Cuerpo físico, cuerpo cósmico
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La enseñanza transmitida por los maestros ha seguido manteniendo vivo el ideal de una vida de soledad (de «individualista» y «egoísta» la tildarán los confucianistas), de observación atenta de la naturaleza, de sus ritmos y de sus leyes, en busca de una sintonía más íntima con ella.
Se parte de la base de una intuición profunda: existe una simetría de múltiples relaciones analógicas entre la estructura y las características del universo y las del cuerpo humano. Son dos mundos especulares: el microcosmos del cuerpo tiene una total correspondencia con el universo, es su imagen fiel. Lo que en definitiva da vida a la metáfora del cuerpo-universo son una ontología y una cosmología basadas en el rigor de un sistema globalizador de correspondencias y combinaciones entre yin y yang y las Cinco Fases, y en modalidades de razonamiento de tipo correlativo.
No es que los astros influyan en el cuerpo, como ha imaginado la tradición cosmológica europea: el pensamiento chino tradicional afirma que todas las realidades del universo «exterior» tienen la misma identidad que las que componen el universo «interior» del cuerpo, simétricas en sus órdenes respectivos, que viven los mismos ritmos, unidas por relaciones de analogía.
La obra más antigua que describe la fisiología taoísta, aunque en términos enigmáticos, es el Huangtingjing. El cuerpo taoísta, a semejanza del universo, está dividido en tres partes, cada una de las cuales gravita sobre un centro, el Campo del cinabrio, donde residen las manifestaciones del Uno primordial. Vida y muerte se entrecruzan y se alternan: de hecho, en los tres Campos viven también los Tres Cadáveres, seres de naturaleza subterránea, portadores de muerte. Los cinco planetas, las cinco montañas sagradas, las cinco estaciones, etc., corresponden a los cinco órganos (hígado, corazón, bazo, pulmones y riñones), a los cinco sentimientos (rabia, placer, concentración, tristeza, miedo), etc.
De la idea de que el hombre es el cosmos en una proyección más pequeña y cerrada proceden dos vías de realización interior que los maestros nos han transmitido. La primera se caracteriza por un enfoque «objetivo» que parte del estudio del «cuerpo del cosmos» para llegar al hombre. Busca el tao en el movimiento de las estrellas, en el fluir de los ríos, en el comportamiento de los animales y en la vida de las plantas; no los siente ontológicamente distintos de sí, sino unidos por esa profunda simetría que hace que el descubrimiento de los elementos de la naturaleza se entienda como una progresiva revelación de sí mismos. De ahí parte la gran tradición científica china de la astronomía, de la ingeniería hidráulica, de la agronomía, de la medicina y de la acupuntura.
Hay también otro camino que conduce hacia la sabiduría taoísta, un recorrido «subjetivo», una vía mística. El adepto, concentrado en la meditación, realiza un recorrido de contemplación interior. Cuanto más avanza con la mente más penetra su vista en sus propias vísceras, y cada vez va adquiriendo una conciencia más clara de que su cuerpo es la imagen del universo: los ojos son el sol y la luna, los pulmones las nubes, el palacio escarlata es el corazón, un espeso y oscuro bosque marca la posición del hígado.
En los esquemas del «paisaje» interior los elementos iconográficos no son producto de una elección casual, sino que se relacionan con un conjunto coherente de significados simbólicos, que tiene sus raíces en las visiones chamánicas de los parajes paradisíacos, en los secretos procesos alquímicos y en las técnicas corporales para obtener la inmortalidad.
En este «mundo en pequeño», el árbol perenne (la columna vertebral) es la metáfora de la longevidad, de aquel axis mundi que une con sus ramas el Cielo y con sus raíces las Fuentes Amarillas (los infiernos). Desde el bosque, la visión interior alcanza la montaña sagrada, cuya estrecha base se ensancha hacia arriba como un hongo, raíz del hombre, lugar donde se guarda su espíritu vital.
Fuente de vida y de muerte: la cavidad interior remite a la imagen de una gruta, cuya boca estrecha y oculta hacia el Más Allá sólo el iniciado logra atravesar, para retroceder al inicio de la creación, para regresar al útero de la madre tierra. En el centro, en el lugar más oscuro, la contemplación interior se extiende sobre el Campo del cinabrio: lago profundo, manantial inagotable de vida y de fertilidad, es la fuente del elixir de la inmortalidad. Sus aguas puras y tranquilas hacen que se asemeje a un espejo, y por ello se convierte en el símbolo de la «Pureza del Vacío», del estado sereno de la mente que medita sobre sí misma.