La dieta del Dr. Dukan

 

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El ideal de no actuar y la búsqueda del Uno

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La Vía taoísta afirma que la realización de la sabiduría reside en la no acción. Parece paradójico, pero resulta coherente con el sistema de pensamiento. Por otra parte, el taoísmo obliga a la mente a someterse continuamente a una lógica no euclídea que, sin embargo, es rigurosamente racional. Este concepto clave ha sido interpretado de dos maneras. En un primer sentido es el reposo exaltado por Laozi (Lao Tsé), el silencio interior, la inmovilidad en la concentración mística, lo que en el Zhuangzi es el «ayuno de la mente» y enlaza con el tema del «custodiar al Uno».

Describe una actitud ideal de clausura al exterior en una meditación que preludia el despliegue del alma en el vuelo extático. En un segundo sentido es la capacidad de ensimismarse en las leyes del devenir, un humilde seguir los procesos naturales. Sentirse en paz consigo mismos y dejarse llevar espontáneamente en armonía con el tao, con la mente apartada de los afanes del mundo, tersa como un espejo. Permanecer tranquilos, avanzando en sintonía con la mudanza de las cosas, ésta es la Vía para «alimentar el espíritu».

Puesto que el tao es el mismo en la naturaleza y en el hombre, a medida que el sabio va conociendo los secretos mecanismos del cambio deja de interferir en ellos y sigue su armonía, olvidando su propio yo. No es tan necio como para querer actuar en contra de la naturaleza: la antigua sabiduría le enseña que actuaría en contra de sí mismo.

En algunos pasajes del Taodejing Laozi (Lao Tsé) recomienda al adepto que se comporte de forma que sus almas espirituales y corporales «abracen el Uno»; pero apenas dice nada acerca de los ejercicios ascéticos y las experiencias místicas a las que alude. El texto del Zhuangzi es más claro y describe los estados alterados de conciencia que llevan a la unión con el tao.

El tao no es dios, pero está cargado de significados sacros. La experiencia extática no es accesible a todos ni es una dimensión espiritual permanente, pero cuando el adepto alcanza el éxtasis se halla en comunión con todos los seres y experimenta la embriaguez de volar, vertiginosamente libre, en el espacio. En el punto máximo del movimiento está la calma. El sabio taoísta, absorto en la inmovilidad, tiene un sueño que tal vez ha obsesionado desde siempre al espíritu humano: coincidir con el todo, recuperar la unidad entre el yo y el mundo, reconstruir la no dualidad virtual de un principio. El maestro taoísta no rehuye a los hombres; puede estar al mismo tiempo «fuera del mundo» y vivir una vida normal en la sociedad.

No hay duda de que la antigua tradición chamánica influyó en el pensamiento y en la práctica taoístas. El primer capítulo del Zhuangzi se inicia con la visión del viaje extático. El tema del vuelo por los paraísos de los dioses y de los inmortales también aparece en el Chuci, colección de poesías de los siglos III y II a.C., expresión de la tradición chamánica del sur. El nombre mismo de la sacerdotisa poseída por el dios, Lingbao, adquirió una importancia crucial en la tradición taoísta.

Pero existe una diferencia fundamental: el viaje místico del maestro es sobre todo un recorrido por el interior de su mente, por su «país interior y secreto». Al chamán le corresponde la práctica, de rango inferior, de un viaje «exterior», cuyo objetivo más frecuente es exorcizar a las divinidades maléficas. Los ritos chamánicos también son considerados vulgares porque van acompañados de sacrificios sangrientos a las divinidades nefastas del mundo de la muerte.

Recientemente, en Taiwan, todavía el chamán (el «maestro cabeza roja») y el maestro taoísta participan en el rito comunitario. El chamán está poseído por las divinidades y profetiza el futuro. Pero, según la tradición, en realidad es el maestro taoísta el que, apartado y en silencio, lo dirige en el rito: él es quien guía a la divinidad para que entre en el cuerpo del chamán y lo controla con su concentración mental, como un titiritero que mueve en el escenario a un títere.


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