El espacio sagrado
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El santuario se construye a menudo en las faldas de una montaña, escondido en el bosque: marca el punto fronterizo entre la tierra cultivada, reino de los hombres, y la tierra salvaje, reino de los dioses. Según la antigua cosmología, la montaña es el espacio de lo sagrado, el mundo misterioso del yama no kami.
En primavera, cuando comienza el cultivo del arroz, esta divinidad desciende al valle y se instala entre los hombres, protege las espigas y es venerada como dios del arrozal y también de la fertilidad y de la riqueza. Cuando llega el momento de la cosecha los campesinos celebran una fiesta de acción de gracias y luego, entre danzas y cantos, la acompañan de nuevo a los bosques.
La montaña también es el reino de las almas de los muertos. Según la tradición, los espíritus de los antepasados, una vez transcurridos treinta años de su muerte y tras haber sido purificados por los ritos celebrados en su memoria, se convierten en númenes tutelares del pueblo y pasan a habitar en las cimas de los montes. Todos los años, las almas de los difuntos descienden al valle en la época del bon, la fiesta de los muertos, que se celebra en pleno verano.
Son acogidos en las casas y venerados con ofrendas ante el altar de los antepasados. Según una antigua tradición, el monte Osoresan, en el extremo norte de Japón, es el infierno real: en el cráter de este volcán apagado las chamanes ciegas celebran la fiesta del bodhisattva Jizo, protector de las almas, hablan con los muertos y predicen el futuro a los vivos.
Sede de lo inmutable, espacialidad abstracta y escueta, la montaña también es un lugar privilegiado para la experiencia mística: ya desde el comienzo de la época de Nara (710-794), en algunos montes se fueron constituyendo comunidades de yamabushi: estos ascetas, apartados del mundo religioso oficial, fundían de forma original la antigua fe sintoísta con las teorías taoístas, las prácticas del éxtasis y la doctrina y rituales del budismo.
El budismo se apropió del simbolismo sacro de la montaña: en el Shingon, la montaña es la representación terrenal del mándala, un diagrama del universo y de las facetas de la condición de buda. A partir del siglo IX, las antiguas visiones sintoístas del Más Allá enriquecieron las especulaciones del pensamiento amidista, y algunas famosas montañas sagradas —el Fuji, el monte Yoshino, el monte Kumano e incluso el Kóya— fueron consideradas las Tierras Puras (jódó) luminosas y eternamente felices del buddha Amitábha.