» hacia la verdad, que hay que comprobar mediante la experiencia personal basada en la práctica. Durante mucho tiempo se creyó que solamente la opción monástica representaba el ideal de la «vía media», entre las ilusiones de la vida mundana y las conmociones de la vida ascética, capaz de llevar a cabo la liberación.
Durante el período de predicación de Buda, los discípulos crearon en torno a él la primera comunidad (samgha). La tradición conserva el recuerdo de Kaudinya, el primer convertido; Maháprajápatl, la mujer que fundó la orden monástica femenina; Sáriputra, maestro de doctrina; Mahakásyapa, que destacaba en las prácticas de la meditación; Maudgalyáyana, el gran taumaturgo; Ánanda, el discípulo más amado.
Los antiguos monjes (bhiksu) iban de pueblo en pueblo, durmiendo al aire libre y viviendo de la caridad. Durante la estación de las lluvias se reunían en los bosques en cabañas rudimentarias y después se separaban para reanudar la predicación. Al comienzo, la comunidad era un grupo inconformista. La variedad de la composición social de los monjes reflejaba la diversidad de la sociedad india de la época, pero también reflejaba la oposición de Buda a las castas y, de hecho, se traducía en una crítica política al mundo brahmánico.
La nueva orden de los mendicantes sin vivienda fija constituía una sociedad alternativa, donde los marginados podían hallar refugio, descubrir un nuevo sentido de pertenencia y un objetivo. Con el tiempo, las comunidades se hicieron sedentarias y comenzó la tradición cenobítica. Su vida estaba hecha de pobreza y de silencio, y se repartía en el tiempo de la cuestación, de la meditación y del estudio de las escrituras. El ideal monástico siempre ha representado una vía intermedia entre dos dinámicas opuestas de lo sagrado: por una parte, el rechazo del mundo y el silencio de la búsqueda interior en la ascesis (es la luminosa tradición mística del budismo); por otra parte, andar por el mundo, ocuparse de las penalidades de la vida diaria en nombre de los valores éticos de la compasión y del altruismo (es la antigua práctica «sacerdotal» del monje, que es también el fundamento de la tradición médica y pedagógica del budismo).
Accediendo a las súplicas de Mahaprajápatl, Buda creó también una comunidad monástica femenina, aunque para las monjas (bhiksuní) estableció una regla aún más severa y les impuso la obligación de someterse a un guía espiritual masculino.
Hay dos tipos de ordenaciones. La primera supone el acto de renuncia a los vínculos del mundo por parte del novicio: una vez vestido con los hábitos y afeitada la cabeza, se compromete a observar escrupulosamente los diez preceptos fundamentales. Concluido el noviciado, es admitido en la orden en una ceremonia sencilla, aunque solemne, celebrada en presencia de al menos diez monjes. En la antigua comunidad no había más distinción jerárquica que la distinta antigüedad en la ordenación.
Entre las obligaciones del monje se encuentra en primer lugar la prohibición de matar o hacer daño a otros seres. Le sigue la regla de la pobreza: el concepto de «posesión» estaba explícitamente condenado en el Suttapitaka (IV, 3). La petición de limosna de casa en casa, ordenada y silenciosa, tenía que ser el único medio de hallar el sustento y las inevitables humillaciones que comportaba debían ayudar al monje a superar cualquier sentimiento de orgullo.
El problema de la propiedad se presentó al consolidarse la vida cenobítica; se resolvió asignando el monasterio a un «patrimonio colectivo», y hacer donaciones al samgha se consideró un acto piadoso. En todas las culturas de Asia, algunos templos especialmente vinculados a la autoridad del gobierno obtuvieron donaciones, privilegios y exenciones de tasas; se convirtieron en centros de floreciente vida religiosa, de ciencia, de arte e incluso, inevitablemente, de poder político, de intriga y de corrupción.
Otra regla monástica es la castidad: las relaciones sexuales así como los vínculos afectivos se consideran fuente de ilusión y obstáculos peligrosos en el camino de la liberación. También está rigurosamente prohibido atribuirse, por orgullo o avidez, perfecciones espirituales sobrehumanas. Sigue a continuación una serie detallada de prohibiciones: no robar, no mentir, no beber bebidas alcohólicas, no bailar o cantar, no preocuparse de embellecer el propio cuerpo, etc. Algunos pecados implican la expulsión de la comunidad, otros obligan a hacer penitencia. La disciplina monástica siempre se ha considerado no sólo una vía moral, sino también un método de purificación espiritual que ayuda al monje a resistir la tentación de los sentidos.
La mente serena le aleja a su vez de los actos licenciosos. Éste es el sentido budista de la confesión a los otros monjes: es un acto que «libera la mente» de la angustia reprimida y, al devolverle la serenidad, restablece la capacidad de meditación.
El samgha se basa en un ideal de armonía y siempre toleró un cierto grado de desacuerdo, siempre que fuera pacífico. Las reglas del primer monaquismo garantizaban ya la solidaridad, pero no imponían una única organización jerárquica ni una autoridad doctrinal y «política». Buda se negó a designar sucesor, afirmando que los fieles debían guiarse únicamente por su doctrina.
La relación entre samgha y poder político nunca ha sido fácil ni unívoca: ambos han desconfiado el uno del otro y se han necesitado mutuamente. Las relaciones fueron legitimadas mediante la teoría de la semejanza especular entre buddha y cakra-vartin, el monarca universal. La generosidad del rey servía para la propagación del dharma, del mismo modo que la obediencia de los monjes legitimaba al soberano y a su poder. Los monjes rezaban por el bienestar del estado y el poder secular siempre tuvo interés en mantener la armonía de la comunidad. No parece casual que los primeros concilios importantes estuvieran patrocinados por reyes —Ajatasatru, Asoka, Kanihka—, y cuando la India se unió bajo las dinastías Maurya (322-185) y Sunga (185-173), el samgha vivió los momentos de mayor cohesión.
Puesto que el samgha carecía de una autoridad suprema dotada de poderes coercitivos, el soberano se convirtió en el garante de la disciplina, de la codificación de la doctrina y de la solución de los conflictos más agudos. Sin embargo, no puede negarse la existencia de una tensión latente entre samgha y autoridad del estado. Porque había un tercer y poderoso elemento de interacción social, el cuerpo de los fieles laicos, cuya defensa asumieron muchas veces los monjes a lo largo de la historia, convirtiéndose en portavoces de la oposición.