Los mandala
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Los mándala más famosos son dos.
El Garbadhátumandala representa el avance del conocimiento hacia la iluminación. En el centro se sienta sereno Mahavairocana, etéreo sobre la flor de loto. Es el despertar a la verdad que, como la flor sagrada, se abre e irradia de sí los seres. Las figuras de los buddha y bodhisattva que lo rodean son los aspectos de la iluminación, el secreto de la mente.
Las figuras que, más alejadas, forman su aureola representan la compasión y el secreto de la palabra; finalmente, la última franja simboliza el conocimiento y el secreto iniciático del cuerpo. La luz del conocimiento penetra incluso en las zonas más alejadas del mándala, que contienen las formas del mundo fenoménico, los hombres, los animales, los demonios, porque en ellos también está la condición de buda. El Vajradhátumandala es el diagrama de la verdad eterna.
El Buda supremo aparece dibujado en el centro de la estructura, en un halo de luz lunar. Las facetas de su perfección son las virtudes simbolizadas por los buddha, que se sientan en el trono a su alrededor en los puntos cardinales, y por los bodhisattva que lo rodean.
En torno a ellos se reúnen, con geometría sobrenatural, miles de figuras santas, como cristales de nieve repetidos sin cesar. La mente se siente cautivada por el transparente rigor de las simetrías; se siente confundida por la riqueza de los símbolos y se pierde en las mil semejanzas de los buddha, como en un juego infinito de espejos.
Es el sufrimiento que marca el avance de la mente hacia el conocimiento de la propia naturaleza y de la vacuidad. Porque el mándala es el diagrama de la verdad última, como un diamante puro que en sus mil facetas refleja la luz del vacío.