La dieta del Dr. Dukan

 

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La era constantiniana

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La transformación del cristianismo en religión oficial tuvo como consecuencia una estrecha conjunción entre iglesia católica y poder político, que marcó el inicio de una época comúnmente denominada era constantiniana.
Esa época se caracteriza por la formación de un estado cristiano: sus leyes civiles recogen las normas básicas morales del cristianismo y, mediante la fuerza coercitiva de la sanción penal, protegen sus reglas religiosas y eclesiásticas; al mismo tiempo, la jerarquía garantiza la subordinación a los gobernantes a través de la legitimación religiosa de los comportamientos políticos que les garantizan el consenso.

Así pues, el emperador cristiano asume en la organización eclesiástica el papel de «obispo externo», encargado de asegurar la ortodoxia y la unidad de la iglesia mediante instrumentos de organización —la convocatoria del primer Concilio ecuménico en Nicea (325) se debe precisamente a Constantino— o temporales. Y viceversa; los obispos —procedentes cada vez más, como en el caso de Ambrosio, de los mismos sectores nobiliarios de los que provenían las altas magistraturas del imperio— asumen poderes civiles.

Sin embargo, tras la pervivencia en Oriente del imperio bizantino, heredero del romano, y la fragmentación de Occidente en los reinos romano-bárbaros, se perfila un desarrollo diferente en ambas zonas: en el área de lengua griega domina una fuerte identificación entre iglesia y estado, mientras que en el área latina el papa Gelasio (492-495) defiende la unión en la distinción entre el poder temporal y el espiritual.

También como reacción al carácter mundano que va adquiriendo la iglesia a raíz del cambio promovido por Constantino nace en Egipto el monacato, primero en forma eremítica (Antonio) y más tarde, con Pacomio, adoptará formas cenobíticas. Desde Egipto se extenderá por Oriente (Siria) y luego por Occidente, donde predominará la forma cenobítica.

Entre los siglos IV y V, una vez definido dogmáticamente el problema de la naturaleza especial del monoteísmo cristiano, surgirán las controversias cristológicas sobre la naturaleza de Cristo. El problema que se plantea entonces es cómo comprender, desde un punto de vista racional, el misterio de la presencia conjunta, en una única persona, de las dos naturalezas, divina y humana.

Surgieron varias interpretaciones. Unos otorgaban primacía a la divinidad de Cristo, en detrimento de su humanidad; para otros, la humanidad de Cristo era tan diferente de su divinidad que se producía una escisión. El Concilio de Calcedonia (451) marcó los límites de la ortodoxia, afirmando que Jesucristo era verdadero Dios y verdadero hombre, de una única sustancia con el Padre en cuanto a su divinidad y de una sustancia común con los hombres en cuanto a su humanidad.

Paralelamente, se abordó la cuestión de la naturaleza del Espíritu Santo y de las relaciones entre Padre, Hijo y Espíritu Santo (cuestión trinitaria). Finalmente, esta doctrina también quedó definida en una serie de concilios, mediante la fórmula «tres personas en una única sustancia», preservando por una parte la unicidad de Dios y, por el otro, la distinción y la autonomía como «personas» de sus actividades internas. Para la iglesia de Occidente, el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo; en cambio, el Filioque es rechazado por la iglesia ortodoxa, para la que el Espíritu Santo procede del Padre «a través del Hijo».

Con la aprobación, por parte de ciento cincuenta obispos reunidos en el Concilio de Constantinopla (381), de lo que se define como credo niceno-constantinopolitano, la afirmación de la catolicidad de la iglesia —a la vez que su unidad, santidad y apostolicidad— ya no era solamente una característica proclamada por el magisterio de autorizados escritores o por el «credo» formulado por cada comunidad, sino que entraba a formar parte de la profesión formal de fe cristiana. En el siglo v en Oriente y en el siglo VIII en Occidente este símbolo fue asimilado por la liturgia, incorporándose de este modo al sentir común de los fieles.

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