Introducción
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A diferencia del monoteísmo y del politeísmo, que se definen por sus posturas antitéticas acerca de la existencia de un único dios (con exclusión de cualquier otro dios) o de un panteón jerárquicamente ordenado de varios dioses, el término «dualismo» se utiliza para designar habitualmente una serie de doctrinas diteísticas caracterizadas por la existencia, sobre todo en el plano cosmológico de la creación del mundo, de dos principios en conflicto.
En este sentido, el dualismo se sitúa, desde un punto de vista tipológico, a medio camino entre las creencias politeístas y las creencias monoteístas. En realidad, como veremos, aunque no todos los historiadores de las religiones coinciden a la hora de hablar de «religiones dualistas» y prefieren considerar el dualismo como una forma de religión que surge y se consolida en las tradiciones religiosas más diversas, las religiones dualistas que examinaremos, y especialmente el gnosticismo y el maniqueísmo, se caracterizan por haber surgido en un terreno religioso típicamente monoteísta: el del monoteísmo de la tradición judeo-cristiana.
De modo que prescindiremos aquí del problema más general del dualismo etnológico y de sus variaciones y ramificaciones para centrarnos en las religiones históricas, surgidas entre los siglos II y III de nuestra era, que acabaron imponiéndose como ejemplos propios de religiones dualistas.
Para alcanzar el objetivo que pretendemos, bastará con limitarnos a observar que el problema del dualismo en el ámbito religioso está estrechamente vinculado al problema del origen del Mal y que, por tanto, es consecuencia del cambio fundamental ocurrido en diferentes tradiciones religiosas en las que, mientras se va afirmando un creciente pesimismo cósmico y antropológico que ve en el Mal un componente esencial del orden constituido, al mismo tiempo, sobre el fondo de un cambio radical de la concepción de lo divino, se tiende a exonerar a Dios de cualquier responsabilidad relativa al origen de este Mal, entendido como una realidad sui géneris, y dotado por ello de una consistencia ontológica propia.
Desde esta perspectiva, se consideran «religiones dualistas» aquellas religiones que, aun pretendiendo a su modo preservar la trascendencia absoluta y la unicidad del principio divino, en su intento de conciliar la existencia de un Dios absolutamente bueno con la existencia de un Mal radical del que Él no es de ningún modo responsable, han recurrido a un planteamiento teológico típicamente dualista, que presupone la existencia de dos principios divinos, uno de los cuales es la causa y el origen del Mal.
Tal como hemos visto, el zoroastrismo es una religión dualista, puesto que el dualismo constituye un elemento distintivo del mensaje originario del propio Zoroastro. Otras religiones típicamente dualistas, además de las que examinaremos, son el mandeísmo y los distintos dualismos que han surgido a lo largo de la historia del cristianismo medieval, desde el bogomilismo hasta el catarismo.
Tal como se desprende de la historia de estas religiones, existen básicamente dos formas distintas de relacionar el principio del mal con el principio del bien. Por una parte, como en el caso del maniqueísmo o de ciertas formas de catarismo, nos encontramos con una forma radical de dualismo, según la cual los dos principios tienen la misma consistencia ontológica y el principio del mal coexiste ab aeterno con el del bien; en general, en estos sistemas a un período inicial de separación le sigue un período —que es la base del origen mismo del cosmos y del hombre— en el que, a consecuencia de un «incidente» inicial, generalmente provocado por las fuerzas del mal, se produce una mezcla de los dos reinos, que es el origen de la historia misma del cosmos y del hombre. El objetivo de la escatología es explicar cómo se conseguirá la derrota definitiva de las fuerzas del mal, que quedarán separadas para siempre de las fuerzas del bien.
Por otro lado, como ocurre en ciertas formas de gnosticismo, nos encontramos con una forma de dualismo moderada: en este segundo caso el origen del mal, para no amenazar la unicidad divina, se sitúa en el seno de la propia divinidad. En cualquier caso, hay que señalar que las dos formas, expresiones propias del pesimismo religioso, tienen en común un impulso optimista básico, que consiste en la convicción del triunfo definitivo de las fuerzas del bien.