La sunna y la ley
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Tanto el término sunna como el concepto de «tradición» que encierra pertenecían a la lengua y a la civilización de los árabes anteriores a la llegada del Islam: designaban los hábitos, usos y costumbres propios de los antiguos y, como las patrioi nomoi de los griegos o las mores maiorum de los romanos, constituían el patrimonio y los valores básicos compartidos por todos.
Con la llegada del Islam el término adquirió progresivamente un significado más específico. En el Corán el término indica esencialmente el comportamiento de Dios con los pueblos a los que, a lo largo de los siglos, envió sus propios profetas y mensajeros. Después el término se especializó y pasó a significar ante todo las costumbres del Profeta y de sus primeros compañeros, que con el tiempo asumirían un valor normativo cada vez mayor.
De hecho, el Corán no trata de forma sistemática y detallada ni las doctrinas ni los preceptos de la religión, sino que se limita a enunciados de carácter general. Además, tan sólo una parte reducida de sus versículos tiene un carácter jurídico explícito. Tampoco las suras que se remontan al período de Medina, aunque en algunas partes tratan en forma analítica de cuestiones prácticas, contienen todas las prescripciones fundamentales relativas a materias de gran importancia, como son las formas de los principales actos de culto: la oración, el ayuno y la peregrinación,
La fuente de imitación que muy pronto se impuso casi inevitablemente fue la propia vida del Profeta. El Corán mismo afirma: «Tenéis, en el mensajero de Dios, un buen ejemplo, para quien espere en Dios y en el Último Día y mencione mucho a Dios» (XXXII, 21). De modo que muy pronto la figura de Mahoma se tomó como modelo y sus enseñanzas, actos e incluso sus silencios se convirtieron en precedentes sobre los que basar la legitimidad de la conducta de los musulmanes en las situaciones más variadas.
Los hadiz, los relatos que reproducen los dichos y hechos del Profeta destinados a asumir un valor ejemplar, constituyen una especie de memoria colectiva mediante la que la primera generación de creyentes confió a las generaciones sucesivas el recuerdo y la herencia de la edad de oro de los orígenes. Como sucede a menudo en este tipo de tradiciones confiadas a la memoria oral, la tendencia a idealizar la figura del Profeta, unida al deseo personal de distinguirse con méritos y curiosidades, llevó a introducir adiciones y alteraciones en los materiales originales.
A pesar de que inicialmente se transmitían por vía oral, muy pronto se fueron formando pequeñas colecciones escritas para uso privado, que respondían a necesidades opuestas. De hecho, junto a los relatos que proporcionaban mayores detalles sobre los episodios menos conocidos de la existencia de Mahoma y sobre su personalidad, las anécdotas de carácter normativo y doctrinal, además de colmar las lagunas de las disposiciones coránicas, también tenían a menudo la finalidad de dar respuesta a cuestiones nuevas y no solamente o prioritariamente de mantener y conservar comportamientos y concepciones tradicionales. Para gobernar un imperio que iba asumiendo dimensiones cada vez mayores y que no podía hallar en la revelación coránica todas las respuestas a las nuevas necesidades que surgían, los musulmanes buscaron en el comportamiento del Profeta la inspiración para adecuar la conducta a las distintas circunstancias o para confirmar los hábitos adoptados en las provincias de nueva adquisición, ya fuera por razones de tipo práctico o por influencia de las costumbres locales.
Como ocurre con las religiones legalistas, en las que la revelación de Dios tiende a afectar y a regular los aspectos más diversos de la vida práctica, la «tradición» que confluyó en la sunna afectó a la totalidad de la vida del creyente, empezando por sus prácticas de culto. En efecto, la sunna regula los distintos actos de la vida de culto. En ella se especifican las modalidades de las abluciones y, de forma más genérica, todo cuanto se relaciona con la pureza ritual, requisito fundamental para que los preceptos sean cumplidos de manera válida. Se dedica mucho espacio a la oración, cuyas formas y momentos están expuestos con todo detalle. También se exponen minuciosamente las disposiciones referentes a las limosnas: se destaca su valor moral y espiritual, pero como en realidad se trata de un auténtico impuesto, se especifican con detalle los bienes que están sometidos a ella y los porcentajes que corresponden a cada uno de los bienes. También los complejos ritos de la peregrinación, así como las cuestiones referentes al ayuno ritual, están expuestos en la sunna de forma sistemática.
Junto a los actos de culto, y efectuando un cambio brusco que no debe sorprender si se tiene en cuenta el carácter omnicomprensivo de la revelación coránica, hallamos las reglas que se refieren a los actos más insignificantes y aparentemente secundarios de la vida cotidiana, como la compraventa, la venta con depósito previo, el alquiler o arrendamiento, la representación, la fianza, los poderes, el contrato de siembra, el contrato de riego, el requerimiento de un préstamo, el pago de deudas, la interdicción y la insolvencia, el castigo de las ofensas, el préstamo, las donaciones, las transacciones, los testamentos, el botín, la capitación, etc.: un conjunto de normas que nos recuerda hasta qué punto el derecho islámico o shári'a ignora, dado su carácter y naturaleza, nuestra distinción entre lo sagrado y lo profano.