El islam moderno
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En la época moderna, el Islam ha tenido que enfrentarse a un amplio abanico de fuerzas, externas e internas, que han cuestionado su identidad, a veces de forma radical. En el exterior, ha sido decisivo el contacto con Occidente y con sus fuerzas políticas, sociales y culturales: en efecto, gran parte del mundo islámico, desde el norte de África hasta Indonesia, ha estado bajo el dominio colonial europeo. Con el nacimiento del nacionalismo islámico y la creación de estados independientes surgió una lucha endémica por el predominio entre las distintas ramas del Islamismo, algunas de las cuales propugnaban la creación de estados laicos según el modelo occidental, dotados de leyes no inspiradas en el Corán, mientras que otras deseaban restaurar un cierto tipo de estado islámico en el que pudiese recuperarse la tradicional vida islámica no contaminada por el corrosivo contacto con la modernidad occidental. También hay que recordar la importancia que en el siglo XX ha tenido, en muchos países islámicos, el contacto con el socialismo, tanto marxista como no marxista. La respuesta musulmana a estas fuerzas ha sido muy variada y ha generado movimientos Y posturas diversificados.
La primera reforma revivalista
A los primeros siglos que, como hemos visto, supusieron el momento cumbre del desarrollo de la civilización musulmana, siguió un largo período de estancamiento cultural y de rigidez doctrinal, que se prolongó hasta el siglo XVIII de nuestra era, con una evolución de signo opuesto a la occidental.
Los primeros impulsos de una nueva vida llegaron, entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, en forma de movimientos reformistas revivalistas, que surgieron en Arabia, India y algunas zonas de África. Uno de los primeros y más influyentes movimientos nació en Arabia central gracias a los incansables esfuerzos de Muhammad ibn Abd-al-Wahhab (m. 1729), que deseaba purificar el Islam de las influencias extranjeras. Estaba convencido de que los musulmanes debían regresar a las sencillas creencias y prácticas del tiempo de Mahoma. Sus seguidores, los wahhabíes, se distinguen por su aspiración a un Islam puro y marcado por una interpretación literal del Corán. Los wahhabíes se inspiraron en la escuela hanbalí y la elevaron a una posición preeminente. Además unieron sus fuerzas con las de la familia de los Su'ud, quienes, partiendo de su capital en Riad, en Arabia central, conquistaron y «purificaron» la Meca en 1806 y siguieron expandiéndose hasta 1818. A comienzos del siglo XX, su poder fue restablecido en Arabia central y en 1932 se fundó el reino de Arabia Saudita. Desde entonces, las creencias y prácticas wahhabíes han gozado de la aprobación oficial en toda Arabia, incluidas las ciudades santas de Medina y de la Meca, y han influido a los musulmanes de todo el mundo, especialmente en las áreas en vías de desarrollo. Los wahhabíes sostienen que visitar los sepulcros de quienes son considerados santos o buscar su intercesión es una práctica politeísta. Son contrarios a la celebración del «día del nacimiento del Profeta», una fiesta muy celebrada en todo el mundo musulmán. Consideran que es un error interpretar el Corán de forma alegórica o aceptar como verdad algo que no esté confirmado por el texto sagrado, por los hadiz canónicos o por un razonamiento convincente. Además, desaprueban ciertas innovaciones occidentales como el cine, el tabaco y el baile, hasta el punto de que son denominados los puritanos del Islam.
En la India el movimiento de reforma se inició ya en el siglo XVII. Tras un período de enorme popularidad e influencia del sufismo, que promovió conversiones en masa del hinduismo al Islam, los musulmanes ortodoxos hallaron un representante autorizado en Ahman Sirhindi (m. 1625), que combatió el monismo filosófico de los sufíes más radicales, pero conservó algunas concepciones y técnicas sufíes, integrándolas en un sistema que destacaba los valores tradicionales y el carácter central de la ley islámica. Sus reformas fueron abrazadas más tarde y reforzadas por Aurangzeb (m. 1707), el líder musulmán que defendió incansablemente la ortodoxia sunní en la India. Medio siglo más tarde, el Islam indio tuvo un nuevo líder intelectual en la figura de WalT-Allah de Delhi (m. 1762), quien, al igual que sus contemporáneos wahhabíes en Arabia, pretendía «purificar» el Islam de las creencias y prácticas ajenas que entretanto se habían ido infiltrando y devolverle su rostro primitivo. Su sistema estaba basado en la justicia social y económica. Un discípulo suyo, Sayyd Ahmad de Bareli, transformó esta reforma intelectual en una auténtica «guerra santa». En efecto, tras haber regresado de una peregrinación a la Meca, organizó un ejército y arrebató a los sijs gran parte del territorio noroccidental de la India. El dominio musulmán en la India prosiguió hasta 1858, cuando el gran imperio mongol fue conquistado por los británicos.
En el siglo XIX aparecieron muchos movimientos reformistas en África. Como había ocurrido en la India, estos movimientos conjugaban la aspiración a retornar a las enseñanzas sencillas del Corán con el uso de métodos sufíes de organización y de propagación de las ideas. La orden de los idrisíes, fundada por Ahmad ibn Idrisi (m. 1837), rechazó la idea sufí de unión con Dios y propuso en su lugar la unión con el espíritu de Mahoma como único fin legítimo del misticismo islámico. El fundador de este movimiento no sólo fue un sufí practicante, sino también un especialista en leyes islámicas. Al igual que los wahhabíes, rechazó el concepto clásico de «consenso» y lo sustituyó por el derecho a tener una opinión individual. De la orden de los idrisíes nacieron otras órdenes independientes, entre las que destaca la sanusiyya, fundada en 1837 por el discípulo argelino de Idris, Muhammad 'Alí al-Sanusi (m. 1859), que instituyó un ritual propio de tipo sufí y organizó más de veinte centros o «células», sobre todo en el norte de África. Tal como hiciera su maestro, él también proclamó el derecho a la «guerra santa» y dictó disposiciones legales para sus seguidores, tanto en el ámbito económico como social. La orden sanusiyya estableció un programa de reformas sociales que afectaba incluso a la actividad política. Participó activamente en los movimientos panislámicos y anticoloniales y desempeñó un papel importante en la liberación de Libia del dominio colonial italiano. Cuando en 1951 se fundó el reino de Libia (que duraría hasta 1969), el jefe de la orden sanusiyya se convirtió en Idris I, el primer rey de la nueva nación.
Estos movimientos reformistas tienen en común la exigencia de restaurar el Islam de los orígenes despojándolo de los desarrollos culturales posteriores, el consiguiente rechazo de la idea de que el «verdadero» Islam fue el del período medieval, la no aceptación del «consenso» y de las nuevas ideas de importación occidental y, por último, una propensión a extender la reforma revivalista mediante la fuerza de las armas.