El sincretismo religioso
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La nueva doctrina budista no consiguió penetrar realmente en la cultura japonesa hasta que logró una armonía con la fe sintoísta a través de formas de sincretismo religioso. En efecto, la peculiaridad de la experiencia japonesa reside en la forma como diversas tradiciones religiosas han interactuado y se han influido recíprocamente, y especialmente en la forma como la visión sintoísta las ha interpretado, modificado y amalgamado, sin renunciar nunca a las profundas concepciones que constituyen la base de su propia y original concepción de lo sagrado. Se trata de un proceso en que prima la inclusión por encima de la exclusión, que tiende a descubrir analogías, a percibir asonancias; que acepta las contradicciones y ve en ellas la unidad oculta.
Existe además en ese país una tradición de libertad en la interpretación de la idea religiosa: la experiencia de lo sagrado es una búsqueda individual de salvación, que tiende a desvelar en uno mismo la realidad última, tanto si se trata del espíritu divino, del dao o de la condición de buda. Tal vez sea útil recordar que el término shükyó («religión») es reciente: fue acuñado en el siglo XIX para traducir el concepto occidental. El término antiguo es do, «Vía».
Ya desde comienzos del siglo VIII, en los templos budistas se rezaba a los kami, pero estos primeros monjes, neófitos de una religión milenaria de doctrina muy profunda y compleja, seguían rigurosamente las enseñanzas y, guiados por una superioridad mal disimulada, consideraban que las divinidades sintoístas eran aún seres prisioneros del ciclo de las reencarnaciones y, por lo tanto, inferiores a los buddha. Con el tiempo, los hijiri, religiosos itinerantes, y los yamabushi, los ascetas de las montañas, cuya práctica mística estaba al margen del mundo religioso oficial, comenzaron a fundir la antigua visión sagrada con los temas y rituales budistas, con las prácticas de éxtasis y las doctrinas taoístas.
Precisamente fueron ellos quienes desempeñaron un papel fundamental en el proceso de asimilación que se llevó a cabo, «oficialmente» por parte de la jerarquía monástica, durante la época Heian (794-1185), mediante la introducción, gracias a la enseñanza de Kukai, de la teoría esotérica del honjisuijaku. Su idea central es que las divinidades sintoístas son manifestaciones temporales de la esencia originaria de la condición de buda y de los grados de la mente iluminada; es decir, expresan en otro lenguaje simbólico diferentes facetas de una misma verdad última. Por consiguiente, venerar a los kami equivalía a venerar a los buddha.
Fue un cambio decisivo: el budismo se apropiaba de este modo de toda la riqueza de la espiritualidad autóctona, se enraizaba profundamente en el tejido cultural japonés, influía sobre él y, a su vez, recibía su original influencia. Se crearon dos escuelas de pensamiento. La primera floreció en la época medieval en el seno de la tradición Tendai. Tenía un carácter esotérico y sus enseñanzas, que unían de forma singular y asistemática los mitos sintoístas, las doctrinas del budismo tántrico, las tradiciones taoístas y las prácticas, yin-yang, eran transmitidas directamente de maestro a discípulo.
La otra corriente, el Ryóbushintó, fue el resultado del sincretismo en el ámbito del budismo esotérico Singhon. Dainichinyorai (Mahávairocana), el buddha supremo, la verdad absoluta del dharma, era equiparado a la diosa Amaterasu. Amitabha, el buddha misericordioso, se manifestaba en el santuario sintoísta de Ku-mano; Hachiman, antiquísimo kami del metal, venerado más tarde como dios de la guerra y como protector celestial de la poderosa familia de los Minamoto, fue venerado como hipóstasis del buddha Yakushinyorai.
Bajo la influencia del confucianismo, las concepciones sintoístas acerca de lo divino adoptaron nuevas características. En la relación hombre-kami se acentuó el elemento moral con la introducción de las nociones de honestidad, sinceridad y rectitud. Algunos pensadores hicieron una elaboración metafórica del simbolismo de algunos ritos, especialmente los de la purificación, para convertirlos en un recorrido interior de meditación en busca de un estado de sinceridad y separación de la mente para poder comunicarse con dios. Del mismo modo, la doctrina confucianista de la piedad filial se fundió con la antigua fe sintoísta en las divinidades de los antepasados de la familia, y con las prácticas budistas para la salvación de las almas de los muertos: el culto de los antepasados se convirtió así en un rasgo característico de la experiencia religiosa japonesa.