La creación del mundo y el orden del tiempo
![]()
Según la cosmogonía de los Mahápurána, los vertiginosos ciclos del tiempo —el universo es creado, se desarrolla en infinitas formas y se destruye, para volver a renacer, desarrollarse y volver a morir— son las fases de la experiencia de meditación de la conciencia absoluta de dios.
El purusa es, en efecto, el principio espiritual inmutable, el «no manifestado» trascendente en el que toda realidad existe en potencia. Y si el pensamiento de la Katha-upanisad parece ser monista, la visión de los Purána ya no lo es: el purusa toma el nombre de dios, es Visnú o Siva. Yogin supremo, libre en su estado de perfecta contemplación, dios desciende lentamente a estados inferiores de meditación, se despliega uniéndose a la naturaleza, a la energía-materia primordial, la prakrti, y de esta interacción afloran a la vida las formas. Luz interior de todo aspecto de lo creado, dios es, y no es, su creación: los seres son formas de su mente, pero él permanece más allá de cualquier manifestación.
Una vez llegado el momento de la mahápralaya, de la gran disolución, dios supervisa el fin del universo, es decir, se encierra en las profundidades de la contemplación, y dirige así las formas de la vida hasta ser reabsorbidas en él. El purusa emana de sí los mundos y, para salvarlos, los destruye: así como el asceta hace desaparecer de la conciencia las formas relativas e ilusorias para sumergirse cada vez más en sí mismo, así también el dios, recogiéndose, reúne de nuevo en sí las criaturas.
Es la fulgurante, tremenda visión que Arjuna tiene de Krisna en el canto XI de la Bhagavadgitá, donde lo que al hombre le parece mal y le angustia, en la realidad de dios es bien y alegría: como en una vorágine, las criaturas son «devoradas» por dios: pero, ¿anularse en dios no es quizá la verdadera liberación?
En la tradición sivaíta, Siva como purusa, y su sákti, la Diosa, como prakrti, aparecen de nuevo unidos en el momento de la gran disolución del universo. Es el tema iconográfico del Ardhanárísvara, el «dios que es mitad mujer». Su unión representa la experiencia última de la reabsorción de lo que es distinto en la unidad primigenia del Brahmán. Pero el fin del mundo no es el fin del tiempo. De nuevo el dios despertará de la meditación y el purusa desencadenará la renovada energía creadora de la prakrti y con la mente medirá las formas de su acción. De nuevo el Uno se dividirá en lo múltiple.
Brahmá es el dios que crea. Las eternas muertes y reencarnaciones del universo son sus propias muertes y reencarnaciones. Siva es el dios que destruye y Visnú es el dios que, en meditación, preserva todo el orden de este ciclo infinito. La teoría sapiencial y yóguica ha reelaborado la antigua cosmogonía de los Veda, basada en el significado del acto sacrificial, en una singular armonía de visiones: Brahmá, el universo, es la víctima sacrificial; Siva, el que destruye el mundo con el fuego, ejecuta el sacrificio; Visnú es el principio mismo del sacrificio, que conserva los restos de la ofrenda porque serán el inicio de un nuevo ciclo sacrificial.
Y cuando Visnú despierta de la meditación, Brahmá renace y el universo se recrea.