La dieta del Dr. Dukan

 

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Los ritos comunitarios

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El matsuri es un proceso ritual riguroso y complejo que se centra en el encuentro y en la comunión de las ofrendas entre una comunidad bien definida —un pueblo, un barrio de una ciudad— y su divinidad tutelar. La proximidad del acontecimiento viene marcada por el endurecimiento de las reglas de pureza y el mayor rigor en las prohibiciones de impureza que, en mayor o menor grado, afectan a todos los participantes y transforman la vida cotidiana del grupo. Los últimos ritos de purificación dan paso finalmente a la ceremonia. Frente al lugar más sagrado y secreto del santuario, el sacerdote lee las antiguas fórmulas rituales y ruega al dios que descienda entre los hombres. Actualmente, se cree que el kami penetra en un objeto sagrado, oculto en el lugar más recóndito y puro del templo. Antiguamente, la divinidad poseía a la miko, y en algunos matsuri aún hoy el receptáculo del dios es un niño, elegido por turno todos los años entre las familias del pueblo. Se considera que el niño, en su condición de ser liminar, está más próximo a la realidad divina y por ello es el más adecuado para actuar de mediador entre los dos mundos: revestido de los ornamentos sagrados, inmóvil y con los ojos cerrados, recibe las ofrendas de la comunidad. Consisten en arroz y sake: ofrendas sencillas, pero de enorme valor simbólico, que después son repartidas en el interior del templo y consumidas por la comunidad que se estrecha en torno a su dios. Como todas las grandes fiestas, los matsuri definen la identidad de un grupo social, sancionan sus jerarquías sociales y legitiman sacralmente el poder de ciertas familias. A menudo, el oficiante del rito, que es el único que puede aproximarse al dios y suplicarle, es el jefe del poblado, y es frecuente que intervenga a fin de que durante el banquete sagrado se planteen y resuelvan entre los cabezas de familia los problemas que afectan a la comunidad.
Pero el matsuri también es tiempo de fiesta. Competiciones, representaciones teatrales, danzas sagradas y música se suceden durante todo el día y la noche. Se trata de espectáculos muy atractivos, que en estos ritos campestres mantienen inalterada una antigua tradición secular, y mediante los que la comunidad revive la fuerza de las propias raíces culturales. En el punto culminante de la fiesta se coloca al dios sobre un palanquín y se pasea por las calles del pueblo, para que su energía benéfica sea distribuida a toda la comunidad. Es un momento de bullicio y también de peligro, porque el palanquín es muy pesado y la decena de jóvenes que lo cargan sobre sus hombros por las estrechas callejuelas están desenfadadamente ebrios. Pero esto también forma parte del simbolismo del rito: junto a los gestos controlados, solemnes y calmados de las autoridades religiosas y civiles, el matsuri contempla la posibilidad de que se produzcan actos incontrolados, alegres, violentos o provocativos, por parte de los jóvenes, como un elemento creativo de regeneración del orden.
A lo largo del año, los matsuri marcan las fases más importantes del cultivo del arroz. En los ritos de invierno, el oficiante imita en el templo los gestos propios del cultivo para establecer un pacto solemne con dios sobre el tiempo que ha de venir. En ese mismo contexto se celebran ceremonias de adivinación y ritos de iniciación de los jóvenes, y aparece de forma recurrente el simbolismo sexual y de la fertilidad, tanto de los hombres como de la naturaleza. A comienzos de la primavera, las «vírgenes del arroz» celebran el trasplante ritual de las jóvenes espigas al arrozal del templo y bendicen el inicio del cultivo. El verano cálido, gris y cargado de humedad, es en Japón el tiempo de los muertos, y los ritos sintoístas se centran en el exorcismo de los espíritus inquietos que, ávidos de vida, amenazan la existencia de los hombres y absorben la energía de las espigas de arroz. En esta tradición se inserta el bou, el rito budista más importante para las almas de los antepasados.
Con la llegada de la cosecha se celebra en otoño el rito más importante, el niina-me, fiesta de acción de gracias en la que los hombres comparten con sus dioses las primicias de la cosecha. Y precisamente cada nuevo emperador consagra su ascensión al trono mediante un antiguo y humilde niiname. El daijósai del monarca es, en realidad, un ágape celestial: se celebra durante la noche, de forma hierática y solemne y prácticamente en secreto, en dos santuarios expresamente construidos en el interior del palacio imperial. Tras un período de ayuno y abstinencia ritual, purificado por un baño lustral, el futuro soberano se viste con ropajes de seda blanca; una procesión ordenada y silenciosa le acompaña al primer templo. Solamente el monarca penetra en la estancia más oculta y sagrada. Allí prueba el nuevo arroz y el nuevo sake en comunión con el espíritu de Amaterasu, la antepasada divina. En la estancia se coloca también un «jergón de dios», en recuerdo tal vez de una antigua hieroga-mia. Poco después, repite la misma ceremonia en el otro santuario. Al acabar el rito, al alba, se ha convertido en emperador (termo).
La experiencia sintoísta se articula según esquemas de relaciones religiosas delimitadas, en el seno de diferentes «mundos» sagrados que tienen un funcionamiento autónomo. El primer auténtico núcleo religioso institucional es el ie, el clan, que tiene sus divinidades protectoras, los antepasados y los kami ancestrales, y que conserva su propia tradición ritual con una serie de ceremonias familiares. La autoridad religiosa la encarna el jefe del clan, que oficia los ritos en el lugar más importante de su casa, donde está situado el altar de los antepasados y de los dioses. El modelo «familiarista» se traslada a la experiencia religiosa del pueblo, que también dispone de sus propias divinidades, a las que el jefe del poblado les rinde un culto del que están excluidos los pueblos vecinos.
Otras instituciones, como las asociaciones de fieles de una divinidad concreta y también algunas corporaciones y organizaciones de carácter laboral, crean su propio mundo de actividad religiosa. La práctica de culto de un japonés no se desarrolla, pues, según los ritos comunitarios semanales abiertos a todos, sino según un calendario que es la suma de los distintos calendarios rituales de los ámbitos sociales y religiosos específicos en los que está inscrito. Esto ayuda a entender, más allá de la retórica nacionalista de otras épocas, el papel sacro unificador que desempeña el soberano: solitario, situado en la cúspide de la pirámide social, compendia, en los ritos a los antepasados divinos, todos los diversos mundos de culto y se convierte en el símbolo principal de la unidad del pueblo japonés.
La relación entre poder político y autoridad religiosa es un problema extraordinariamente importante en todas las sociedades. En Japón, como en China, la tendencia general ha sido establecer una armonía entre ambas esferas, de modo que la fe religiosa ha legitimado el poder político y la autoridad política ha confirmado la religiosa. Los mitos sobre el origen divino del emperador han refrendado desde la antigüedad el carácter sagrado propio de la acción de gobierno. Una sociedad jerárquica como la japonesa tradicional hallaba en último término su legitimación en la figura del soberano: base de la armonía entre el destino y la acción humana, entre el Cielo y la tierra, el emperador tenía derecho a exigir a sus subditos obediencia y lealtad, porque había recibido el mandato del Cielo a través de una línea ininterrumpida de antepasados que se remontaba hasta la diosa del sol, Amaterasu. La corte o el gobierno del shógun patrocinaron la fundación de importantes santuarios, y los sacerdotes sintoístas, por su parte, aceptaron estar subordinados al gobierno y celebrar ritos a favor de la paz y del bienestar del estado.

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