El Yijing y la tradición adivinatoria
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Una de las muchas raípes^culturales del taoísmo fue la tradición de los fangshi, expertos en astrología y geomancia, herederos de los archiveros y escribas adivinos de la antigüedad. Poseedores del saber adivinatorio, eran los depositarios de un conocimiento secreto, transmitido de maestro a discípulo y basado en las doctrinas cosmológicas yin-yang y de las Cinco Fases. Era tal la afinidad de las concepciones y de las prácticas que con el tiempo la tradición fangsi se vertió y fundió en la comente taoísta más amplia, y muchos textos de adivinación, que transmitían las prácticas, fueron incorporados al Taozang, el canon taoísta.
El Yijing, Clásico de los cambios, nos transmite un sistema adivinatorio que se remontaría a la dinastía Zhou (1122-221 a.C). El procedimiento se basa en una serie de trígrafos dispuestos en círculo formados por la combinación de líneas continuas (yang, el comienzo, la identidad, la continuidad) y líneas discontinuas (yin, el fin, la alteridad, la diversidad). Todas las posibles combinaciones de dos trígrafos dan sesenta y cuatro hexágrafos y simbolizan la totalidad de lo real. La descripción técnica va acompañada de un texto breve y enigmático y de unos comentarios.
Los maestros siempre lo consideraron tanto un manual de adivinación como una obra cosmológica, que revelaba a los iniciados todos los mecanismos del universo. Se incluyó entre los clásicos confucianistas y en época más tardía se convirtió, gracias a la fascinación que ejercía su simbología hermética, en un texto de especulación filosófica abstracta y elevada.
Las técnicas adivinatorias chinas, propagadas por toda el Asia oriental, pueden ser reducidas en general a un mismo mecanismo lógico: el futuro puede ser descifrado en los rasgos rigurosos del Yijing o en las hendiduras producidas por el fuego en el caparazón de una tortuga, o en una escápula de ciervo, o incluso en las líneas de tensiones secretas que unen los elementos de un paisaje natural.
Esta tradición milenaria, estudiada en los gabinetes de la corte imperial o divulgada por los pueblos, ha seguido profundizando en las técnicas y aplicando sus principios hasta nuestros días, no sólo para emitir vagos juicios sobre un futuro venturoso o desdichado, sino para descubrir qué decisiones hay que tomar en el momento adecuado. Las influencias culturales recibidas desde entonces pueden haber oscurecido esta tradición, pero nunca han conseguido terminar con ella.
El framework en el que se descodifica el mensaje está constituido por un conjunto de proposiciones clasificatorias de complejidad variable. El principio del orden de los elementos del universo desempeña un papel fundamental en el seno de un sistema globalizador. La idea de analogía afecta a innumerables disposiciones, provoca ecos y reflejos en un cruce de referencias cada vez más amplío. Al final de estos cambios, la coherencia lógica parece haberse vuelto frágil, pero, incluso en esta forma más pobre, las relaciones revelan la armoniosa unidad de lo real. Microcosmos y macrocosmos coinciden: ningún acontecimiento en el sistema conceptual previsto por la adivinación aparece aislado, del mismo modo que ningún elemento es autónomo.
La Lógica de los procedimientos adivinatorios de este tipo refleja la armonía aprisionante de un sistema matemático cerrado. Los términos taxonómicos y los conceptos subyacentes se consideran inmutables (ser humano, estaciones del año, Cinco Fases), así como son inmutables las relaciones recíprocas (el yin es a la mujer, a la luna, al reposo, como el yang es al hombre, al sol, al movimiento, etc.). El sistema tiene que ser globalizante y todo debe poder ser clasificado.
El análisis del adivino es sincrónico y recalca la relación que determina la unión de los elementos entre sí. Son los paradigmas los que señalan los problemas y limitan los recursos conceptuales para resolverlos. Puesto que los postulados tradicionales en el ámbito de la adivinación no se someten a discusión y puesto que se supone que el campo de acción es omnicomprensivo, cualquier respuesta a cualquier problema no es más que un puzzle-solving en sí mismo. Es una forma de razonamiento que no presupone o no utiliza el principio de causa-efecto, sino la relación de analogía.
La adivinación de acontecimientos futuros o pasados procede de símbolos que ya los representan en el presente. La consecutio temporum queda en suspenso en favor de una relación de simetría que proyecta el tiempo en una estricta configuración espacial. La tabla adivinatoria es como un mandala en el que está reproducido el universo para ser percibido en la forma tan tentadora de un momento de intuición. Conocer el destino es descubrir un acontecimiento que ya existe, interpretar algo que ya está marcado, transcribir una historia futura que ya ha sido vivida, comprender que la salud y la felicidad venideras de un individuo dependen de las condiciones futuras que ya existen y que los adivinos son capaces de revelar.
Y habiendo conocido el juego secreto de las realidades en que vive, el sabio taoísta se adapta a ellas. Habiendo comprendido cuál es su propio destino, no va en contra de él, se somete sinceramente a él, y en este sometimiento halla su libertad más auténtica. Siguiendo el fluir de las fuerzas naturales, anulándose, encuentra su verdadero yo y un profundo sentimiento de paz.