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La tradición chamánica

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El hombre puede percibir lo divino, pero no por la vía racional, sino más bien mediante un proceso intuitivo y emocional. De ahí que la literatura de inspiración sintoísta prefiera la forma poética. Pero a menudo los kami se manifiestan espontáneamente a los hombres durante el sueño o bajo la apariencia de seres misteriosos o de extraños monstruos encontrados en el bosque.

En otro tiempo, durante la celebración del rito poseían el cuerpo de una médium que, por la noche, a la luz de las antorchas, bailaba sujetando con fuerza el espejo sagrado y, girando sobre sí misma, inspirada por la divinidad transmitía la voluntad del dios. Hoy en día, la miko es una doncella del santuario que, con compostura y solemnidad, ejecuta la danza kagu-ra durante la celebración de los ritos comunitarios. Antiguamente era la chamán. Los motivos que adornan su traje, la corona dorada, el espejo y otros adminículos, el propio mito del origen de su danza y las muchas leyendas de su iniciación recuerdan la tradición de las vírgenes del templo capaces de controlar estados de éxtasis y de transmitir, en estado de trance, las palabras de seres sobrenaturales.

La elección de esa chamán se producía por designación divina, a través de sueños iniciáticos o mediante una repentina, inesperada y violenta posesión. Seguía después un período de dura ascesis bajo la guía de una maestra, de la que aprendía el repertorio de danzas, himnos sagrados, letanías y encantamientos de la tradición. Una ceremonia de celebración de esponsales con la divinidad marcaba la plenitud de su función sacra. Los primeros datos sobre las miko se encuentran en el Nihonshoki. En aquella época, la miko desempeñaba un papel muy importante en la sociedad. El dominio de las técnicas del éxtasis le otorgaba carisma religioso y autoridad política, como en el caso de la emperatriz Himiko, de quien hablan las crónicas chinas Weizhi.

A mediados del siglo VII, la influencia de la ideología confucianista y del budismo hizo que las experiencias de éxtasis se eliminaran de las ceremonias de la corte y de los grandes templos, y quedaran relegadas a celebraciones religiosas más marginales. La utilización del trance persistió en el contexto budista, especialmente en el esoterismo Shingon, pero el estatus de la miko fue declinando y su papel pasó a ser meramente pasivo, en favor del personaje que la acompañaba en el rito, un yama-bushi, que en la sesión desempeñaba la función de controlar e interpretar el mensaje divino.

No obstante, podemos hacernos una idea aproximada de lo que en otro tiempo eran las miko estudiando a las chamanes que hoy en día siguen actuando aún en las islas Ryükyü: las noro, mediadoras con el mundo de los dioses, y las yuta, que se comunican con los muertos. También en las zonas rurales del Tóhoku, en el norte de Japón, las itako, médium ciegas que representan la voz de las almas de los difuntos, continúan la tradición de las miko.

Viven en pueblos apartados, ignoradas y hasta perseguidas por la jerarquía religiosa, y no participan nunca en los ritos comunitarios. Pertenecen a un mundo religioso marginal, y conocen y dominan el lado más oscuro del imaginario religioso de la muerte: en efecto, junto a las almas pacíficas y benévolas de los antepasados, se agolpan figuras angustiosas, los fantasmas sin paz de los que han fallecido por muerte violenta, las almas olvidadas que carecen del consuelo de los ritos celebrados en su memoria, las almas en pena de los niños que no llegaron a nacer.

Se consideran almas vengativas y peligrosas, que mortifican a los vivos y son portadoras de enfermedades y muerte. Es potestad de las itako expresar sus lamentaciones, librarlas de su sufrimiento, o bien expulsarlas mediante ritos exorcistas.

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