La dieta del Dr. Dukan

 

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Introducción

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Origen del nombre
Con el término «cristianismo» se designa el conjunto de iglesias, comunidades, sectas y grupos, así como de ideas y concepciones, que siguen la predicación del que se considera comúnmente el fundador de esta religión, Jesús de Nazaret. A pesar de la enorme variedad histórica de creencias y prácticas, el cristianismo ha mantenido como elemento común la profesión de fe en Jesús, hijo del único Dios Señor y Creador, encarnado, muerto y resucitado, el mesías prometido y como tal el «Cristo», es decir, el «ungido» del Señor (de ahí el nombre de «cristianos» con el que muy pronto fueron distinguidos sus seguidores). El cristianismo es, como el Islam o el budismo, una religión históricamente fundada, no solamente porque tuvo su inicio en un determinado momento de la historia, sino también porque debe su origen a la acción de un fundador. Además, hay que tener en cuenta que, en la autocomprensión cristiana, desde los orígenes Jesús fue considerado fundador también en el sentido de persona que siempre está presente en la comunidad de los suyos, que funda constantemente su iglesia.
El fundador y su mensaje
El fundador del cristianismo es un profeta hebreo llamado Jesús, nacido, según nuestra forma de calcular el tiempo, en una fecha que se sitúa entre cuatro años antes y seis después del comienzo de nuestra era, en Palestina, en Belén de Judea (o en Nazaret de Galilea, según algunos críticos). Sobre su vida nos informan esencialmente los Evangelios. Perteneciente a una familia judía descendiente del rey David, llevó durante más de treinta años una existencia anónima en el pequeño pueblo de Nazaret. En los últimos tres años de su vida se separó de la familia y del pueblo para dedicarse a una forma de predicación itinerante junto con un grupo de discípulos elegidos (doce, según los Evangelios), llevando una vida de célibe y de pobreza absoluta. El «evangelio» (término griego que significa «buena nueva») anunciado por Jesús a los judíos era un mensaje de salvación del mal y del pecado y de amor a Dios y a los hombres. El reino, que Dios otorga gratuitamente a los hombres, no es de este mundo, y se opone al poder de las fuerzas maléficas que inducen al hombre al pecado. Su realización es inminente: por esto es necesario cambiar radicalmente de vida. Su predicación estuvo acompañada de acciones extraordinarias, como curaciones y exorcismos. Su preferencia por los pobres de todo tipo y su libertad frente a las instituciones le llevaron a enfrentarse con el poder religioso judío (especialmente con la clase sacerdotal) y romano (representado por el prefecto Poncio Pilatos). Desde el punto de vista judío fue condenado por blasfemia, porque se asociaba a sí mismo con el Dios de Israel, y desde el punto de vista romano por un delito de lesa majestad, ya que se le acusaba de querer sustituir al César. Tras una última cena con sus más íntimos discípulos, sufrió el suplicio de la cruz con ocasión de la celebración judía de la Pascua, probablemente en el año 30. Según sus primeros discípulos, el tercer día después de su muerte habría resucitado, demostrando con ello su origen divino; después de cuarenta días habría subido al cielo, dejándoles como ayuda y sostén en su obra misionera de difusión de su mensaje salvífico el Espíritu divino.
Fortalecidos por esta presencia y ratificados en su creencia de que el Maestro había resucitado, sus discípulos comenzaron a anunciarlo a sus hermanos judíos como el Mesías esperado, el Señor hijo de Dios. Basándose en algunos anuncios proféticos que hizo durante su vida terrena, su muerte fue reinterpretada como un sacrificio realizado por obediencia al Padre celestial y por amor hacia los hombres, a fin de restablecer entre Dios y los suyos una nueva comunión de vida. Aparece, pues, como el salvador escatológico, puesto que libera al que cree en él de la ira del juicio final. A partir de Pablo, el anuncio del Cristo de la fe y de su acción redentora en favor de la humanidad se extenderá de forma decisiva a los gentiles.
La originalidad del mensaje cristiano
Como religión históricamente fundada, el cristianismo de los orígenes está profundamente vinculado al mundo religioso en el que surge y en el que se va consolidando progresivamente, el judaísmo del Segundo Templo, del que, no obstante, se va diferenciando muy pronto por una serie de características originales y distintivas, que contribuyen a fundar su identidad, conservada a lo largo del tiempo a pesar de las innumerables escisiones y diferenciaciones históricas. Con el judaísmo tiene en común la creencia en un único Dios, Señor y Creador del cosmos; pero se diferencia de él no sólo por el hecho de haber identificado a Jesús de Nazaret como el mesías prometido, sino por haberlo considerado hijo de Dios. La afirmación de la presencia en el fundador de la naturaleza divina y humana (por lo que el hombre Jesús es capaz de resucitar, mientras que el Cristo divino se encarna en una naturaleza humana), aunque ha dado lugar a complejas controversias teológicas y cristológicas, de hecho marca una distancia clara respecto a las expectativas mesiánicas del judaísmo del tiempo de Jesús, que esperaba un mesías terrenal al que le era ajena la idea misma de la filiación divina. Además, aunque los primeros cristianos adoptaron como fuente de revelación las escrituras hebreas, consideradas por ellos testimonio del «antiguo pacto» (en griego diatheke, es decir, «testamento»; de ahí la expresión «Antiguo Testamento» para designar las escrituras del canon judío) signado entre Dios y el pueblo elegido, vieron en el mensaje de Jesús el «nuevo pacto» sellado entre Dios y el nuevo Israel, la comunidad cristiana, un pacto que se dirigía a «todos los hombres de buena voluntad» y que tenía su fundamento ya no en la observancia de la Ley, sino en el evangelio del fundador, anunciado y difundido por sus apóstoles. Vale la pena señalar un último rasgo: la superación de las leyes de la pureza. El judaísmo del tiempo de Jesús, incluso en sus corrientes más sectarias, era profundamente respetuoso con las normas de pureza y las correspondientes concepciones de lo sagrado/profano y de lo puro/impuro, que eran el origen del respeto a la Ley. Jesús, en cambio, al enseñar que «no hay nada fuera del hombre que, al entrar en él, pueda contaminarlo» (Me 7, 15; cf. capítulo 15 de Mt), sino que son las cosas que salen del hombre las que lo contaminan y que, por lo tanto, todos los alimentos son puros, incidía de lleno en uno de los puntos fundamentales del sistema de culto y legislativo judío.
En cuanto a las religiones helenísticas, el cristianismo se diferencia de ellas sobre todo por su carácter de religión histórica. El Hijo de Dios, al encarnarse en Jesús, con su pasión, muerte y resurrección representa para el creyente el acontecimiento fundamental de la historia humana, que desde la perspectiva de la fe se transforma en la historia de la salvación de la humanidad por obra del Cristo según el plan providencial del Padre. Por una parte, toda la historia anterior a este acontecimiento es interpretada por la teología de la historia cristiana como una preparación providencial a la encarnación de Cristo, que aporta la salvación; por otra parte, a partir de este acontecimiento toda la historia de la humanidad parece tender directamente a su objetivo final: la salvación de la humanidad, reunida en la fe «católica», es decir, universal, en Cristo. Por esto, a diferencia de otras religiones universales como el hinduismo o el budismo, el cristianismo se realiza en la historia y no puede dejar de realizarse en ella.

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