El «juego» divino
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El hinduismo también se enfrenta a un problema teológico fundamental: por qué dios ha creado el universo. «No estoy obligado a hacer nada en estos mundos, Arjuna, porque me pertenecen. No tengo que conseguir nada porque lo tengo todo. Y, sin embargo, actúo», así habla Visnú, con las facciones de Krisna, al héroe Arjuna (Bhagavadgitá, III, 22). El Brahmasütra (II, 1, 33) introduce de pronto la idea de lila para responder a la contradicción de una divinidad que es absoluto no condicionado, sin carencias y, por lo tanto, sin deseos, y que, sin embargo, crea. Lila significa «juego» y también actividad espontánea, agradable e inocente, atracción y ficción.
El filósofo Sañkara profundizó en la idea de una divinidad que creó el universo como en un lila, en una acción completamente libre. Un hermoso «juego» que obedece a un simple capricho, similar al de las personas de alta condición, que también han visto ya satisfechos todos sus deseos. Un acto fácil: en realidad, la creación del universo, que al hombre le parece vertiginosamente compleja, para dios es precisamente un «juego».
La verdadera doctrina del lila se forma en la tradición devocional de Krisna: todos los actos de Visnú y de sus -» avatára en la tierra tienen las características de actos lúdicos. Dios actúa en un estado de ensimismamiento extático comparable al de un artista en su momento de tensión creativa o al de un niño absorbido por el puro placer de un juego de fantasía. Por encima de todo se pone el énfasis en la naturaleza «transgresora» y «liberadora» del juego de Krisna, juego de amor que supera en su feliz espontaneidad todas las reglas de la conducta tradicional. No es casual que la fascinación por la idea del lila se fortaleciera en el siglo IV d.C., cuando las doctrinas del Dharmasástra estaban en su momento álgido y las leyes sobre las conductas de casta puras e impuras eran aplicadas sistemáticamente por las dinastías brahmánicas.
En la idea de la libertad del juego divino los fieles hallaban, al menos en su interioridad, una vía de liberación de la presión aprisionante de las normas de casta. Subsiste una tensión entre la idea de que dios actúa por puro placer y sin ningún compromiso y la antigua convicción, reflejada en la Bhagavadgitá, de que dios actúa obedeciendo a su «deber» de proteger el bien en el mundo. Sin embargo, la especulación visnuista no ve oposición alguna entre ambas posturas: en dios, «el acto de juego» es a la vez «acto de bien», porque dios es bueno y lo que hace espontáneamente sólo puede ser el bien.
Los dioses supremos bailan: Siva, sagrado y terrible, danza sobre los mundos que acaba de destruir y liberar, danza en éxtasis en presencia de la diosa encantada, que según los sákta es Lalita, «amorosa» (literalmente: «aquella con la que se juega»). En la visión tántrica, la sákti baila sobre el cuerpo inmóvil de Siva. Los dioses se divierten: Siva y Parvatí juegan a los dados en su paraíso; se trata de un momento secreto, de intimidad, pero se están jugando el destino del mundo.
La idea del lila es fascinante y ambigua: también puede significar que la creación del universo no es más que una ficción, es sólo maya, el encanto de ilusiones. Por una parte, el juego divino revela un sentido de alegría de vivir, de aceptación positiva del mundo y de sus realidades. Pero, por otra parte, revela el sentido de un sutil «engaño» de dios, la desilusión ante lo relativo de las formas de la existencia. Es fácil pensar que el bien sea fruto del juego divino, pero es mucho más difícil aceptar que también el mal y el sufrimiento obedezcan a la lógica misteriosa e insondable de un «jugar a los dados» de dios.