La dieta del Dr. Dukan

 

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Meditación y alquimia interior

Ilustrada por numerosas obras, que se remontan al siglo vil, se perfila una tradición de meditación y de prácticas de concentración silenciosa, sin imágenes, el nei-guan, que influida por el budismo tiende a recrear en la mente el vacío y la unión con el tao. Mientras que en las técnicas del Shangqing la anulación del pensamiento no era más que una fase de ruptura con el mundo que era el preludio del éxtasis y del vuelo por los espacios celestes, en el neiguan se convierte en una técnica diferenciada y se enriquece con especulaciones sobre la realidad o irrealidad del mundo, y sobre la vacuidad y el destino.

La teoría que se expone en el Neiguanjing, una de las obras más originales, es que al nacer la esencia del hombre es pura; la corrompen los sentidos, las emociones, las tensiones egoístas que la perturban y la hunden en la ignorancia. La misión de la conciencia y de la voluntad en el proceso de salvación es apartarse del deseo, regresar a la propia naturaleza original: la inmortalidad es la liberación que se adquiere a través del tao, y el tao aflora espontáneamente si la mente se ha vuelto clara.

Estas especulaciones confluyen en la tradición neidan, la «alquimia interior», que se desarrolla a partir del período Song en adelante. La nueva alquimia no pretende fabricar una sustancia, y las referencias a las prácticas del elixir tienen un valor puramente metafórico. Es, ante todo, una disciplina de autoconocimiento dirigida a conseguir una regeneración interior, una transformación radical del propio yo a través de un proceso místico de integración en el cosmos.

La búsqueda de la inmortalidad vuelve a ser una vía individual de salvación y se separa de la experiencia comunitaria de las fiestas y del culto a los santos para convertirse en prerrogativa del hombre instruido, que se refugia en su mundo privado. Se convierte en un recorrido secreto y solitario, guiado a menudo por una asidua especulación en clave simbólica del Yijing, aunque también por el estudio de la doctrina budista y de los clásicos confucianistas.

Hay una imagen que aflora frecuentemente en las páginas de la literatura china: la del sabio taoísta que pasa en soledad las noches de luna llena contemplando su jardín y contemplando tranquilamente su propio interior. Retirado en un mundo aparte, cerrado y secreto, penetra con la mente en su cuerpo, pero proyectándolo en una visión cósmica conceptualmente absoluta. «Confucio dijo entonces a Laozi (Lao Tsé): "Hace poco, Señor, vuestro cuerpo estaba inmóvil, como si os hubieseis olvidado de todas las cosas y os hubieseis alejado de los hombres, detenido en vuestra soledad". Laozi (Lao Tsé) respondió: "Estaba haciendo que mi mente vagara al Inicio de las cosas".» (Zhuangzi, 21.)

En una calma perfecta, donde las cosas no son más que la imagen reflejada de sí mismas, donde toda diferencia ha regresado a la unidad, el sabio espera el resultado de una gestación: el granito imperceptible pero luminoso de su yo inmortal.

La principal escuela de la tradición neidan fue la Quanzhen, fundada por Wang Zhe (1123-1170), que todavía sigue existiendo. En efecto, en la República Popular China, después de las penalidades de la guerra, los cambios radicales introducidos por el maoísmo y tras la revolución cultural, la tradición taoísta se debilitó y solamente las congregaciones monásticas Quanzhen fueron autorizadas oficialmente a seguir con sus prácticas.

La tradición Quanzhen predica una doctrina taoísta fuertemente imbuida de los principios del budismo Chan y de la moral confucianista, y se centra en el ideal de retornar al hombre a la simplicidad originaria, a la serenidad de la armonía con la naturaleza. Rechaza los rituales públicos, los exorcismos y los encantamientos, en favor de una vida monástica de silencio, de autodisciplina, de meditación y de rigor moral. Precisamente uniendo la reflexión del Zhuangii y la doctrina Chan sobre la relación entre palabra y verdad, los maestros Quanzhen distinguen entre la enseñanza que utiliza el lenguaje y la «transmisión a través del espíritu».

Desconfían de las palabras y de las tergiversaciones que producen cuando se toman en un sentido equivocado: los símbolos conducen a la idea pero, una vez adquirida la idea, deben ser abandonados, como una barca —y es el célebre ejemplo del Zhuangzi— que se abandona junto a la orilla tras haber pasado el vado. El problema está planteado en términos tradicionales, la innovación radica en la solución propuesta: el lenguaje es un instrumento indispensable y al mismo tiempo es un obstáculo, debe ser creado —y los maestros neidan elaboran nuevos códigos expresivos— y destruido, en un proceso continuado de afirmación y de desmentido.

El adepto debe librarse de sus hábitos mentales, de las costras cognitivas, para no dejarse llevar por los contenidos del discurso y poder hallar la verdad por sí solo, pasando por encima de esos signos provisionales e imperfectos que son las palabras. Se recupera el gusto taoísta por el razonamiento paradójico y por la ironía burlona y profana, entendida como una lúcida operación de ruptura y subversión del pensamiento convencional, en busca de una visión interior dotada de una nueva frescura. Pero por encima de todo el sabio prefiere el silencio, donde solamente puede residir el misterio: el silencio «dice» más.


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