La dieta del Dr. Dukan

 

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Introducción

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Afirmar que «todo es cambio» es una obviedad, pero aceptarlo realmente como un postulado para explicar la naturaleza última de lo real es difícil y, en último término, desconcertante. Una gran corriente del pensamiento indio, por ejemplo, aunque basada en la idea de la naturaleza transitoria del mundo, intentó superarla y negarla identificando al Brahmán o a dios con una realidad metafísica eterna e inmutable, «más allá» del devenir. La experiencia espiritual más elevada se convierte, pues, en una huida del encanto ilusorio de la vida, origen del sufrimiento existencial, hacia una realidad «verdadera» que la trasciende (capítulo XV, 11). El taoísmo, en cambio, desarrolló con gran originalidad a lo largo de los siglos un sistema de pensamiento que situaba el principio primero y la meta última en el interior del cambio mismo, no fuera o en oposición a él. La Vía de la sabiduría taoísta no niega, sino que valora la realidad del mundo en todas sus manifestaciones: ser y devenir coinciden.
El tao es el principio inmanente a la realidad, el aliento del universo y la esencia del hombre; es el ritmo secreto de la naturaleza, la propia lógica de las incesantes transformaciones. Las tradiciones filosófico-religiosas de Asia oriental se desarrollaron manteniéndose profundamente ancladas en la idea de que la verdad última está contenida en la comprensión intuitiva de la identidad sustancial entre lo relativo y lo absoluto.
Tao es la «Vía», principio objetivo y verdad última que deben ser comprendidos y experimentados en la continua búsqueda interior. Origen de todas las cosas, el tao las preserva por medio de su poder, de, y las guía en su eterno ciclo. Pero carece de forma, de límite y de nombre. En vez de una verdad revelada, el taoísmo propone un enigma: todos conocen el tao y, sin embargo, nadie puede definirlo:
Por mucho que se esfuerce, la razón es incapaz de conocer; por mucho que se abra, la boca es incapaz de expresar. Hay algo que mueve los hilos de todo, pero nadie ve su forma. Reduce, aumenta, llena, vacía; ora ilumina, ora oscurece; con el sol renueva, con la luna transforma; se muestra incesantemente activo, aunque nadie ve su esfuerzo. La vida surge de algo, la muerte vuelve a algo, principio y fin se oponen entre sí en una sucesión que no tiene comienzo; y nadie conoce su fin (Zhuangzi, 21).
Principio del eterno devenir, el tao no puede estar encerrado en un nombre. Fundamento de la espontaneidad, no puede estar contenido en los límites de una clasificación: «El tao de nuestros conceptos no es el tao perenne. El nombre de nuestro vocabulario no es el nombre perenne» (Taodejing, 1).
El taoísmo es una tradición iniciática y por eso es difícil conocerlo a fondo. Los textos revelados han sido conservados religiosamente por los adeptos y explicados en secreto por los maestros; nunca divulgados a personas anónimas. Pero simplemente leyendo el Taodejing (mediados del siglo III a.C.) o deteniéndose en las páginas del Zhuangzi (siglos IV-II a.C.) se aprecia inmediatamente un estilo diferente en la argumentación filosófica. Las enseñanzas tienen un tono sencillo y, sin embargo, provocador. El sabio taoísta invita al recogimiento, pero juega con lo extravagante, percibe las restricciones del lenguaje y concede primacía al silencio de la meditación, ama la soledad y rechaza los honores del poder. Pero también se siente orgulloso de su propia sabiduría y desafía irónicamente las limitaciones del razonamiento común. No predica, no toma la iniciativa de convencer a los demás. Pero al que busca y pregunta le responde.
La tradición taoísta hunde sus raíces en las tinieblas de la antigüedad; aflora hacia los siglos V-IV a.C. y su influencia ya es evidente en todas las primeras escuelas filosóficas, en las primeras teorizaciones políticas y en los descubrimientos de la medicina, pero la historiografía oficial ignora sus instituciones y sus cultos. Como consecuencia del afianzamiento del confucianismo como ideología del imperio, en China se produjo una dicotomía que duraría mucho tiempo: la clase culta que dirigía el estado seguía la doctrina y la ética confucianistas, mientras que las comunidades locales manifestaban su religiosidad taoísta, humilde, siempre algo marginal pero viva, que se mantenía en las organizaciones rurales, en las fiestas comunitarias, en los textos secretos de meditación y en las prácticas corporales. Además, el individuo en el ámbito público observa un comportamiento ritual correcto y sigue las normas confucianistas, mientras que en el ámbito privado busca la vía taoísta de la libertad interior y de la inmortalidad.
En el pasado, algunos estudiosos formularon una distinción entre «taoísmo filosófico» (taojiá), que sería el «verdadero» taoísmo, nacido hacia el siglo IV a.C. con el Taodejing y el Zhuangzi, y un «taoísmo religioso» (taojiao), entendido como un conjunto de cultos y de «supersticiones», que se remontaría a los siglos II o III d.C. Los estudios más recientes han abandonado esta postura simplista y globalmente errónea: en realidad, la diferencia entre las dos «almas» del taoísmo es sólo aparente. Ya existían estructuras litúrgicas taoístas mucho antes del año 142 d.C., fecha en que aparece mencionado en los documentos oficiales el movimiento de los Maestros del Cielo. Y en aquella época se consideraba la «renovación» de una tradición. Por otra parte, todas las manifestaciones del taoísmo, tanto las de carácter más especulativo como las que ponen más énfasis en la devoción, siempre se han reconocido integrantes de una visión común. En realidad, se trata de un falso problema motivado por el prejuicio de conceder más importancia a los textos escritos, a la hora de analizar la experiencia religiosa, y no saber apreciar la riqueza de contenidos en el simbolismo de la práctica ritual.


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