La dieta del Dr. Dukan

 

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La búsqueda de la inmortalidad

Desde las primeras obras, la visión de salvación del taoísmo aparece centrada en la búsqueda de la longevidad e iluminada por el ideal de la inmortalidad, puesto que el que experimenta en sí mismo los ritmos de la naturaleza y de los ciclos cósmicos vive en perpetua renovación. La inmortalidad no se entiende como la vida eterna después de la muerte, sino como la prolongación de la existencia terrenal que se alcanza mediante técnicas psicofísicas, que enseñan al sabio a no vivir en contra de la naturaleza, sino a conocer su armonía más secreta y, una vez conocida, a realizar la perfección en sí mismo. Las prácticas han sido múltiples (gimnásticas, respiratorias, sexuales y, sobre todo, alquímicas), todas ellas destinadas a sustituir progresivamente los órganos mortales por órganos inmortales, de modo que el cuerpo mortal dé paso finalmente a un cuerpo perfecto.
El hombre comente, que no comprende el tao, es prisionero del destino y sufre pasivamente la alternancia de la vida y de la muerte. Pero el sabio taoísta conoce los mecanismos del propio universo interior y sabe controlar perfectamente su equilibrio; al mismo tiempo guarda las energías e intenta regresar a la fuente de la vida, puesto que el cambio hacia adelante se interpreta como un proceso de dispersión de energía, que conduce inexorablemente a la muerte. Cultiva en su interior ese qi que es la fuerza dinámica que impulsa el universo, presente siempre en toda realidad.
Los textos más antiguos hablan del arte de «alimentar el principio vital», que consistía en llevar una vida «pura», caracterizada por la separación, la calma y la concentración, y en cuidar de las fuerzas vitales (la respiración, la energía primordial y la esencia seminal) evitando obrar de forma desmesurada y desconsiderada y haciéndolas circular de modo equilibrado por el interior del propio cuerpo para que su actividad sea armoniosa. Las medidas dietéticas consistían en eliminar de la alimentación algunos productos, como la carne y los cereales, de los que se creía que se alimentaban los Tres Cadáveres, fuerzas negativas presentes en el cuerpo que absorbían la energía vital del hombre. Una vez privados de su alimento, debilitados, podían ser eliminados, y el hombre estaba a salvo de la muerte.
El fangzhongshu es el «arte del dormitorio». Los Maestros del Cielo se apropiaron de los antiguos ritos orgiásticos rurales, refinándolos y ahondando en su significado simbólico de regeneración del hombre y de la naturaleza. La sexualidad desprovista de sentimientos, disciplinada ritualmente, alejada de cualquier exceso pasional y contraria a la procreación se convirtió en el ideal taoísta: los adeptos debían liberar su energía sexual y a la vez controlarla reteniendo el semen, y sublimarla haciendo que la esencia ascendiera al cerebro. Tras un período de ayuno y de oración, de ejercicios respiratorios y de visiones de la divinidad del cuerpo, «unían los alientos» en un espacio sagrado que remitía a los puntos cardinales y a los trígrafos del Yijing, siguiendo los pasos y los gestos de una danza que simbólicamente se desplegaba en el cosmos. Su unión revivía la armonía que unía yin y yang, sol y luna, noche y día, cielo y tierra. Durante siglos, a pesar de las condenas budistas de las «prácticas del deseo», la unión sexual siguió siendo una de las principales vías para «alimentar el principio vital» y alcanzar la santidad. La sabiduría de estas técnicas de control de la energía interior fue recuperada y renovada por la tradición alquimista.
Las antiguas prácticas alquimistas, conocidas como waidan, «alquimia externa», estaban orientadas a la preparación de una «pildora de la longevidad», que fuera capaz de proporcionar la inmortalidad al cuerpo. La continuada especulación de los sabios taoístas orientada a descubrir las secretas analogías que rigen lo real en todas sus infinitas metamorfosis se centró en una intuición fundamental: así como la tierra en lo más recóndito de su seno mediante un lento proceso de maduración produce el oro, metal puro y raro, resplandeciente y eterno, así también el cuerpo del hombre podría llegar a ser «oro como el oro», si consiguiese reproducir en su interior el mismo proceso natural, aunque acelerándolo y purificando constantemente los agentes de transformación. La inmortalidad se planteaba, pues, como el resultado perfecto de una acción que utilizaba los elementos y las fuerzas de la naturaleza y desde el interior los purificaba, de modo que actuaran en beneficio propio.
Ge Hong (280-340 c.), letrado y alquimista, en las páginas del célebre Baopuzi nos ha dejado un testimonio fascinante de esta sabiduría iniciática, de las técnicas, de los maestros y de sus sueños. Pero el mundo de la alquimia externa sigue resul-tándonos en gran parte lejano e indescifrable: la complejidad de los experimentos está protegida por el secreto de las especulaciones sobre las analogías simbólicas de los elementos. Muchos de los minerales utilizados para los elixires alquímicos eran tóxicos, y los maestros taoístas lo sabían. Los procedimientos considerados inferiores incluían también la ingestión de drogas. Pero las drogas vegetales de los taoístas no son las mismas que son clasificadas por los botánicos: las más especiales son las zhi, hierbas milagrosas que aparecen en las montañas sólo a los iniciados.
Con el paso de los siglos, y debido además a la influencia moralizadora del confucianismo y del budismo, las prácticas sexuales se hicieron secretas, mientras que el desarrollo de la alquimia externa pasó a convertirse en una experiencia cada vez más espiritual, de meditación interior.


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