Eclesiología, ética y liturgia
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Esta concepción de la historia de la salvación implica, pues, que el objetivo del transcurso del tiempo sea la liberación progresiva de las partículas de luz aprisionadas en el cosmos y en los cuerpos. Esta concepción condiciona tanto la estructura de la iglesia maniquea como su ética. La predicación y el rito, en primer lugar la penitencia, son los medios más adecuados para continuar en el tiempo presente la lucha contra el mal: la predicación representa la llamada primitiva del mundo ultraterrenal, mientras que el «hombre nuevo», que ha alcanzado el conocimiento salvador, obtiene de la penitencia la ayuda necesaria para luchar contra el «hombre viejo», que representa el estado de no redención.
La iglesia maniquea, cuyas columnas básicas las constituyen los elegidos, obligados a llevar una vida monástica, se articula en 5 estados (12 apóstoles, 72 obispos, 360 presbíteros, los «elegidos» y los «oyentes»). Los espirituales, que forman los cuatro primeros estadios y ya han alcanzado la gnosis, reciben ayuda material de los oyentes o «catecúmenos», que, aunque siguen viviendo en el mundo, observan un comportamiento religioso adecuado y tienen la posibilidad, tras un renacimiento, de acceder al estado de «elegidos» y de llegar a la redención.
La ética maniquea se resume en los «tres sellos»: los sellos de la boca, de las manos y del corazón; efectivamente, hay que sellar las puertas de los sentidos contra el mal, para impedirle que contamine la palabra, la acción y hasta los sentidos. Esos sellos reciben interpretaciones distintas según las dos categorías que componen la iglesia maniquea. A los elegidos se les impone la continencia total, con prohibición de cualquier contacto sexual. Además, mediante formas severas de ayuno, están en disposición de dominar a los arcontes que anidan en su cuerpo. El sello de la boca impide todas las palabras nocivas: blasfemia, mentira, celos, cólera; en efecto, la boca del elegido está destinada a proclamar la palabra de salvación.
Además de la prohibición de carne, sangre, vino y alcohol, existe la obligación del ayuno, interrumpido tan sólo por dos comidas diarias vegetarianas. Este aspecto del ayuno está relacionado con el deber de salvación cósmica que tienen los elegidos. En efecto, gracias a las frutas y verduras preparadas por los oyentes, una partícula del alma viviente penetra en el estómago del elegido, y allí es purificada, santificada, lavada y separada de la materia. Para no herir a Jesús patibilis, los elegidos no cogen frutos de los árboles, no arrancan ninguna planta ni tampoco, al igual que los monjes budistas, caminan sobre la vegetación.
El catecúmeno, por su parte, a través del ayuno limitado al domingo, se esfuerza por dominar a los arcontes del cuerpo: es el sello del vientre. Mediante la oración que reza varias veces al día vuelto hacia el sol y la luna, anuncia y proclama a su modo la salvación: en esto consiste su participación en el sello de la boca. El tercer sello, el de las manos, les impone una auténtica disciplina frente a la cruz de luz en la preparación de la comida de los elegidos.
En efecto, teniendo en cuenta las restricciones impuestas a los elegidos, les resulta imposible procurarse el alimento diario por sí mismos, y son los oyentes quienes se encargan de ello. De este modo, las comidas que preparan constituyen también una forma de colaborar directamente a la salvación cósmica. El sello de las manos exige que se limiten a lo estrictamente necesario en la recogida de frutas y verduras. Además. Cuando llega el momento de confesarse a los elegidos, los oyentes deben acusarse de todos los pecados cometidos respecto a la cruz de luz.
La fiesta maniquea más importante era la del Berna, una fiesta pascual que se celebraba anualmente a finales de febrero o principios de marzo, al término de un ayuno riguroso. La palabra, que hace referencia a la tribuna del orador o al asiento del juez, designa en primer lugar el podio de cinco escalones, ricamente adornado y erigido en el centro de la sala donde se celebraba la fiesta, y luego, por extensión, acabó designando tanto la asamblea en fiesta como la solemnidad misma o el día de su celebración.
Los cinco escalones del palco simbolizan las cinco grandezas del Reino, las cinco emanaciones del Padre, las cinco misiones de salvación, las cinco etapas de la liberación de la luz. Estos escalones son el símbolo de la vía de libera ción que toda alma está invitada a recorrer, y constituyen la escalera de acceso al Reino. En lo alto del podio se erigía majestuosa la gran estatua de Manes, que presidía las escrituras sagradas redactadas por él mismo.
Berna es ante todo el día del perdón de los pecados, instituido por el propio Manes. En este día, sus discípulos se reunían con las manos repletas de ayunos, oraciones y limosnas del año, condición previa para el perdón de los pecados. Todos estos méritos se presentaban a Manes, simbólicamente sentado en el trono. Después, la asamblea confesaba sus pecados. Durante el año, la confesión personal de los maniqueos era obligatoria para los elegidos y los catecúmenos; la confesión pública hecha por la asamblea el día de la fiesta revestía, no obstante, un significado especial y era el signo del perdón.
La fiesta celebraba, en segundo lugar, el recuerdo de la pasión del fundador, presentada como una crucifixión. Los himnos entonados por la asamblea no cesaban de recordar sus detalles: la oposición de los sacerdotes mazdeístas, la crueldad de los verdugos, semejantes a los asesinos de Jesús, el odio de los adversarios y el sufrimiento de Manes. Sin embargo, como en la Pascua cristiana, también era el día de la esperanza, de la celebración del triunfo de Manes sobre la muerte, que resucitó y regresó al Reino.