La dieta del Dr. Dukan

 

Oraciones Temas

El desarrollo de las escuelas

linea

En el ambiente agitado de las luchas internas la sociedad redefine sus estructuras, y el poder económico y político pasa a manos de clanes militares. La instauración en Kamakura de una forma distinta de gobierno abre un período nuevo en la historia japonesa. El budismo pasa por una fase de intensa creatividad y contribuye de forma decisiva a la formación del nuevo discurso ideológico. Nacen varios movimientos: siguiendo la tradición amidista, Hónen (1133-1212) funda la escuela Jódo, Shinran (1173-1263), el Jódoshln, e Ippen (1239-1298), el Ji; el Zen se difunde con la escuela Rinzai, fundada por Eisai (1141-1215), y con la escuela Sotó, iniciada por Dógen (1200-1253). Por último, en torno a Nichiren (1222-1282) se constituye un grupo que llevará su nombre.
Más allá de sus diferencias doctrinales, estos movimientos tienen varias características en común. Los fundadores son maestros espirituales dotados de un fuerte carisma y proclaman una visión de utopía impulsada por un ardiente deseo de absoluto. En claro contraste con la tendencia al sincretismo de las enseñanzas tradicionales, estos movimientos tienen una orientación sectaria, combativa y exclusivista. Todos ellos se forman en la tradición tendal, pero en la amalgama de sus enseñanzas, cada uno elige una idea, una práctica concreta, y la convierte en el único punto de apoyo de una audaz especulación: para las escuelas amidistas la vía de salvación es la fe en el buddha Amida (Amitabha), para el Zen es la meditación, para la escuela Nichiren es la devoción al mensaje del Sutra del Loto. Los complejos símbolos y ritos del esoterismo resultan a sus ojos molestos y vacíos oropeles: todos coinciden en buscar una vía que valore la experiencia personal en su espontaneidad, que lleve directamente al corazón de la verdad, una vía intensa, esencial, abierta a todos, pero al mismo tiempo exigente, que exige una conversión sincera y radical.
Su mensaje soteriológico pone en cuestión el dualismo clásico entre la opción de vida retirada del monje y la del laico; el laico es llamado directamente a implicarse en la experiencia religiosa. Buscan una renovación sin compromisos con el mundo, impulsados por una exigencia de salvación que, en medio de las penalidades de la nueva época, resulta cada vez más urgente. La confianza en las fuerzas espirituales del hombre, en su intrínseca naturaleza de buddha, impulsa a Dógen a buscar una austera perfección espiritual lejos del mundo, en Eiheiji, junto con una pequeña comunidad de elegidos. Hónen y Shinran hablan del sueño de una felicidad paradisíaca en la Tierra Pura. En las enseñanzas de Nichiren aparece la utopía de un Japón que supera la infelicidad del presente y renace como una tierra feliz, donde tanto el gobierno como el pueblo obedecen las enseñanzas de áakyamuni.
La renovación del budismo en esta época está marcada por un sentimiento de desconfianza en los dogmas y en el poder de la razón, que es percibida como un instrumento de salvación limitado e ilusorio. Para el Zen, la iluminación está contenida en la inmediatez repentina de un acto de intuición. A fin de liberar la mente de la estrechez de la razón, la tradición Rinzai utiliza la técnica de los kóan, frases enigmáticas o gestos desconcertantes. El Sotó, en cambio, enseña a vaciar la mente de todo pensamiento en la calma del zazen, la meditación en silencio. También el amidismo rechaza los sofismas de la lógica: Hónen propugna el nenbutsu, la invocación del nombre de Amida, como único medio para concentrarse en un acto de fe pura y obtener la salvación. Su discípulo Shinran también hace del nenbutsu el centro de su especulación, pero, impulsado por un pesimismo más radical acerca del hombre, lo interpreta como un momento de total abandono espiritual a la infinita compasión de Amida y como expresión de gratitud por el don de la fe que hace a los hombres. Ippen, que se dedica a vagar sin descanso por los pueblos, enseña a liberarse de todas las ideas, de todos los vínculos mundanos, a fin de pacificar el propio espíritu y renacer en la Tierra Pura, un paraíso que ya puede estar aquí, en este mundo, y ahora, en el odorinenbutsu, una danza comunitaria de carácter extático y a veces orgiástico, en la que se sublima el arrebato místico de la fe.
En los períodos siguientes, estas tendencias doctrinales se consolidaron y profundizaron. Durante la época Ashikaga (1338-1573), bajo la influencia de la cultura de la China de los Ming, el Zen, y especialmente la escuela Rinzai, conoció un período de gran esplendor. Sus concepciones influyeron en la estética de la época: se pueden percibir en la pintura, en la caligrafía, en el teatro no y kyógen, en la ceremonia del té y en la arquitectura de los jardines.
Asimismo, durante la época Tokugawa (1603-1868), el gobierno protegió las escuelas budistas y contribuyó a su estabilidad y prosperidad. Esas escuelas se organizaron en instituciones monásticas rígidamente jerarquizadas, y el gobierno se sirvió de ellas para combatir el cristianismo y controlar a la población a través de una red de «parroquias». En este contexto no se produjeron especulaciones teóricas innovadoras, porque además el gobierno hubiera prohibido rápidamente su enseñanza.
Sin embargo, con Bankei Yótaku (1622-1693) y Hakuin (1685-1769) surgió una tendencia a reorganizar sistemáticamente el pensamiento zen y a buscar formas para difundirlo entre el pueblo. Por otra parte, se intentó recuperar el sentido «originario» de la doctrina, remitiéndose directamente a los textos sánscritos. El neoconfucianismo era el pensamiento dominante en aquella época, y en muchos monasterios zen se estudiaban sus teorías.
La renovación ideológica que llevaría a Japón hacia la «modernización» no halló su inspiración en el budismo, demasiado vinculado al pasado, sino que se llevó a cabo a través de la recuperación de la antigua fe sintoísta. A partir del período Meiji (1868-1912), el gobierno intervino en la práctica religiosa e impuso la separación entre culto budista y culto sintoísta. Este acto de clara hostilidad muy pronto desembocó en una violenta persecución del budismo. Gracias a la resistencia de los fieles, el gobierno no logró acabar con él, pero sí doblegarlo a las exigencias de su estrategia ideológica de control del consenso, centrada en el culto al emperador y a sus antepasados divinos, símbolo del cuerpo místico de la nación, y en la pureza y sacralidad de su actuación política.
Desde la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días, el impacto de la cultura occidental y del cristianismo ha influido en varias escuelas budistas: han descubierto de nuevo el valor de la actividad educativa y la dedicación a las obras de caridad. Se ha producido una renovación del impulso misionero y se ha dado nuevo vigor al debate filosófico, favorecido también por el contacto con las nuevas teorías científicas procedentes de Occidente. En la dramática crisis de la inmediata posguerra, el budismo demostró su vitalidad a través de nuevos movimientos religiosos. El Reiyukai, el Risshókóseikai, Sokagakkai y el Nichirenshoshu, inspirándose sobre todo en la enseñanza de Niehiren, han intentado renovar la experiencia espiritual budista fundiéndola con la actividad social y política.

Volver al índice de Historia de las Religiones