La dieta del Dr. Dukan

 

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Las divinidades

Con el paso de los siglos, la devoción taoísta fue adoptando santos locales y héroes legendarios, demonios y almas de muertos sin reposo, y reelaboró su hagiografía e iconografía, convirtiéndolos en objeto de veneración o de exorcismo y dándoles al mismo tiempo un carácter etéreo y vago. Los Maestros del Cielo consiguieron así encauzar las formas de la antigua fe y sublimar en favor suyo el fervor popular.

En el imaginario religioso chino, el mundo ultraterrenal está estructurado como el sistema de gobierno imperial, y todas las comunicaciones entre hombres, inmortales y dioses se sirven muchas veces de las fórmulas de la jerga burocrática. La tradición de los Maestros del Cielo, tan enraizada en el ámbito rural, también adoptó los esquemas jerárquicos inspirados en la burocracia Han para definir simbólicamente la naturaleza, las funciones y actuaciones de la multitud de divinidades, construyendo una especie de gobierno metafórico de emperadores celestiales, reinas, príncipes y funcionarios del tao, que mantenían la paz y la justicia en el mundo. Había inmortales y espíritus celestiales o terrenales, divinidades de los montes y de las aguas, del viento y del trueno, espíritus del campo y del hogar, etc., que constituían el símbolo sagrado de las fuerzas de la naturaleza y eran expresión de las mutaciones del tao. En la liturgia, se distinguirán con el tiempo dos tipos de ritos: los ritos puros para las divinidades y los inmortales, y los ritos impuros para los espíritus de los infiernos.

El cuerpo se concibió asimismo como un paraíso interior, poblado de dioses. La meditación del adepto debía conseguir visualizar en la parte más alta del cráneo, en el centro de la Pureza Suprema, a Taiyi, el Gran Uno, de rostro humano y cuerpo de ave fénix de cinco colores. Entre las cejas, envuelto en una nube purpúrea, reconocía a Yuanqi, el Altísimo Infinito Soplo Original: nueve son sus rostros porque es el Señor del tao. Viste ropajes tejidos con brillantes perlas y ciñe su cabeza la corona de las nueve virtudes.

Es la estrella polar. En cambio el sol, ojo izquierdo del mundo interior, es la morada del Padre del Oriente, el soplo yang de la primavera, mientras que el ojo derecho, la luna, es el reino de la Madre del Occidente, soplo original yin. El padre se llama «No-acción», la Madre, «Naturaleza»: de su unión nace el Hombre Auténtico Cinabrio del Norte, el verdadero yo. Las seis diosas que gobiernan los ríñones rodean a la diosa Madre y se encargan del destino.

En las noches de luna nueva, o en la época de los solsticios y de los equinoccios, estas Muchachas de Jade que han anotado los méritos y los fallos del hombre informan al Señor del tao. Y así, si en el país interior los órganos han funcionado bien, si los dioses que los rigen han cometido buenas acciones, si los astros y los elementos naturales que los representan han seguido su curso, entonces la vida se prolonga en el cuerpo. En cambio, cuando se ha roto la armonía de los elementos del microcosmos, los malos informes anotados en el registro se convierten en señales de la pronta llegada de la muerte.

Hacia el final de la dinastía Song (960-1279), queda fijada toda esta creatividad casi desbordante del imaginario sagrado. Las divinidades se hacen más distantes en el cielo y la devoción parece olvidar que son facetas o, como los inmortales, realizaciones del tao.

En los ritos se perfilan con una intensidad religiosa cada vez mayor tres grandes divinidades, los Tres Puros, por encima de todos los otros dioses. Encarnan el tao, la verdad última que se refleja en los tres planos del universo. Posteriormente, el dios Yuhuang Dadi (Gran Emperador Augusto de Jade) adquiere más importancia, supera la tríada celestial y es elevado al nivel supremo.


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