La nueva visión religiosa: los «Upanisad»
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Los textos antiguos hablan también de ascetas, expertos del éxtasis, que rechazaban las reglas de la vida corriente y las formas del pensamiento convencional. Estas tendencias místicas contribuyeron a determinar una fase de búsqueda especulativa y de ruptura en el discurso religioso dominante. Testimonio de ello son los Áranyaka, tal vez los textos más oscuros de los Veda. No se centran en las ceremonias domésticas u oficiales, sino en partes secretas de los ritos, peligrosas por sus poderes sagrados, que deben desarrollarse fuera de las zonas habitadas, en las profundidades (aranyá) del bosque. No se detienen a discutir los detalles de las reglas ceremoniales: hablan de la esencia del cosmos, especulan sobre el significado del gesto ritual, es decir, intentan desvelar el sentido de las correspondencias simbólicas entre los actos del sacrificio y los momentos de la vida y del cosmos.
El mundo brahmánico sigue basándose en el orden que los sacrificios consagran; sin embargo, entre los siglos VIII y III a.C., aparecen en la India las aspiraciones propias de una sociedad en evolución: las relaciones entre castas aún no tienen un carácter rígido, la mujer participa en la vida intelectual, el mundo laico está en posesión de una ciencia ignorada por los brahmanes. Se deja sentir la influencia de las nuevas vías de salvación (el movimiento de los sramana, el jainismo y especialmente el budismo) que florecen en esa época y se sitúan fuera de la revelación védica, predicando la meditación y la no violencia y exaltando el ideal de renuncia.
Se perfila un pensamiento filosófico que apela a la interioridad, que exige la búsqueda de una experiencia mística que vaya más allá del formalismo ritual, que libere las ataduras de la ignorancia del hombre y le desvele el absoluto. No se abandonan los sacrificios, pero se da una nueva interpretación a su sentido: la ofrenda sacrificial se convierte en una entrega de sí mismo, en el propio «fuego» interior. Es el intenso esplendor del pensamiento contenido en los Upanisad, el último gran corpus de la revelación védica.
Los dos conceptos clave sobre los que se articula toda la visión de los Upanisad son Brahmán y átman. La tendencia a reducir la multiplicidad de dioses a un principio único, que ya aparece en los himnos de los Veda, se convierte ahora en dominante: el Uno es Brahmán, es ekam eva advitiyam, «el único solo sin segundo». Es el Todo, aunque todo no es el Brahmán. Fundador del universo, principio y fin de toda existencia, es «lo que no puede ser dicho con palabras, pero por quien las palabras pueden ser dichas; sólo él, el Brahmán, el Espíritu ... Lo que no puede ser pensado con la mente, pero por quien la mente puede pensar» (Kena-upanisad).
El átman, en cambio, es la íntima esencia de la conciencia, el destello de lo universal que hay en todos los individuos. Es el verdadero sí mismo, profundo, inefable y también eterno. «Ser» en su modalidad única y singular, libre de imperfecciones, en su pureza no condicionada por las formas mutables de la existencia.
Ambos conceptos tienen un origen distinto: el Brahmán pertenece a la tradición sacerdotal y nace de la especulación sobre la armonía entre el orden cósmico y la naturaleza de los ritos sacrificiales; el átman es el elemento sobre el que se apoya la tradición ascética que ha escudriñado en los estados interiores de la conciencia. La especulación de los Upanisad combina ambas trayectorias, considerando que Brahmán y átman son los dos nombres de la verdad, dos perspectivas de una única realidad. Comienza así una nueva hermenéutica de salvación: el hombre está destinado a contemplar la unicidad de lo existente, es decir, la identidad entre el Uno y el Todo, más allá de las apariencias de lo múltiple. La esencia de los Upanisad tal vez está contenida en el estallido de un rayo: Tat tvam asi, «Todo este universo eres tú». Hacer realidad esa idea significa liberarse de la propia individualidad empírica, superar las barreras de los dualismos conceptuales y poner fin al eterno retorno en el mundo.
Pero el pensamiento de los Upanisad también definió un segundo nombre del absoluto y trazó otra vía de liberación, desarrollada después con mayor riqueza y menos rígida desde un punto de vista teorético. Entre las narraciones cosmogónicas del Rigveda, el himno al Purusa (X, 90) es el que tuvo mejor destino: en principio es el Macho (Purusa) cósmico y tiene forma humana. De las partes de su cuerpo místico desmembradas en el sacrificio nacen el cosmos, los seres animados y los hombres. El mundo se forma, pues, en virtud de un acto sacrificial en el que el creador-víctima es un hombre sin ser uno de los hombres. Pero el Purusa conserva su trascendencia, identificado con el absoluto, como Purusa Náráyana.