Historia del gnosticismo
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La naturaleza mimética del gnosticismo hace que resulte problemático cualquier intento de reconstruir sus orígenes, aunque sea de forma hipotética. A ello se añade el hecho de que, por lo general, las fuentes originales son relatos míticos que no tienen ningún interés histórico.
Si queremos reconstruir la historia del gnosticismo y orientarnos entre las numerosas ramas y escuelas a que dio lugar, no tenemos más remedio que recurrir, observando las debidas precauciones, a las fuentes heresiológicas o a informaciones de observadores externos, también polémicas y críticas, como las que se remontan a Celso, que aparecen en el Contra Celso de Orígenes, o las relativas a la escuela de Plotino, contenidas en la Vida de Plotino, de su discípulo Porfirio.
Los heresiólogos han acordado que el iniciador del gnosticismo es Simón el Mago (Hechos, 8, 9-25), un mago denominado por sus discípulos «la gran potencia de Dios», que con su poder taumatúrgico habría seducido a las masas en Samaría. Pero hay que esperar casi un siglo para encontrar, en las noticias que de él nos transmite Justino (m. c. 165), la presencia de un auténtico mito gnóstico, que gira en torno a la redención de un Primer Pensamiento (Ennoia), convertido en prisionero del cuerpo e identificado con Elena.
No obstante, los estudiosos no se ponen de acuerdo a la hora de afirmar hasta qué punto este elaborado mito gnóstico, atestiguado a mediados del siglo II, pudo haber estado presente ya en la actuación y en la predicación del Simón de los Hechos, o si se debió más bien a la influencia posterior del valentinianismo del siglo II d.C. Tras esta controversia se oculta un problema de interpretación más general: hasta qué punto el gnosticismo, en vez de ser una religión independiente de origen no cristiano, es en realidad, tal como apuntaban los antiguos heresiólogos, una herejía cristiana.
Hasta la primera mitad del siglo II, y abandonando ya el terreno de las hipótesis, no encontramos testimonios fiables acerca de la existencia de los primeros padres del gnosticismo, que actuaban en centros como Alejandría y Roma. El primero es Basflides, que desarrolló su actividad en tiempos de los emperadores Adriano y Antonino Pío (117-161 d.C.). Vivió en Alejandría y fue autor de numerosas obras, entre las que sobresale una obra de exégesis en veinticuatro volúmenes. De esta extensa obra los heresiólogos nos han conservado algunos fragmentos, que nos proporcionan dos versiones de su sistema difíciles de conciliar.
En Roma, a mediados de siglo, desarrollan su actividad Marción y Valentino. En cuanto al primero (m. c. 154-160 d.C.), se sigue discutiendo la naturaleza de su sistema y hasta qué punto se puede incluir entre los sistemas gnósticos del siglo n. Junto a algunos rasgos que lo emparentan con los grandes sistemas contemporáneos, como el diteísmo que opone el Dios extranjero de amor, que anuncia a Jesús, al Dios justo y creador identificado con el Dios del Antiguo Testamento, se registran algunas ausencias, como una mitología o el tema del conocimiento del Sí mismo, que lo diferencian claramente del gnosticismo e inducen a considerar el sistema de Marción como una forma de paulismo radical.
En cuanto a Valentino, que vivió en Roma a mediados del siglo II, es el fundador de una escuela que, a tenor de la extensa documentación que poseemos, puede considerarse la más original e importante del gnosticismo del siglo n, caracterizada por el intento de reinterpretar los datos de la fe cristiana sobre la base de una especulación teosófica de fondo místico. De este modo, los valentinianos contribuyeron de forma decisiva a la aparición de la teología cristiana, cuyos representantes más significativos, desde Ireneo a Tertuliano, desde Clemente de Alejandría a Orígenes, elaboraron precisamente sus sistemas teológicos en abierta polémica con las especulaciones valentinianas, pero a la vez influidos por ellas.
Esta escuela se dividía en dos ramas: «anatólica» u oriental, que giraba en torno a Alejandría, e «itálica» u occidental, en torno a Roma. La primera se desarrolló no sólo en Egipto, sino también en Siria y Asia Menor: de ella proceden maestros gnósticos como Marco el Mago, que reinterpretó el sistema del maestro Valentino desde una perspectiva de arritmología esotérica, y favoreció además la instauración de prácticas de culto que son como una interpretación gnóstica de los sacramentos cristianos; y Teodoto, cuyas enseñanzas conocemos en parte a través de la obra de refutación de Clemente de Alejandría.
Entre los representantes de la segunda rama, que se desarrolló en Roma y en la Galia, se pueden incluir Tolomeo, cuyo sistema conocemos a través de la refutación hecha por Ireneo en su obra contra las herejías, y Heraclión, que escribió el primer comentario al Evangelio de Juan, conocido en parte a través de la refutación hecha más tarde por Orígenes.
El valentinianismo sigue activo todavía en la primera mitad del siglo m e incluso más tarde podemos hallar aún restos de ese sistema, pero la consolidación de la Gran Iglesia en la segunda mitad del siglo III y la aparición, a finales del mismo siglo, del maniqueísmo contribuyeron decisivamente no sólo al eclipse de esta escuela, sino también del resto de corrientes gnósticas.