Perfil histórico
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El Islam data de los últimos diez años de la vida del profeta Mahoma (m. 632). Nacido en torno al año 570, Mahoma se quedó huérfano de niño y fue criado por el abuelo y después por un tío, Abü Talib. A los veinticinco años aproximadamente consiguió una seguridad económica gracias a su matrimonio con Khadlja, una viuda rica. Más tarde, cuando tenía unos cuarenta años, comenzó a tener visiones y a recibir revelaciones, que anunció públicamente por las calles de la Meca, su ciudad natal y centro comercial y de peregrinación religiosa de Arabia occidental. Temiendo las repercusiones económicas de la predicación monoteísta de Mahoma en contra de las divinidades honradas por los peregrinos del santuario central de la Meca, la Ka'ba, los poderosos de la ciudad le persiguieron a él y a sus seguidores y boicotearon económicamente a su clan. Este boicot hizo que surgiera una oposición en el seno mismo del clan y, a la muerte de Abü Talib, hacia el año 620, Mahoma perdió la protección de su familia y tuvo que buscar refugio en otra parte. Finalmente, llegó a un acuerdo con las autoridades de Yatrib, un asentamiento agrícola a unos 445 km. al norte de la Meca, y en el año 622 junto con sus seguidores realizó la higra (égira, «migración») a esta nueva sede, que fue llamada Medina (de madinat al-nabi, «la ciudad del Profeta»). Allí, en el breve período de diez años, el líder religioso de un pequeño grupo de emigrantes se convirtió en el jefe político de todo el centro y oeste de Arabia. Un cambio decisivo supuso la victoria militar conseguida en Badr en el 624 sobre un ejército más numeroso procedente de la Meca, a la que siguió una victoria diplomática en el 628 y una pacífica rendición de la Meca a Mahoma en el 630.
Tras la muerte del Profeta, la dirección espiritual y política de la mayoría de musulmanes fue asumida por una serie de califas o de «representantes» de Mahoma, que asumieron todos sus poderes en el gobierno del Islam excepto los proféticos. En la década que siguió a la muerte de Mahoma, los árabes, dirigidos por el segundo califa 'Umar (m. 644), se hicieron con el control de Egipto, Palestina, Siria, Mesopotamia y el corazón del antiguo Irán. Durante el reinado del tercer califa, Utmán (m. 656), el imperio árabe se extendió por el oeste hasta Trípoli, por el norte hasta
las montañas del Taurus y del Cáucaso y por el este hasta los actuales Pakistán y Afganistán. A la muerte del cuarto califa, 'All (m. 661), primo y yerno de Mahoma, la comunidad musulmana se dividió, y una mayoría (llamada más tarde sunní) siguió a la dinastía de los omeyas (661-750) y después a la de los abasíes (750-1258). En el 711 los árabes penetraron en España procedentes del norte de África, y también en el subcontinente indio, a través del río Indo. El momento de máxima expansión en Europa está marcado por la derrota del año 732 a manos de Carlos Martel: los árabes se vieron obligados a retirarse de Francia, pero todavía permanecieron en España durante siete siglos y medio. En Oriente, el imperio omeya se expandió hacia el norte hasta el Mar de Aral, mientras que por el este llegó a abarcar casi todo el territorio de los actuales Pakistán y Afganistán. Durante el califato de los abasíes, que tenían su capital en Bagdad, la extensión de los territorios islámicos por Occidente se mantuvo en las mismas fronteras que en el período anterior, mientras que por el este los musulmanes se apoderaron del norte de la India y del área del golfo de Bengala. Muy pronto, este inmenso territorio, que se extendía desde los Pirineos hasta el actual Bangladesh, se dividió en territorios independientes, gobernados durante siglos por los sucesores de las dinastías islámicas, mientras que el dominio de los abasíes se redujo finalmente al territorio que corresponde al actual Irak.
En la España musulmana, los omeyas españoles se mantuvieron en el poder desde 756 hasta 1031, mientras que numerosas dinastías islámicas, incluidas las de los almorávides y de los almohades del norte de África, gobernaron una España musulmana cada vez más decadente durante el período de la Reconquista cristiana, que culminó con la caída de Granada en 1492, fecha en que muchos musulmanes (y también judíos) se vieron obligados a abandonar definitivamente España.
Los turcos otomanos, cuyos jefes (llamados sultanes) adoptaron el título de califas, invadieron en el siglo XIV Europa oriental a través de Anatolia y conquistaron rápidamente casi toda la zona de los Balcanes. En los dos siglos siguientes, su imperio fue rodeando gradualmente el Mar Negro y se expandió, por el noroeste casi hasta las puertas de Viena y por el noreste casi hasta Kíev, mientras que por el sur llegó a dominar Egipto, el norte de África y el área de la Medialuna fértil. Durante el siglo XIX, los otomanos perdieron la mayor parte de sus dominios en Europa y en el norte de África. En Oriente, los musulmanes moghül (mongoles) controlaban prácticamente, desde finales del siglo XVII, todo el subcontinente indio, además de los territorios que corresponden actualmente a Pakistán, Afganistán, Cachemira y Bangladesh. Pero durante los siglos XVIII y XIX perdieron gradualmente el control de los territorios más alejados y, por último, también el del norte de la India. El último emperador mongol fue depuesto por los británicos en 1858. De este modo los árabes fueron expulsados de Europa occidental, los turcos de casi toda la Europa oriental y los mongoles de la India.
Hay que tener en cuenta que la religión islámica no se difundió con la misma rapidez con que se había producido la expansión política y militar de los imperios gobernados por los árabes y por otros musulmanes. Las regiones donde los gobernantes y la mayoría de la población abrazaron la fe musulmana fueron denominadas Dár-al-islám, «la casa del Islam». Finalmente, la gran mayoría de las poblaciones del norte de África, del área de la Medialuna fértil y de Anatolia, que profesaban distintas formas de cristianismo, se convirtieron al Islam, así como gran parte de los zoroastrianos del Irán, a diferencia de los judíos, que se adhirieron a la nueva fe en número muy reducido. Desde la época de los abasíes, el Islam ha proseguido su expansión hacia Oriente (principalmente de forma pacífica, a base de misiones) hasta llegar a zonas de China y del sureste asiático, especialmente Malaisia e Indonesia, donde actualmente gran parte de la población es musulmana, y una amplia franja del África septentrional subsahariana, donde el Islam sigue logrando adeptos gracias al hecho de no ser identificado, en una época poscolonial, con las potencias coloniales.
Hoy en día los musulmanes están presentes en todas las razas y en todas las culturas, pero la gran mayoría vive en una franja del globo casi ininterrumpida que se extiende desde las costas atlánticas del norte y oeste de África hasta Indonesia. La comunidad musulmana más numerosa es la del subcontinente indio (sobre todo en Pakistán, India y Bangladesh), constituida por unos 225 millones de fieles. Más de 135 millones viven en el sureste asiático y en Indonesia; unos 120 millones aproximadamente en los países árabes de Oriente Próximo y del norte de África, y cerca de 90 millones en los países no árabes de Oriente Medio (Turquía, Irán y Afganistán). En otras áreas se calcula que 95 millones de musulmanes viven en el África
subsahariana, 70 en la antigua Unión Soviética y en China y unos 7 en Europa. Los musulmanes chiítas suman casi un tercio de toda la población musulmana del mundo, que se calcula en más de 700 millones (es decir, casi un sexto de la población mundial).