La dieta del Dr. Dukan

 

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La antigua sabiduría de los «Veda»

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Las raíces del hinduismo son antiquísimas y es difícil seguirlas con claridad. Son el fruto de la fusión entre la religión de los pueblos nómadas y guerreros de los arios, que hacia 1500 a.C. penetraron en oleadas sucesivas en el valle del Indo, y la tradición religiosa de las culturas autóctonas. Los fascinantes hallazgos arqueológicos de Mohenjo-Daro y de Harappa dan testimonio de la existencia de una gran civilización prearia, que alcanzó su apogeo en el 2000 a.C., y que estaba organizada en comunidades sedentarias de campesinos. Pero su escritura sigue todavía sin descifrar y, por lo tanto, las figurillas de terracota, los sellos y las piedras fálicas tan sólo nos permiten hacer conjeturas acerca de su visión religiosa. No cabe duda de que la tradición de los vencidos influyó en los invasores, pero resulta realmente arduo precisar de qué manera, con qué profundidad y a través de qué concepciones.
En los últimos decenios ha surgido la hipótesis de que la tradición autóctona ya estaba integrada en cierta medida en la de los recién llegados en la primera colección de textos hindúes, el gran corpus de los Veda. Se trata de una fuente parcial, expresión sobre todo del mundo sacerdotal de los arios, pero fundamental, porque a ella se ha remitido toda la tradición posterior. Los textos védicos son el fruto de un proceso plurisecular: algunas partes métricas se remontan al 1500 a.C., y las semejanzas lingüísticas y rituales con el Avesta dan testimonio de la existencia de fuertes vínculos con el mundo iranio. La tradición hinduista no se ha ocupado de las fechas de composición ni de los autores de los Veda, precisamente porque siempre los han considerado eternos e impersonales, fruto de una revelación (srütí). Los antiguos místicos, por cuya mediación humana se desveló la verdad absoluta, tradujeron sus visiones en las letras de himnos y oraciones secretas, que fueron transmitidos oralmente a través de generaciones mediante refinados procedimientos mnemotécnicos por familias de ritualistas y fueron conservados como patrimonio exclusivo de la casta brahmánica.
La parte más antigua está constituida por los himnos védicos, reagrupados en cuatro Samhitá, «colecciones». La primera, la más antigua y fuente inagotable de inspiración sagrada durante siglos, es la Rigvedasamhitá, la «sabiduría» expresada en estrofas de alabanza, destinada a ser utilizada por el recitante. Sigue a continuación la Samavedasamhita, la «sabiduría» expresada en cantos, patrimonio ritual del cantor. La Yajurvedasamhitá es la «sabiduría» expresada en fórmulas sacrificiales recitadas por el oficiante. Con el tiempo se añadió la Atharvavedasamhitá, el saber expresado con fórmulas sapienciales, destinado al brahmán, el sacerdote que conoce todo el rito y controla su exacta ejecución.
La «sabiduría revelada» es, pues, una tradición de «palabra» sagrada. Los himnos de las Samhitá, las invocaciones sacrificiales, los mil epítetos de una figura divina y algunas interjecciones utilizadas en el rito, como vasat, hüm, om, son manirás. En el mundo religioso de los himnos de los Veda, existe la profunda intuición de que el nombre sagrado remite a un sonido originario, fuente pura de las infinitas voces del universo, sonido secreto que encierra en sí mismo la naturaleza del dios y su energía primordial. Pronunciar su nombre significa ejercer sobre dios un poder que va mucho más allá de la oración, que le obliga a manifestarse, casi un poder de crearlo, como defenderá la especulación más tardía.
A través de las Samhitá nos ha sido transmitido un complejo sistema ritual centrado en el sacrificio, tanto solemne como doméstico. Se invitaba a los dioses a descender al espacio sagrado purificado frente al altar y al fuego sacrificial. Las ofrendas estaban constituidas por soma, leche, mantequilla, primicias y dulces (aunque también se sacrificaban hombres y animales), que eran «alimento» de los dioses y comida comunitaria, puesto que una parte de esas ofrendas era consumida por los fieles. El sacrificio es la acción perfecta que tiene efectos vinculantes sobre los dioses. Si se realiza con precisión, es un instrumento de poder porque puede satisfacer los deseos humanos más secretos, la riqueza, el amor, la victoria, el reino e incluso la inmortalidad. Pero la acción sacrificial también sanciona la solidaridad de una comunidad con sus dioses y a la vez legitima, a través de la atribución de las funciones sacrales, la jerarquía social. En cuanto garantía del orden social, el sacrificio es símbolo de palingénesis del cosmos que muere y renace perennemente.
El sacrificio del caballo y del soma eran ceremonias públicas solemnes. En la época védica tardía, el rey recibía la investidura con un rito de gran magnificencia, el Rájasüya, que se iniciaba con el Agnistomama, se desarrollaba a lo largo de todo el año y culminaba con la fastuosa ceremonia de la «aspersión». El monarca, sacrificante puro en la cúspide de la sociedad, se convertía en un alter ego del dios Varuna, garante del orden cósmico.
En la visión más antigua, incluida en la Rigvedasamhitá, los dioses (deva) son seres inmortales, invisibles y envueltos en misterio. Los himnos los representan con rasgos iconográficos de contornos imprecisos. Su identidad tiende a disolverse en una multiplicidad de manifestaciones que a veces se remiten a ellos y a veces se oponen, y no sólo por la naturaleza de sus funciones cósmicas. Los propios dioses, con sus artes ilusorias, deciden mostrarse al hombre con aspecto de despojos humanos o animales o con su aspecto glorioso.
Pero tras la multiplicidad de formas divinas, que de vez en cuando son exaltadas como las únicas «verdaderas», se intuye ya un principio único y absoluto, más allá de lo divino, origen y fin de todo el universo. «No había entonces ni muerte ni inmortalidad. No había signos de la noche ni del día. El Uno respiraba por sí mismo, en profunda paz. Sólo existía el Uno, y nada fuera de Él. Oscuridad oculta en la oscuridad. El Todo era fluido y sin forma. Después, en el vacío, mediante el fuego del ardor, nació el Uno. Y en el Uno nació el deseo, la primera semilla del espíritu.» (Rigveda, X, 129.)
Los asura son los dioses más antiguos, que poseen poderes ocultos. Con el tiempo, el hinduismo los transformará en divinidades inferiores o en demonios, derrotados y sometidos por los deva. Varuna es el primero entre los asura. Soberano del orden cósmico, conoce las leyes misteriosas de la naturaleza. Sabe escrutar en los secretos del alma humana y distinguir lo verdadero de lo falso: por eso es venerado como el custodio de la norma moral y considerado el juez supremo. Junto con Mitra, su coadjutor, representan los dos aspectos de la soberanía: la sacralidad del sacerdote y el poder del guerrero. En el imaginario védico es un espíritu que a veces está en armonía y a veces en oposición a Indra, el rey de los deva.
Indra es el dios de los arios. El mito, de origen indoiranio, narra su victoria sobre las fuerzas malvadas del monstruo Vrtra y el retorno del orden en el mundo. Astuto, basto y generoso, numerosos himnos lo representan de pie sobre un carro de combate, con la barba hirsuta y una espesa cabellera roja, el enorme vientre henchido de bebida sagrada, terrible por su fuerza, grandioso por su increíble virilidad, luminoso con sus armas de rayo y arco iris.
El enfrentamiento entre Indra y Varuna es inevitable: son dioses que establecen organizaciones diferentes del cosmos, son los garantes de culturas distintas. Las contradicciones de su interacción reflejan en el lenguaje mítico la complejidad del desarrollo histórico de dos visiones religiosas que se entrecruzaron e intentaron de algún modo armonizarse. Con el paso de los siglos, la función cultural de Indra se verá debilitada por la acción de Visnú y Siva. En los himnos védicos son dioses menores, pero en el hinduismo clásico serán las divinidades supremas.
Las fórmulas rituales de las Samhitá dejan traslucir en ciertos pasajes el comienzo de una especulación sobre el origen último del mundo, sobre el tiempo y sobre el hombre. El poeta, hombre de fe, revela la duda: «¿Quién conoce la verdad? ¿Quién puede decirnos cuándo y cómo nació este universo? ... Sólo ese dios que ve en lo más alto de los cielos: sólo él conoce el origen del universo, si ha sido creado o si es eterno e increado. Sólo él lo sabe o, tal vez, ni siquiera él lo sabe». Es el comienzo de un largo camino filosófico que alcanzará su máximo esplendor con los Upanisad.

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