La escuela Yogácára
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En el período comprendido entre las dinastías Kushan y Gupta floreció una nueva comente de pensamiento maháyana, el Yogácára, llamado también Cittamátra. Fenómeno cultural complejo, sus orígenes se remontan a la tradición especulativa sobre la sabiduría; pero el idealismo radical que caracteriza a esta escuela procede de la profundización en la práctica de la meditación y no, al menos en su origen, de preocupaciones de carácter filosófico.
En el texto yogácára más antiguo, el Samadhinirmocanasutra (siglo i), la doctrina de que solamente existe la mente es introducida en el contexto de una reflexión sobre la meditación (samatha y vipasyaná) para comprender la relación entre conciencia y existencia fenoménica. Otros sutra de época más tardía, como el Lankáva-tára, profundizarán en esta interpretación.
La tradición yogácára considera a Maitreyanátha (270-350) el fundador, pero fueron los hermanos Asanga (c. 310-390) y Vasubandhu (320-400) los pensadores más originales de esta escuela. Las prácticas yoga que exploraban los estados profundos de conciencia y las técnicas de contemplación de Buda llevaron a la convicción de que solamente existía la mente y de que todas las formas del universo, en los «Tres reinos de la condición de buda» (dharmakáya, sambhogakáya, nirmánakáya), no eran más que construcciones mentales.
La idea dominante en la especulación de Vasubandhu es que el «objeto» externo no puede ser unitario; es nuestra mente, con sus categorías, la que lo «construye» aislándolo en el fluir continuo de las percepciones. De hecho, la conciencia como modalidad de pensamiento fijo carece de existencia propia. Todas las cosas susceptibles de ser conocidas pueden clasificarse en tres aspectos. El primero es el aspecto conceptualizado, reino de las palabras que atribuyen existencia intrínseca a las cosas porque, al describirlas, crean la existencia de «sujetos» y «objetos», cuando no hay más que percepciones multiformes y cambiantes. Es el aspecto del mundo tal como se concibe en el plano cotidiano.
El segundo aspecto, llamado «dependiente», está vinculado con la comprensión del origen condicionado de los dharma. En este nivel cognoscitivo más profundo los «objetos» de la experiencia se disuelven, superados por la mente que reconoce flujos de percepciones inestables y relativas. El último aspecto, el estado de la verdadera sabiduría, comprende que no existe objeto ni sujeto, sino sólo un flujo de conciencia, «imaginación del no ser». Según el Yogácára es la dimensión de la conciencia iluminada que, intrínsecamente pura, se identifica en la vacuidad.
El punto central de la especulación de Asanga es álayavijnána, el «depósito de la conciencia». La meditación revela distintos niveles de conciencia; el más profundo es como un sustrato cuya función es ser receptáculo de las «semillas» kármicas, que explican la existencia fenoménica en general y, concretamente, las experiencias que son resultado de las acciones realizadas anteriormente. Álayavijnána es, pues, un flujo en continuo cambio, base de la existencia samsárica.
Ésta es «perfumada» por los actos, y las semillas del karman fructifican en las vidas futuras. Entendida como una forma de conciencia profunda todavía impura, es en cierto sentido una realidad individual: en efecto, aunque está en continuo cambio, carece de la naturaleza trascendental del átman, pero sirve igualmente para otorgar una línea de continuidad al individuo. Asanga negó tajantemente haber reintroducido de forma subrepticia la doctrina del yo. La conciencia receptáculo era para él un flujo ininterrumpido que cesaba en el momento de la iluminación.
Esta doctrina contenía todos los presupuestos para una posterior profundización, que efectivamente fue elaborada con lúcida coherencia por Paramartha (499-569). Cuando la conciencia sustrato cesa, entonces se revela, resplandeciente en su limpidez, la «conciencia pura», realidad última, verdadera, permanente. La idea de Paramartha se asociará a la doctrina del tathágatagarbha, que distinguía una «esencia de buda» en todos los seres.