La dieta del Dr. Dukan

 

Oraciones Temas

Las corrientes doctrinales

linea

A pesar de la tendencia al sincretismo, el sintoísmo mantuvo su independencia en las humildes tradiciones de los santuarios de los pueblos, y ya a comienzos del siglo xm se inició una reacción. Durante el período de Kamakura (1185-1333) se produjo una profunda renovación del budismo y se crearon movimientos de pensamiento radicales, tan atrevidos en su especulación como excluyentes y sectarios. El mundo religioso sintoísta reaccionó también intentando descubrir de nuevo su originalidad y responder de manera distinta a las nuevas exigencias de la sociedad.

Durante el siglo XIII, los sacerdotes del santuario de Ise habían ido elaborando su propia tradición religiosa y la habían transmitido en cinco libros fundamentales, venerados como textos revelados por emperadores míticos o por divinidades. Sólo eran accesibles a unos pocos iniciados y trataban de ritos, mitos, normas de pureza e interpretaciones doctrinales.

Las teorías budistas tenían en ellos un tratamiento secundario. Watarai leyuki (1256-1351), un sacerdote de profunda cultura, reorganizó sistemáticamente este saber en una summa de amplio alcance doctrinal, el Ruijüjingihongen, de 1320, que sirvió de inspiración a muchos y marcó el nuevo florecimiento del sintoísmo. Se daba un vuelco a la teoría del honjisuijiaku contemplándola desde una perspectiva completamente sintoísta: eran los buddha los que se consideraban «manifestaciones temporales» de una realidad última y superior, que era en cambio la de los kami.

Siguiendo esta línea de independencia y de investigación teórica se constituyó la escuela del Yuitsushinto, conocida también como Yoshidashinto. Basada en la doctrina transmitida por numerosas generaciones de la familia sacerdotal Yoshida (descendientes de los antiguos urabe, los adivinos) fue básicamente una creación de Yoshida Kanetomo (1435-1511).

Defendía que el sintoísmo era la fe más profunda y original, en la que se habían inspirado incluso el confucianismo, el budismo y el taoísmo, y en su obra más importante, el Yuiitsushintó myóbóyóshü, marcaba también las líneas de dos tradiciones distintas: un sintoísmo esotérico basado en el Koji-ki y en el Nihonshoki, y un sintoísmo iniciático, basado en textos que, según Kanetomo, habían sido revelados por los dioses en tiempos muy remotos y su familia los había conservado y transmitido. A comienzos del siglo xvi, Yoshida Kanetomo era sin duda la figura más importante del panorama religioso.

Las teorías elaboradas por las escuelas sacerdotales salieron de los círculos de estudio esotérico y comenzaron a propagarse entre un público laico más amplio. Durante la época Tokugawa (1603-1868), la escuela Yoshida luchará por conseguir una reorganización nacional de las instituciones religiosas sintoístas, y el nuevo gobierno de los sogunes les confiará la supervisión de los santuarios y de los nombramientos de los sacerdotes. Hasta la era Meiji (1868-1912), esa escuela desempeñará un papel fundamental en el desarrollo de la doctrina, las prácticas rituales y la disciplina moral.

Durante el período feudal la tradición sintoísta recobra fuerza y se desarrolla en dos direcciones. Una primera tendencia está representada por la escuela Suikashintó, fundada por Yamazaki Ansai (1619-1682) quien, destacando las semejanzas entre el sintoísmo y el pensamiento neoconfucianista, reinterpretó la antigua mitología y afirmó la igualdad entre la Vía del Cielo y la Vía del Hombre y la identidad entre la fe en los kami y la lealtad al emperador. Otros pensadores de aquel período, como Kumazawa Banzan (1619-1691) e Ishida Baigan (1685-1744), liberados de los vínculos que los unían a sus escuelas, se inspiraron en el sintoísmo y en las exigencias de la ética confucianista y propusieron a un auditorio popular un mensaje filosófico original.

Por la misma época, varios intelectuales y estudiosos, alejados del mundo de los letrados confucianistas y animados por un espíritu fundamentalmente antibudista, intentaron definir una nueva visión del mundo, de la historia y del destino del hombre en la sociedad. Volvieron sus ojos hacia el pasado mítico y se aproximaron con rigor filológico a los textos mitológicos, literarios y poéticos más antiguos. Paradójicamente, fue un monje del Shingon, Keichü (1640-1701), el que con sus escritos sobre el Mariyóshü (la antología poética más antigua) inició la corriente de pensamiento Kokugaku. Kamo Mabuchi (1697-1769) continuó sus enseñanzas, pero fue Motoori Norinaga (1730-1801) la figura más destacada.

Norinaga proponía rechazar radicalmente la racionalidad filosófica de los confucianistas y de los ideales budistas y retornar a la «pureza» de la sensibilidad del espíritu japonés, que sólo podía hallarse en las raíces autóctonas de la espiritualidad sintoísta transmitida por el Koji-ki. En aquella época nadie leía ya ese libro de mitos escrito en una lengua antigua que resultaba lejana y abstrusa, y Motoori, con una entrega absoluta, dedicó gran parte de su vida a la difícil labor de traducirlo y comentarlo.

La visión del mundo y de la sociedad, que Motoori Norinaga dibujaba en términos vagos y marcados por la utopía de una remota edad de oro, fue convertida por Hirata Atsutane (1776-1843) en una teorización más precisa de carácter político y social. Las ideas de estos escritores sobre el carácter sagrado de la figura del emperador, el destino de la nación y la «Vía de los kami» como única religión verdadera de Japón ejercerán una pro-funcja influencia en el discurso ideológico en el que se inspirará el proceso de modernización del país.

Volver al índice de Historia de las Religiones