La vida de Buda
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Su nombre era Siddhárta y su patronímico, Gautama. Pocos son los datos históricos que tenemos acerca de él. La mayoría de los estudiosos actuales creen que la fecha de su nacimiento se remonta, aproximadamente, al 566 a.C. y la de su muerte al 486 a.C. Su padre, Suddhodana, jefe del clan de los sákya, era gobernador de Kapilavastu, un pequeño estado oligárquico situado en la llanura junto a las estribaciones del Himalaya nepalés.
La biografía de Buda es producto de una tradición compleja, porque la exuberante fantasía de la fe —ingenua y profunda al mismo tiempo— y las exigencias de la predicación fueron idealizando cada vez más la vida del maestro hasta convertirla en la reproducción de un esquema abstracto de perfección sagrada. Pretender separar la verdad histórica del relato ficticio es una empresa casi imposible. Y puede que ni siquiera fuera justo hacerlo: durante siglos ha sido precisamente esta «vida ideal» la fuente de una profunda inspiración religiosa.
Ya su concepción es extraordinaria. Mientras reside en el paraíso de Tusita, Buda elige el momento y el lugar de su nacimiento en la tierra. En el Lalitavistara y en el Nidánakatha la narración aparece envuelta en una atmósfera como de sueño frente al milagro: la luz se esparce por el mundo de forma imprevista, la tierra tiembla y una música suave suena en el aire. Buda penetra en el seno de Maya bajo la forma de un elefante blanco de seis colmillos. Ser puro, rodeado y asistido por los dioses, apenas ha nacido y ya muestra los 32 signos físicos de la perfección. Según las palabras del viejo sabio Asita, Siddhárta está destinado a ser un rey universal o un iluminado.
Poco después del parto, muere la madre y el niño es criado por la tía, Mahápra-japati. El padre lo ama con ternura y pretende por todos los medios protegerlo de cualquier turbación. La primera época de esta «vida ideal» del fundador carismáti-co está marcada por la perfección mundana más completa. Los textos nos hablan de un joven Siddhárta hermoso, bueno y sabio que pasa sus días en los jardines del palacio, en un mundo aparte, maravilloso. A los dieciséis años se casa con su prima Yasodhara.
Pero en cierto momento este encanto se rompe. Cuenta la leyenda que un día Siddhárta salió del palacio y se encontró con un viejo, en la segunda salida se encontró con un enfermo y en la tercera salida se detuvo ante un cortejo fúnebre: la «crisis iniciática» se traduce en una gradual toma de conciencia del sufrimiento y del carácter ilusorio de la vida. Habiéndose aventurado fuera de su jardín por cuarta vez, encuentra a un asceta mendicante y ve en su serena dignidad una primera vía de liberación. Al regresar a palacio se entera de que ha tenido un hijo, Ránula. Su deber social ya está cumplido. Aquella misma noche, tras haberse despedido en silencio de su esposa y del niño, Siddhárta abandona la casa, se despoja de sus vestiduras de príncipe y penetra solo en el bosque, para buscar —como aparece escrito en el Majjhi-manikáya— «lo que no tiene nacimiento, lo que no envejece ni decae, lo que no muere, lo que no conoce el sufrimiento, lo que es puro, totalmente libre de ataduras: el nirvana».
Sigue un largo y penoso período de angustia y de pruebas. Siddhárta se convierte en discípulo de renombrados maestros, Arada Kalama y Udraka Rámaputra, pero finalmente, insatisfecho, emprende en solitario su búsqueda espiritual. Durante seis
años se impone las formas más duras de ascesis, consistentes en extenuantes vigilias en meditación y terribles ayunos. Pero llega a la convicción de que a través de la humillación del cuerpo no se puede alcanzar una mayor claridad de la mente. De repente, recuerda un estado de meditación, conocido como primer jhána, en el que en otro tiempo había entrado espontáneamente, un estado de calma sin la implicación de los sentidos, de serena alegría. Intuye que éste es el camino. Comienza a alimentarse de nuevo y recupera las fuerzas. Sus primeros discípulos, decepcionados por lo que consideran una concesión, le abandonan. Como en muchas narraciones de las vidas de los héroes míticos, en el momento crucial Siddhárta también se queda solo. Pero los textos lo describen seguro de sí mismo y la narración se vuelve premiosa, creando un clima creciente de espera cósmica.
Estando en meditación al pie de un árbol de pipal —símbolo del Árbol de la Vida y axis mundi— se enfrenta con la última prueba iniciática. Mará, el tentador, que reina sobre los sentidos y sobre los deseos, intenta con sus visiones apartarlo de la concentración para impedirle que alcance el conocimiento último. La victoria sobre las tentaciones marca el fin del período divisorio y es la premisa de su radical transformación interior. Nos acercamos al punto central del esquema narrativo, al momento decisivo de la búsqueda espiritual. Durante la primera parte de la noche, Siddhárta recorre los cuatro estadios de la meditación, que le conducen gradualmente a la consecución de la «no triste, no alegre, equilibrada, sabia y perfecta pureza» de la mente. Al amanecer, «destruida la ignorancia, disipadas las tinieblas, despierta la conciencia, conquistada la luz», Siddhárta se ha convertido en Buda, el iluminado.
Comienza, pues, la segunda parte de la «vida ejemplar», que es un reflejo especular de la primera. De nuevo Buda atraviesa un período de angustia: no sabe si debe revelar esa «verdad profunda, difícil de descubrir, difícil de percibir, tranquila, preciosa, íntima, accesible a los sabios». Es la duda más profunda de toda santidad; es la última tentación de Mará, que incita a Buda a entrar en el nirvana sin preocuparse del resto de los hombres. Pero Buda vuelve al mundo, y la lógica de la narración hagiográfica exige que los primeros en escuchar la nueva doctrina y en convertirse sean precisamente los discípulos que le habían abandonado: es el reconocimiento de su carisma.
El «Discurso de Benarés» se ha definido también como el «Discurso que puso en movimiento la rueda de la Ley», porque a partir de ese momento se inició una nueva era para los fieles y la verdad entró en la historia. El discurso comienza con la idea de que hay una «vía media» para quien busca la verdad y la liberación, una vía que rechaza los extremos, tanto el de la devoción total a los sentidos como el de la negación total del cuerpo. El discurso expone las Cuatro Nobles Verdades, que representan el núcleo doctrinal del budismo.
Con la predicación, se inicia un período de vida tan perfecta según los valores de lo sagrado como perfecta había sido la juventud según los valores de lo profano. La vida mendicante y errabunda que Buda ha escogido le llevará, durante casi cuarenta y cinco años, a predicar sus enseñanzas en los reinos de Kosala, Magadha y Kasl. Con las conversiones y el incremento del número de fieles se constituye el samgha, la Comunidad de los monjes. El relato de las arduas discusiones filosóficas, las leyendas acerca del pérfido Devadatta y su engañosa hostilidad, ocultan sin duda el recuerdo de la reacción y de la oposición hallada en el primer período de expansión.
Se aproxima el ocaso de la vida. Como había ocurrido con su nacimiento, Buda también tiene poder sobre su muerte: controla milagrosamente el momento y la forma. Enferma gravemente por haber comido alimentos en mal estado. Las visiones de la fe otorgan al relato del acontecimiento un aura, una musicalidad de apoteosis divina: «Se recostó sobre el lado derecho, como un león, cruzando los pies, reflexivo, consciente. Y he aquí que en aquel momento los dos árboles de sala se cubrieron completamente de flores, aunque no era la estación de florecer, y rociaron el cuerpo del Perfecto, volvieron a rociarlo y lo recubrieron de flores, en honor del Perfecto. Y del cielo cayeron flores divinas mahádávara y rociaron, volvieron a rociar y recubrieron el cuerpo del Perfecto, en honor del Perfecto. Instrumentos musicales divinos resonaron en el aire en honor del Perfecto» (Maháparinirvánasütra, V, 1-2). Pero en otras páginas permanece intacta, dolorosa y serena, la voz de un antiguo relato: advirtiendo que su muerte era inminente, Buda llama junto a él a Ánanda, que llora vencido por la aflicción, y le hace sentar a su lado: «Basta, oh Ánanda, no te aflijas, no te lamentes. Pues ya antes yo dije: de todas las cosas queridas y agradables, ¿acaso no es variada la existencia, cierta la separación y el cambio? Lo que ha nacido, crecido, fruto de la mezcla, ¿cómo podría no perecer nunca? No hay noticias de algo similar. Durante mucho tiempo, Ánanda, has sido seguidor del Beato, con amor ... Por esto, Ánanda, tú que has adquirido méritos, sométete a un esfuerzo más y pronto también tú te verás libre de toda atadura» (ibid., V, 14). Los textos cuentan que abandonó el mundo sin angustia, sereno, en un estado controlado de meditación, para extinguirse en la liberación definitiva del parinirvána.