La dieta del Dr. Dukan

 

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El cristianismo contemporáneo

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El conflicto entre la iglesia romana y la modernidad, que se había manifestado agudamente en el Syllabus de Pío IX, pareció suavizarse a finales del siglo XIX. Por un lado, León XIII daba inicio con su encíclica Rerum novarum (1891) a la corriente del catolicismo social que, considerando que el socialismo y el liberalismo eran los grandes males del mundo contemporáneo, proponía una tercera vía para solucionar las cuestiones sociales y especialmente la cuestión obrera: según esa corriente, era preciso regular todos los aspectos de la vida de la sociedad, incluidos los económicos, según las normas morales, de las que sólo la iglesia, intérprete fiel de la revelación y del derecho natural, era la auténtica depositaría. Por otro lado, el desarrollo en el mundo protestante del método histórico-crítico en las ciencias religiosas —sobre todo la exégesis bíblica y la historia eclesiástica— inducía a los estudiosos católicos a aplicarlo también en sus estudios. Con ello pretendían subrayar, igual que sus colegas protestantes, la historicidad de las formulaciones doctrinales, de las estructuras e instituciones eclesiásticas y de las relaciones de la iglesia con la sociedad. Esta última postura, interpretada como modernismo que minaba las bases de la tradición de la iglesia, fue duramente condenada por el papa Pío X en 1907 con la encíclica Pascendí, que contiene una coherente definición del fenómeno, contemplado como «síntesis de todas las herejías»: modernistas son todos los que, bajo el pretexto aparente de renovar la iglesia adaptándola a la cultura contemporánea, especialmente en el ámbito de las ciencias religiosas, se proponen en cambio el gnosticismo y el inmanentismo, destruyendo de este modo el carácter sobrenatural de la fe y del dogma en los distintos ámbitos en que operan.
Ahora bien, esta postura teológica se revela incapaz de dar cuenta de la complejidad del fenómeno. En efecto, a finales de siglo, frente a los problemas planteados por las revoluciones burguesas y por los procesos de industrialización y de modernización, emergen en la cultura católica dos respuestas diferentes. Por un lado, aparece la postura reformista, variada y articulada, impropiamente unificada por sus enemigos bajo la denominación de modernismo, que se caracteriza por la búsqueda de una vía de salida a la postura intransigente de no aceptar ningún tipo de compromiso entre tradición y mundo moderno. Los reformistas se proponen poner al día la iglesia, manteniendo su patrimonio esencial de fe, pero al mismo tiempo haciéndola capaz de transmitirlo a sus contemporáneos de forma adecuada a su lenguaje y a sus necesidades. A esta línea se opone la respuesta antimodernista: puesto que el mundo moderno demuestra ser totalmente cautivo del demonio y de sus acólitos, es preciso abrir un abismo entre él y la iglesia. Por consiguiente, para los antimodernistas la iglesia no sólo debe ser autónoma y autosuficiente —reforzando sobre todo la autoridad del clero y su jerarquización interna—, sino que cualquier intento de apertura al mundo se presenta como una traición dirigida a la destrucción del catolicismo: en realidad, no puede haber auténtica cultura ni auténticos valores morales fuera de la iglesia.
El modernismo fue, de hecho, un fenómeno europeo que afectó al catolicismo no sólo en Italia, sino también en países como Francia e Inglaterra. En Francia, Alfred Loisy (1857-1940) suscita el problema de la aplicación del método histórico-crítico a la exégesis bíblica y de la autonomía de los estudios histórico-religiosos respecto de la autoridad del magisterio, mientras que otros pensadores, como Lucien Laberthonniére (1860-1932), se oponen a la entonces dominante escolástica neoto-niista en nombre de una filosofía de la acción de inspiración personalista, y plantean la cuestión de la inmutabilidad de las fórmulas dogmáticas frente a la historicidad del lenguaje. En Italia, junto a un comente que retoma los problemas planteados por los franceses en la que destaca el sacerdote Ernesto Buonaiuti (1881-1946), se alinean grupos más preocupados por sentar las bases de una renovación política de tipo demócrata cristiano (Rómulo Murri, 1870-1944) o de señalar las vías de la reforma religiosa.Finalmente, en Inglaterra, el jesuita George Tyrrell (1861-1909) aborda la cuestión del medievalismo imperante en la iglesia católica.
En el período de entreguerras, con la aparición en la escena europea de los distintos autoritarismos de derechas y especialmente del fascismo en Italia, se produce el encuentro, en un marco no exento de contrastes, de la iglesia romana y el autoritarismo de derechas, que tiene su punto culminante en el Concordato de 1929 entre la iglesia católica y el estado fascista. En otros países como Francia el catolicismo da muestras de una gran capacidad de renovación; un ejemplo de ello lo constituyen el movimiento bíblico, favorable a una difusión de la lectura de las Escrituras y a una interpretación más cercana a los cánones críticos; el movimiento ecuménico, que tiende a una aproximación entre las confesiones cristianas; el litúrgico, orientado a permitir una participación comunitaria real de los fieles en el culto; el misionero, cuya finalidad es liberar la difusión de la fe de los tradicionales vínculos con la cultura de Occidente y con su política colonial; por último, la corriente de la nouvelle théologie que, al llamar la atención sobre las fuentes patrísticas, sitúa de nuevo el concepto de tradición en la perspectiva histórica correcta.

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