Herejía y ortodoxia
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Ortodoxia y herejía son dos términos que se exigen mutuamente. Suele decirse que una idea es ortodoxa cuando se considera que, explícita o implícitamente, se opone a otra idea o práctica considerada herética. El uso de ambos términos implica un juicio de valor, que refleja en cualquier caso el punto de vista de un grupo concreto, generalmente el más fuerte o más numeroso, que se considera a sí mismo ortodoxo y a sus adversarios heréticos.
«Ortodoxia» deriva del griego orthos, «recto», «justo», y doxa, «opinión o doctrina». A medida que las comunidades cristianas iban estructurándose guiadas por una autoridad encargada de vigilarlas, el obispo (de epískopos, «vigilante»), se va estableciendo un control tendente a distinguir entre doctrinas «rectas» y doctrinas que aparentemente no lo son (cf. Ignacio de Antioquía, Ef. 1, 1).
En las Pastorales se abre paso un concepto de ortodoxia como conjunto de ideas, garantizadas por la fe en la tradición, que considera vana verborrea las opiniones de los adversarios (cf. 2 Timoteo, 2, 14-18). Posteriormente, el significado de ortodoxia tenderá a restringirse y designará concretamente la recta interpretación de las Escrituras, que sólo los ortodoxos interpretan correctamente, mientras que los herejes las deforman.
El término «herejía» deriva del griego háiresis, «elección». El término se utilizaba en el ámbito filosófico para designar una comente, una tendencia de pensamiento, en definitiva una escuela, por tanto sin ningún significado peyorativo: este uso está atestiguado en el Nuevo Testamento (Hechos, 24, 14; 26, 5; 28, 22).
Con Pablo comienza a adquirir una connotación negativa. En Calatas, 5, 20 Pablo ofrece el retrato de una comunidad dividida en muchos «partidos», que fomentan polémicas y disputas, turbando la armonía y la paz. Cristo no puede ser dividido y, por lo tanto, no puede dar lugar a comunidades de fieles enfrentadas entre sí. A comienzos del siglo n, cuando el episcopado monárquico se afianza en Asia Menor, «herejía» acaba adoptando el significado negativo, que conservaría a través de los siglos, de opinión desviada, doctrina errónea que excluye de la comunión (el «recto camino») a quien la profesa (cf. Ignacio de Antioquía, Ef. 6, 2: Trall 6, 1).
A partir de la segunda mitad del siglo n, con la aparición de la crisis agnóstica, se irá elaborando, por obra sobre todo de Justino e Ireneo, una auténtica literatura antiherética, cuyo objetivo principal es la identificación, descripción, refutación y condena de la herejía.