Las Tierras Puras
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El nirvana no sólo fue objeto de la especulación filosófica de los maestros, sino que fue también el centro de atención de la devoción de los fieles. Las visiones de fe confundían armoniosamente la «otra orilla» con el antiguo sueno de los paraísos, creando así la ilusión de un lugar «diferente» de felicidad sin fin.
De una mezcla de influencias culturales nació la creencia en las Tierras Puras, espacios purificados e iluminados por la sabiduría y por la compasión de buddha y bodhisattva celestiales. Amitábha («infinita luz», llamado también Amitáyus, «vida infinita»), por ejemplo, reina en el Sukhávan, tierra de felicidad, donde renacen los hombres que tienen fe en él y que, junto a él, experimentan la iluminación.
La meditación sobre Amitábha es la práctica esencial. Así, su mundo ultraterre-nal, la Tierra Pura, se puebla de imágenes que cautivan la fantasía, porque en él confluyen símbolos y representaciones tradicionales de la iconografía del paraíso. Se trata de un lugar hermosísimo y feliz, gobernado por un soberano benévolo y justo, donde los que sufren pueden vivir una vida nueva de paz, de igualdad y de abundancia.
Las perspectivas armoniosas y claras de la estructura espacial convergen en Buda y las técnicas contemplativas acentúan las visiones capaces de suscitar un movimiento de arrebato emotivo, de abandono a la realidad sublime.
Las realidades de la ilusión paradisíaca son a la vez materiales e inmateriales (cuerpos luminosos y transparentes, palacios sobre las nubes), son híbridos clasificadores (hombres que vuelan, animales que hablan, árboles cuyos frutos son piedras preciosas, arroyos de elixir, etc.), que no pueden explicarse por medio de la razón, pero pueden aceptarse por la fe. Mediante descripciones detalladas, los textos hacen que la mente visualice, en el silencio interior de la concentración, estos espacios abstractos.
Entran en acción jerarquías estéticas y simbólicas, en las que dominan, por ejemplo, los colores de la sabiduría y de la alegría (oro, plata, azul) sobre los de la tristeza (negro, gris, violeta); se seleccionan las sensaciones más nobles (vista, oído), que experimentan una serie organizada de placeres visuales (amplios panoramas, cielos serenos, árboles cargados de frutos, flores que se abren, criaturas de belleza incomparable), placeres fónicos (músicas sublimes) y olfativos (perfumes embriagadores).
La tradición amidista, contenida en los Sukhávativyühasutra y en el Amitáyur-dhyánasutra (siglos ii-in), representa una innovación de pensamiento posterior, porque considera que el requisito para la salvación es más el impulso de la fe que el penetrante rigor de la razón.
Las técnicas de meditación conducen a la consecución de un estado de la mente límpido y sereno, que permita crear un vínculo muy personal entre fiel y salvador, del que pueda brotar el acto de fe verdadera en Amitábha, condición para el renacimiento en su tierra feliz.