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Hinduismo: El culto

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A comienzos del período Gupta, hacia el siglo iv d.C, el culto público a Siva y Visnú estaba muy extendido y se construyeron numerosos templos tanto en las ciudades como en los lugares sagrados, meta de peregrinaciones. La práctica de la devoción en el templo se había ido desarrollando lentamente. Aún hoy algunos elementos arquitectónicos e iconográficos del templo reflejan la antigua configuración del espacio purificado para el sacrificio védico: el edificio está construido de forma tal que simboliza el macrocosmos y el cuerpo humano. El lugar más sagrado de su interior, oscuro y cerrado, llamado garbhagrha, «estancia uterina», cuerpo y sede del dios, conserva el simbolismo de la cabana del rito védico. También en este caso el donante se convierte en embrión que experimenta una nueva reencarnación, pero ahora asume en su ser la naturaleza de la divinidad.

Una nueva visión subyace en la construcción del templo y en el acto de devoción que allí se celebra. El sacrificio védico era también el medio del que disponían dioses y hombres para instaurar de igual a igual un intercambio simbólico equilibrado, y obedecía a la lógica de dar a cambio de obtener la realización de los propios deseos materiales. Con el tiempo, se desarrolló un rito más sencillo, incruento y más espontáneo, de ofrenda y adoración, ejecutado sin el fuego sagrado, que sustituyó al sacrificio védico. Pero en este nuevo contexto religioso la divinidad es superior al hombre, que la sirve en el rito y la honra como a un huésped real.

El fiel presenta las ofrendas, que constituyen la auténtica puja y consisten en mantequilla líquida o simplemente agua de un río sagrado, flores, incienso, fruta y dulces. Una parte de los alimentos es restituida a los asistentes como «bendición» y comida comunitaria; mediante la puja el devoto ofrece un don a dios y lo adora sin desear nada útil a cambio, con una actitud interior que supera el deseo personal. La divinidad, ante este acto de «abandono» por fe, «comparte» el don y entrega a cambio su contra-don de gracia. El espíritu religioso que ilumina el culto público se expresa también en el culto privado, desarrollado en solitario, mediante oraciones, recitación de los manirás, meditación y adoración silenciosa.

Existen divinidades «puras» e «impuras». Las primeras son manifestaciones de los dioses supremos, Visnú y Siva. En sus templos las ofrendas deben ser puras, vegetarianas y hechas por brahmanes. Hoy en día todo el mundo puede practicar el culto en estos templos. En el pasado, las clases bajas estaban excluidas de ellos; tenían y siguen conservando sus templos, donde se veneran las divinidades «impuras» como, por ejemplo, los dioses de la casta o los antiguos númenes tutelares de la población, que, por lo general, son divinidades femeninas. A esas divinidades se les hacen ofrendas no vegetarianas, es decir, sacrificios de animales y de sangre.

El hinduismo presenta una impresionante variedad de ritos, que a menudo se remontan a la época prearia. En las fiestas religiosas se confunden la tradición codificada de los Dharmasastra con los antiguos cultos de los pueblos, típicos de las castas más bajas. En la fiesta estalla con toda su alegría el componente lúdi-co de la religiosidad india, que mediante el placer de los sentidos y la transgresión trastoca el tiempo profano y sus normas y regenera el mundo con la música, las danzas, las recitaciones sagradas y las procesiones, porque también los dioses crearon el mundo «en un juego».

En la fiesta se desencadena toda una carga de emotividad, para que el éxtasis colectivo permita a los fieles vivir, por lo menos en esos breves momentos, la experiencia mística de unión con dios. En el transcurso de la fiesta el tiempo se detiene, las normas de la vida cotidiana quedan en suspenso, el lenguaje cede el paso a la música y a la oración, y dios regresa entre los hombres, representado en el escenario por los actores: la fiesta es la intuición de un paraíso.

El Holi santifica la llegada de la primavera y se percibe aún el eco de antiguos ritos orgiásticos, mientras que la Krsnajayantí, que celebra el nacimiento de Krisna, tiene una enorma carga de devoción. El final del verano es el momento de la célebre fiesta del dios Ganesa, hijo de Siva y de Párvatl. La fiesta de las luces, Divali, que se celebra entre septiembre y octubre, tiene como contrapunto los ritos de invierno de la «gran noche de Siva», celebrados sobre todo en los templos dedicados al linga.

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