Introducción al Sintoísmo
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La «Vía de los kami» es un cruce poliédrico de concepciones religiosas, ritos e instituciones sacras, tan enraizado en la historia de Japón que puede decirse que ha inspirado algunos de sus rasgos culturales más destacados. Es un sistema rico y complejo, que se manifiesta en la humilde tradición de los pueblos y en los cultos rurales, pero que también se traduce en una institución religiosa de ámbito nacional, fuente de referencia ideológica de la autoridad del monarca.
El sintoísmo surge al iniciarse la historia de Japón de la fusión de motivos religiosos diversos: las poblaciones que emigraron al archipiélago japonés procedían tanto de las islas malayo-polinésicas como de la China meridional y de Corea (hasta el punto de que algunos autores hablan de un sustrato religioso común, un «prototaoísmo»), e importaron sus concepciones de lo divino, sus diversas formas de culto y sus visiones cosmológicas.
Estas tradiciones, mezcladas y adaptadas con el paso del tiempo a los nuevos valores de una sociedad que descubría el uso de los metales, adoptaba el cultivo del arroz y se volvía sedentaria, constituyeron el núcleo de la experiencia religiosa sintoísta.
A partir del siglo VII d.C., la influencia de la cultura china, más sofisticada, se convirtió en el factor determinante del desarrollo de la sociedad japonesa: las teorías taoístas, confucianistas y budistas se propagaron y, con la reforma Taika del año 645, fueron adoptadas para legitimar una concepción distinta del estado, constituido sobre el modelo de la tradición continental y centrado en la figura del emperador. La búsqueda de una nueva coherencia ideológica entre las tradiciones del pasado y la innovación del presente, entre la antigua y la nueva religión, llevó a la compilación del Kojiki en el 712 y del Nihonshoki en el 720.
La cultura japonesa de la época, al seleccionar y transcribir sus mitos, reelabora en estos textos la visión de sus propios orígenes y de su propia historia. Narración mítica y relato histórico se entrelazan y se confunden. En ambas obras, los dioses creadores, Izanagi e Izanami, están dotados de una gran fuerza física, son el Varón y la Hembra primordiales.
Ellos no crean, sino que engendran a todos los seres mediante una unión sexual cargada de deseo erótico. Desde el comienzo, pues, los m|tos enseñan que todas las formas de vida tienen en común una misma naturaleza y rechazan la idea de la diferencia ontológica entre dios, naturaleza y hombre, implícita en un acto de creación.
Los dos «padres» primordiales dan vida a mares y astros, a islas, bosques y campos siguiendo un orden caprichoso. Sus vicisitudes señalan el límite de la vida y de la muerte, marcan el ritmo del tiempo y de las estaciones y establecen las normas de la pureza y de la impureza. Realidad divina y humana están separadas por tenues fronteras, que tienden a confundirse: tras las proezas de los dioses primigenios, el relato mítico cuenta las de los dioses ordenadores, como Okuninushi, y luego, sin solución de continuidad, las historias de emperadores y príncipes.
Estos dos textos son las obras fundamentales del sintoísmo, porque fijan conceptos, símbolos y rituales, y legitiman el carácter sagrado de la dinastía imperial. En épocas de crisis ideológica, intelectuales, hombres de fe y gobernantes volverán la mirada a estos antiguos textos, envolviéndolos en una aureola de divinidad y releyéndolos con la esperanza utópica de poder descubrir en ellos la «pureza del espíritu japonés» y de sus «auténticos» valores, no contaminados aún por influencias extranjeras.
A finales del siglo IX, el sintoísmo se había consolidado en un coherente sistema religioso de doctrinas, mitos, prácticas, lugares de culto y organización sacerdotal. Los ritos más importantes fueron codificados y transcritos en el Jókangishiki y en el Engishiki.