La dieta del Dr. Dukan

 

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Los fundamentos doctrinales: las Cuatro Nobles Verdades

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Los estudiosos no comparten la convicción secular de los creyentes de que los textos de los nikáya escritos en pali reproduzcan fielmente las palabras del maestro. Carecemos de fuentes fiables que nos hablen del budismo antiguo: los textos son tardíos, escritos unos quinientos años después de la muerte de Sakyamuni. Sin embargo, las tradiciones de las diversas escuelas explican las Cuatro Nobles Verdades con una semejanza notable y nos describen cómo el maestro en la predicación insiste en estas proposiciones, presentándolas como la base que sostiene su experiencia de iluminación. Y así fueron recibidas, porque, aunque las primeras escuelas disintieron entre sí en su interpretación, tuvieron un papel fundamental a la hora de determinar las directrices de la doctrina y de la práctica.
La primera afirmación reza así: «Ésta, oh monjes, es la santa verdad acerca del dolor (duhkha): el nacimiento es dolor, la vejez es dolor, la enfermedad es dolor, la muerte es dolor; la unión con lo que nos disgusta es dolor, la separación de lo que nos gusta es dolor, no obtener lo que se desea es dolor; en una palabra, dolor son los cinco elementos de la existencia individual».
El budismo antiguo considera el sufrimiento un problema crucial, pero no se refiere simplemente al sufrimiento del cuerpo o al disgusto por las pasiones frustradas. La enseñanza de Sakyamuni se inicia con la toma de conciencia de un malestar existen-cial profundo. Los componentes de la realidad carecen de un yo, y esta condición de transitoriedad hace que todo esté sometido a la disolución y es la fuente del sufrimiento. Sufrimiento tiene un sentido abstracto, universal, y así «impermanencia» significa la no sustancialidad de mi propio ser. Porque a los hombres se les ha inducido
a soñar en un absoluto, a aferrarse a la idea de un yo que perdure en el obsesivo ciclo de las reencarnaciones. Pero todo es transitorio, así que todo es sufrimiento. Las alegrías que la vida nos ofrece también contienen en su origen la semilla de la angustia, porque sólo contribuyen a alimentar una ilusión más fuerte.
Desde los orígenes, el budismo negó tanto la existencia del Brahmán, el principio absoluto, como del átman, la realidad individual, y también la presencia de un dios eterno y omnipotente, propugnada por el hinduismo. Los textos hablan del sujeto y de su actividad psicofísica como de una precaria conjunción de «agregados» (materia y forma, sensaciones, ideas, predisposiciones y fuerzas, conciencia) mutables y caducos que originan compuestos «vacíos de esencia». El yo individual es concebido como la simple expresión de un nombre.
Con la segunda y tercera noble verdad, Sakyamuni expone el origen del sufrimiento y lo identifica con una eterna sed de vivir, que hunde sus raíces en los deseos de los sentidos y en la ignorancia.
«Ésta, oh monjes, es la santa verdad acerca del origen del dolor: es aquella sed que es causa de reencarnación, que va unida a la alegría y al deseo, que halla goce aquí y allá; la sed de placer, la sed de existencia, la sed de extinción.»
«Ésta, oh monjes, es la santa verdad acerca de la supresión del dolor: es la supresión de esta sed mediante la anulación total del deseo, es expulsarla, reprimirla, liberarse de ella, aboliría.»
Es un mensaje de esperanza: la condición de sufrimiento del hombre no es absoluta, bastará con suprimir las causas para que con ellas se extingan también los efectos y se alcance la salvación. Pero esta formulación tan concisa de la segunda y tercera verdad resultó ser, desde la más antigua tradición, oscura y poco clarificadora. Ya en los primeros textos del canon se sintió la necesidad de completarla con la doctrina del «origen dependiente».
Expresada con claridad en el Lalitavistara y en el «Discurso a Katyayana» del Samyuttanikáya, constituye una reflexión nueva sobre la teoría de la causalidad del karman, sobre el sentido de la responsabilidad moral y de la libertad. La sed de existencia, la falsa concepción del yo y la ignorancia son las condiciones del incesante renacer del hombre, las causas últimas de su sufrimiento existencial. La plena comprensión de la impermanencia de lo real y de la no sustancialidad del yo hace que el hombre pueda pacificar sus inclinaciones. La paz le conduce a un mejor conocimiento de la naturaleza ilusoria del propio yo y del mundo de la experiencia. Aceptando la caducidad de los fenómenos, mediante el abandono de las pasiones y la supresión de la sed de vivir, el hombre consigue el distanciamiento total. Cualquier residuo kármico es anulado progresivamente, ya no hay devenir: al librarse del ciclo de las reencarnaciones, el hombre se libera del sufrimiento.
La cuarta noble verdad señala el camino que conduce a la liberación. «Ésta, oh monjes, es la santa verdad acerca del camino que conduce a la supresión del dolor: es el sagrado camino de ocho tramos, es decir: recta fe, recta decisión, recta palabra, recta acción, recta vida, recto esfuerzo, recto recuerdo, recta concentración.» Es algo más que un código moral: adopta las características de una terapéutica espiritual, condicionada por la rigurosa observancia de técnicas de control de la mente perfectamente definidas. Se desarrolla en tres directrices: la práctica de las virtudes morales (silo), la práctica de la meditación (samádhí) y la práctica de la sabiduría (prajna).

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