La dieta del Dr. Dukan

 

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Los cuatro «asrama» y la organización de la vida

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Del mismo modo que la sociedad está dividida en cuatro categorías, también la vida del hombre se desarrolla en cuatro «estadios», asrama. Cada individuo está sometido a un conjunto de normas bastante complejo, fruto de la doble acción de las leyes de la casta a la que pertenece y de las leyes que regulan los diversos estadios de su existencia.

El primer estadio es el del brahmacarya. El joven vive en casa del maestro y aprende de él las enseñanzas de los Veda. Aprende la obediencia y el control de los deseos, y practica la castidad. A esta fase iniciática le sigue el estadio del gárhasthya. Una vez llegado a la edad adulta, el hombre se casa y se inicia en la experiencia del amor y de la sexualidad. Aprende el valor de los bienes materiales y del poder terrenal y dirige la vida de la familia de acuerdo con la tradición, celebrando los ritos.

Una vez cumplidos sus deberes sociales, el cabeza de familia, «tras haber visto sus arrugas y sus canas, y haber conocido a los hijos de sus hijos» (Manusmrti, III, 77-79 y VI, 89 y ss.) da el primer paso para separarse de los bienes terrenales: es el estadio del vanaprasthya. Convertido en anacoreta, frecuenta los bosques y los lugares alejados de la vida social, solo o con su mujer, y se dedica a reflexionar sobre los textos védicos.

Este período intermedio concluye con el samnyása, el último y más duro estadio, que supone el abandono completo del mundo. La renuncia coincide con una experiencia de soledad, purificación y ascesis. El hombre, definitivamente liberado de todo vínculo con sus semejantes, intenta recuperar la luz de su propio átman, la mente proyectada en una dimensión sin tiempo hacia la liberación.

En el mundo brahmánico, donde los valores y los vínculos sociales apenas permiten la expresión individual, la ruptura con las instituciones puede aparecer como un acceso a la experiencia religiosa individual y, por lo tanto, negativa. Sin embargo, la decisión del que renuncia obedece a una causa totalmente opuesta: se separa de su grupo para abolir la propia individualidad.

Abandona todos aquellos parámetros que identificaban su ego, todas aquellas responsabilidades que le hacían ser alguien aunque de forma efímera y falaz, para anularse a sí mismo en el absoluto. Vairágin, «indiferente frente al mundo», y muñí, «silencioso»: así lo definen los textos, porque su alma se ha vuelto límpida como un espejo. En efecto, el átman que se ha liberado es tan puro y carente de cualquier determinación que se asemeja al vacío.

Los ideales del cabeza de familia y del renunciante constituyen dos extremos en continua tensión, dos funciones opuestas, pero complementarias. Los Upanisad insisten en la importancia de experimentar el conocimiento místico del absoluto para obtener la salvación. Pero la experiencia ascética exige ante todo el cumplimiento de las obligaciones sociales. Hay que conocer y cumplir los fines que toda función comporta: káma, el deseo y placer amoroso; artha, los intereses materiales, las riquezas, el éxito; dharma, el orden moral y la norma del acto sagrado. Finalmente, moksa, la liberación, el desafío último.

El mundo terrenal conserva, pues, una parte de la luz absoluta de la que desciende, y la salvación consiste no en renunciar a los deseos y fines mundanos, sino en ir reduciendo gradualmente su práctica, purificarlos, hasta llegar a distanciarse de ellos y sublimarlos en dios.

En el Mahábhárata (XII, 167) Bhlma elogia el káma, el deseo en todas sus formas, el amor, la alegría de vivir. Bhlma está inmerso en el mundo, pero el asceta no lograría salir del mundo si no le impulsara el deseo de la liberación. La renuncia del jívanmukta, del «liberado en vida», es pues un amor por las formas de lo relativo que ha trascendido en puro deseo de absoluto.

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