La dieta del Dr. Dukan

 

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Lo divino y la pureza

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La experiencia religiosa sintoísta parte de la idea de una identidad sustancial entre lo divino y lo humano, y no existe pecado original alguno que haya roto la armonía entre ujigami, divinidades ancestrales, y ujiko, sus «hijos» terrenales. Las almas de los antepasados muertos, purificados por los ritos celebrados en su memoria, una vez trascurrido un cierto número de años se convierten a su vez en númenes que protegen la paz y el bienestar de la familia.

Los dioses (kami) son entidades sobrenaturales misteriosas y ambiguas, con poder creador y destructor, que se revelan en los elementos de la naturaleza, en los animales e incluso en los hombres, y que suscitan un sentimiento de solemnidad y de veneración, pero también de alegre serenidad. Protagonistas de los relatos mitológicos, durante siglos fueron exaltados como dioses antepasados del clan, cuyo poder y autoridad legitimaban. Amaterasu, la diosa del sol, en los textos míticos es la progenitura de la dinastía imperial; Susanowo, su hermano, dios impetuoso, sostiene la tradición sagrada del clan de Izumo; Amenokoyane es venerado por la poderosa familia Fujiwara. Así que en la configuración del panteón en el Más Allá se proyectaba la estructura social de la época, y hallaban una legitimación sagrada las relaciones de poder entre familias.

Más humildes, pero sin duda más enraizados en la fe popular, son los kunitsu-kami, dioses de la tierra: como el ta no kami, sonriente divinidad de carácter fálico, protector de los arrozales y símbolo de la fertilidad de la naturaleza; man, dios del arroz y también de la riqueza y del comercio; yama no kami, divinidad de las montañas; suijin, espíritu dragón del agua. Durante la época medieval, esas divinidades también comenzaron a ser veneradas en los ritos comunitarios como ujigami de los pueblos.

En su calidad de númenes tutelares de las casas, de los campos y de las gentes, fuerzas de la continua renovación de la vida, esos dioses se manifiestan en la naturaleza. Un antiguo bosque, una cascada, un árbol milenario, una roca, delimitados ritualmente con una cuerda de paja trenzada, constituyen un espacio sagrado y puro, donde puede percibirse la presencia de un dios. Los dioses invaden todos los aspectos de la existencia: cada uno de los kami está dotado de una fuerza, llamada tama, que puede ser tanto armoniosa, buena y serena como ruda, salvaje y violenta.

Corresponde al hombre controlar sus poderes con una acción ritual correcta y captar sus voluntades en beneficio propio. Esta misma esencia de energía está presente también en los hombres; es su «alma», que debe ser «pura».

Los conceptos de pureza y de impureza son extraordinariamente importantes. El sintoísmo no elaboró el concepto de pecado como violación de un mandamiento divino de carácter moral. Tsumi es un estado de impureza ritual que aleja al hombre de los otros hombres y de dios. El acto de purificación que devuelve la armonía no consiste en una confesión de los pecados ni prevé una conversión interior. Es un lavacro. Pero la preocupación por la pureza nunca ha estado separada de la búsqueda de la pureza interior.

El sentido religioso de la purificación tiene su fundamento en el mito de Izanami e Izanagi de la aparición de la muerte en el mundo y de la regeneración de la vida; el concepto de puro se mezcla así con el sentido de la renovación del tiempo, la valoración del instante presente en toda su intacta perfección. El confucianismo también subrayó siempre lo importante que era que el hombre «noble» se comportara con «pureza», actuara en toda ocasión de forma justa y conforme a la tradición, a fin de convertirse en un modelo ético para los demás y, por tanto, ser digno de gobernar.

En la práctica sintoísta, el acto de purificarse se convierte en una concentración silenciosa de la mente, en la búsqueda de una dimensión de claridad interior, de nitidez, de sinceridad entendida como una perfecta correspondencia, más allá del bien y del mal, entre el propio pensamiento y las posibilidades de acción. Ejerce una profunda influencia en los ideales estéticos de la tradición japonesa, poniendo el énfasis en la búsqueda de la simplicidad, de la esencialidad lineal, de la naturaleza intacta.

En la fe sintoísta hay un sentido de aceptación total de la vida de este mundo que santifica todos sus aspectos; existe una profunda adhesión espiritual a la naturaleza, un gusto por la acción, la creación, la producción, y también por el goce de los placeres corporales, basándose en la serena certeza de que espíritu y materia se hallan fundidos y en la esperanza de que se puede alcanzar la salvación aquí y ahora, en este mundo.

De ahí que la práctica religiosa cotidiana se traduzca a menudo en la búsqueda de una felicidad más inmediata, más práctica y personal, que valora ante todo los beneficios que se pueden obtener en la tierra: la salud, el bienestar económico, el éxito en el trabajo y la armonía en las relaciones sociales. La mayor parte de los movimientos sintoístas modernos tampoco distinguen nunca entre la salvación del cuerpo y la del espíritu, y tienen todos un carácter taumatúrgico y de fuerte compromiso social.

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