El ideal del bodhisattva
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El bodhisattva («cuya esencia es iluminación») es el nuevo modelo de santidad. Base de la interpretación soteriológica, este ideal fue creado por grupos que, fuera de los monasterios, llevaban una vida religiosa en torno a los stupa. Centraban sus prácticas religiosas, de meditación y de devoción, en Buda, identificándose especialmente con él cuando, en el período de las vidas pasadas, Buda, al igual que ellos, iba en busca de la iluminación con la pretensión de salvar a todos los seres. Partiendo de un sentido inicial muy limitado, el Maháyána hizo del bodhisattva un luminoso modelo de salvación universal. De ahí que el camino del arhat dirigido sólo a la propia liberación fuera considerado egoísta, incompleto y su iluminación, inferior.
La «vía del bodhisattva» tiende a alcanzar la meta más elevada, la perfecta condición de buda. Pero ya desde el principio, cuando concibe la aspiración a la iluminación (bodhicitta) y formula el deseo de convertirse en buddha, el creyente sabe que su propia salvación exige necesariamente una completa y total entrega a la salvación de los demás y, por lo tanto, promete posponer su extinción en el nirvana hasta que todos los seres hayan alcanzado la iluminación. En la plenitud de la sabiduría el bodhisattva carece por completo de la idea del yo y, por lo tanto, entrega a otros los infinitos méritos, acumulados a través de eones de prácticas espirituales, para ayudarles a avanzar en el camino de la perfección.
Tal como aparece en el Bodhisattvabhümi, famosa obra atribuida a Maitreyaná-tha, el bodhisattva debe superar, a través de innumerables vidas, diez estadios de progresión espiritual asociados a diez perfecciones (paramito). Las páramitá son grados de un proceso de profundización cognoscitivo y moral, una práctica religiosa alternativa al antiguo esquema del óctuplo sendero. El camino del bodhisattva es largo y por esto la virtud de la paciencia, de la determinación y de la voluntad son fundamentales; pero la realización de la iluminación transforma un itinerario de salvación individual en un proceso de redención del mundo.
Para el Maháyána, la suprema virtud es la sabiduría, prajná, cuyo progresivo perfeccionamiento permite alcanzar las demás, aunque parecida importancia viene a asumir dana, la «generosidad», porque es la primera virtud, accesible al más humilde fiel y, por lo tanto, es el paso inicial pero decisivo hacia la iluminación, y también porque es el fundamento de la compasión, sin la que la sabiduría sería imperfecta y estéril.
Para el budismo, el mal no es una ofensa a Dios o una desobediencia a su voluntad: es una ofensa a la vida, pero también un acto de pasión egotista, que es nociva porque es causa de ilusión, es la raíz de la ignorancia y perpetúa el sufrimiento exis-tencial. Bien y mal, justo e injusto son valores relativos que dependen el uno del otro, y ambos deben ser superados. La salvación está en la mente iluminada que supera toda distinción dicotómica, que permite descubrir de nuevo en el hombre su verdadera naturaleza «tal como es» (tathata), cuya pureza original está más allá del bien y del mal.
Algunas comentes de pensamiento maháyána no sólo afirman que las virtudes del bodhisattva son más importantes que las normas éticas, sino que llegan a afirmar que las prescripciones morales no son más que «medios útiles», upáya, y en el fondo, ilusorios. El comportamiento correcto del iluminado debe ser espontáneo, expresión liberada ya de vínculos de su naturaleza perfecta, del perfecto despertar de su conciencia, que ha superado todas las dicotomías. La actuación de un buddha o de un bodhisattva es correcta porque está motivada por una infinita compasión y sabiduría, aunque sea diferente y contraria a los códigos éticos, que son guías adecuadas para hombres menos perfectos espiritualmente.
Algunos bodhisattva que, según la leyenda, alcanzaron los más elevados estadios de la perfección espiritual, se convierten, en el imaginario devocional, en entidades celestiales. Libres, distanciados tanto de la reencarnación como de la extinción, luminosos en sus paraísos, acuden benignamente en socorro de los seres que sufren. Manjusrl, el bodhisattva de la sabiduría, de gran importancia en la devoción monástica, Samantabhadra, «el que en todas partes es benéfico», y Avalokitesvara, el bodhisattva de la compasión. Maitreya, destinado a ser el futuro Buda de nuestro mundo, reina sobre la Tierra Pura de Tusita, esperando el momento exacto para renacer sobre esta tierra, donde inaugurará una era de paz, prosperidad y sabiduría. Encarnación de esperanzas escatológicas, este bodhisattva asumirá a lo largo de la historia funciones diferentes y opuestas: será venerado por los soberanos para legitimar su autoridad, pero también representará la esperanza, desde el punto de vista religioso, para amplios sectores de marginados de la sociedad, el punto de apoyo de los ideales utópicos de movimientos milenaristas de rebelión.
En los primeros siglos de nuestra era se perfila la grandiosa visión de un empíreo donde buddha de infinitos mundos, bodhisattva celestiales, junto con demonios, titanes, héroes y santos, se disputan el favor de los fieles.