El poder sacerdotal
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A partir del siglo X a.C., a medida que los pueblos arios iban penetrando en el subcontinente indio y se establecían en el valle del Ganges, la antigua visión que había inspirado el Rigveda se fue transformando en una fe más articulada, en un sistema de ritos de simbolismo mucho más complejo. La aparición de las primeras ciudades y la gradual constitución de poderosas unidades estatales fue acompañada en el ámbito religioso por una nueva conciencia de la fuerza del poder sacerdotal.
Testimonio de este cambio son los Bráhmana, textos exegéticos y litúrgicos, compuestos entre los siglos X y VII a.C. Están relacionados con los Samhitáy se consideran parte integrante de la revelación védica. Se trata de especulaciones sobre el conocimiento sagrado y comentarios de ritos cuyas modalidades nos describen minuciosamente, explicando al detalle su origen, significado y finalidad.
En ese crisol de experiencias de lo sagrado, surge la noción de brahmán, el absoluto, principio y fundamento trascendental de la cambiante sucesión de los fenómenos, y de un demiurgo personal responsable de las manifestaciones del mundo, el dios Brahma. Los únicos que tienen acceso al conocimiento de su misterio, los descendientes de los antiguos «videntes», son los bráhmanas, los «brahmanes», que son los responsables de la correcta ejecución de las ceremonias solemnes y de las reglas de pureza de la acción; y el poder impersonal que manipulan en el rito colma a los dioses, sostiene la tierra, libera de los males y otorga la inmortalidad.
En la religiosidad brahmánica el sacrificio también es fundamental, puesto que es un acto simbólico que revive un drama cósmico y regenera el universo. Se recoge la idea de la armonía entre divinidad, naturaleza y sociedad. Estas esferas se influyen mutuamente y los hombres tienen la obligación de contribuir, a través de los ritos, a la preservación del orden universal. Más tarde, y en el contexto de teorías más complejas, el pensamiento hinduista también mantendrá la antigua intuición de las misteriosas correspondencias entre los distintos «cuerpos» del universo y del poder del acto ritual de incidir sobre ellos.
La construcción ceremonial del lugar y el rito del fuego sagrado tienen la función de regenerar la fuerza creativa del dios. Al mismo tiempo, el sacrificio transforma y eleva a un nivel de existencia más elevado al oficiante, que se identifica con el creador y es liberado de la muerte. También el sacrificante, gracias a la concentración interior, accede a la consagración y adopta el aspecto de un embrión que renace durante el rito. Hace entrega de su persona a dios para presentar después las ofrendas sacrificiales en sustitución y liberación de sí mismo. Así pues, purificado con un baño lustral, difundiendo la concentración de poder que ha acumulado en el sacrificio, restituye a los sacerdotes con su protección y sus dones.
En la cúspide de la sociedad hinduista se desarrolla una tensión entre dos funciones de poder complementarias, pero de intereses contrapuestos: el ksatriya, el guerrero, que tiene el mando político y militar y posee la fuerza y la riqueza, y el brahmán, el sacerdote, depositario de las visiones místicas y de los ritos. El primero es el «sacrificante» por excelencia: no puede pensar en alcanzar el poder temporal, la victoria y los bienes sin el concurso del sacerdote, el «sacrificador», que realiza por él los ritos apropiados. Pero el brahmán depende a su vez del guerrero para su propio sostenimiento y su propia protección. Se trata, pues, de un delicado equilibrio entre reciprocidad y antagonismo.
En este largo período el papel del sacerdote alcanza sin duda su máximo apogeo: los brahmanes gozan de un enorme prestigio porque tienen poder sobre los dioses y transmiten la sabiduría. En efecto, es el maestro brahmán (gurú) el que enseña a los jóvenes el conocimiento secreto del absoluto. La verdad es iniciática: el gurú explica las imágenes y las fórmulas de los Veda, y conduce al discípulo hasta la conquista de la plena conciencia interior y el descubrimiento del brahmán en el fondo de sí mismo.
Actúa como intermediario obligado de un conocimiento de lo Invisible que el joven no puede de ninguna manera adquirir por sí solo. Las palabras del maestro, sus gestos e incluso su silencio son vehículos de aquello que sin su concurso sería inefable. El hinduismo carece de estructuras institucionales centrales que sancionen la ortodoxia de la interpretación de las escrituras o del comportamiento religioso: es el gurú, en virtud de su sabiduría, el que confirma o elabora la sabiduría antigua y se hace responsable de la verdad eterna y del orden sagrado y social que de ella brota: el dharma.