La dieta del Dr. Dukan

 

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Los reinos de Israel y de Judá (siglos X-VI a.C.)
La Biblia constituye la principal fuente para la reconstrucción de la historia y de las estructuras del antiguo Israel. Esta historia está envuelta en el mito y la leyenda hasta la constitución de la monarquía davídica, a comienzos del siglo x a.C., cuando las tribus de arameos nómadas, que en los dos siglos anteriores se habían establecido en la región de Canaán (así aparece definida en la Biblia la actual Palestina), se reunieron en un único reino, de David primero (c. 1000-961 a.C.) y de Salomón después (c. 961-922 a.C.), con capital en Jerusalén. Especialmente significativo para el posterior desarrollo de Israel y del judaísmo fue el traslado de la capital a Jerusalén, que hasta entonces estaba habitada por los cananeos. David la conquistó y su hijo, Salomón, erigió allí un templo, que se fue convirtiendo en el centro y el símbolo de los israelitas y de su religión.
A la muerte de Salomón se formaron dos reinos: el reino de Israel al norte, con capital en Samaría, y el reino de Judá al sur, con capital en Jerusalén. En los siglos siguientes, las grandes potencias de Oriente Próximo lucharon alternativamente por el dominio de estos dos pequeños estados. Israel conservó su propia autonomía hasta el año 721 a.C., cuando Samaría fue conquistada por los asirios y se convirtió en una provincia de su imperio. Judá, en cambio, fue autónoma hasta el 587-586, cuando Jerusalén fue conquistada por el babilonio Nabucodonosor y el rey y la clase dirigente fueron deportados a Babilonia.
El «exilio babilonio» supuso una ruptura decisiva en la historia hebrea. Con la desaparición del reino de Judá acababa, tras cuatro siglos, el dominio de la casa de David y con ello la autonomía política del pueblo hebreo que, a partir de entonces y salvo breves excepciones, vivirá siempre sometido al dominio extranjero incluso en su propia patria: el recuerdo de la monarquía de David, imbuido de tintes míticos, se transformará en la espera de su posible restauración, considerada más o menos inminente. Además, se había iniciado el proceso de la diáspora (del griego diáspora, «diseminación»), que caracterizaría a partir de entonces la milenaria historia del judaísmo: mientras que una parte de los hebreos seguía viviendo en la tierra de Israel, otra parte, cada vez mayor, vivía en la diáspora. Por último, la época del exilio babilonio coincidió con el comienzo de la recogida y consolidación, continuada en la época helenística, de las tradiciones religiosas israelitas, proceso que es el origen de la redacción de muchos libros bíblicos, y, en consecuencia, reflejan de formas diferentes la visión de los acontecimientos propia del judaísmo posterior al exilio.
El judaísmo del Segundo Templo (538 o 515 a.C.-70 d.C.)
Como consecuencia del edicto promulgado en el año 538 por Ciro, rey de los persas, bajo cuya esfera de influencia se encontraban por entonces los judíos, una parte de los exiliados en Babilonia decidió regresar a Judá para reconstruir el templo, que fue inaugurado en el año 515 a.C. El culto y los sacrificios se convirtieron en actividades fundamentales; de ahí que la clase sacerdotal tuviera que desempeñar la función de guía que en el período monárquico había sido desempeñada por los reyes, de acuerdo con los profetas, aunque muchas veces discrepando de ellos.
Cuando Alejandro Magno conquistó Oriente Próximo (332 a.C.), Judea estuvo primero bajo el dominio de los Tolomeos de Egipto (323-198 a.C.), y después bajo el de los seléucidas de Siria (198-142 a.C.). El contacto con la civilización helenística (capítulo VIII, 1) influyó profundamente en la clase dirigente judía. Surgieron tensiones y conflictos que alcanzaron su punto culminante durante el reinado de Antíoco IV Epífanes (175-164 a.C.), que, mientras estaba en guerra con el Egipto de los Tolomeos, apoyaba en Judea a un partido helenizante, asignándole el sumo sacerdocio, el cargo político-religioso más importante. Este proceso de helenización culminó con la introducción por la fuerza del culto helenístico en el templo de Jerusalén, que para muchos judíos fue como la «abominación de la desolación». La revuelta que esto ocasionó, dirigida por los macabeos, concluyó en el año 142 a.C. con la reconquista de la autonomía política por obra de Simón Macabeo, que reunió en su persona los cargos de sumo sacerdote y de rey. Con Simón Macabeo se inaugura la monarquía de los asmoneos, que conservó una relativa autonomía hasta el año 6 d.C., cuando Judea pasó a estar directamente gobernada por un procurador romano.
Durante este período turbulento nace un judaísmo muy diversificado, acentuación de una tendencia que parece remontarse al período macabeo. Las fuentes dan testimonio de la existencia de corrientes bastante distintas tanto en su ideología religiosa como en sus relaciones con Jerusalén, el templo y el culto oficial que allí se practicaba, que era de naturaleza sacrificial. Los dos grupos que a menudo aparecen mencionados juntos, incluso en el Nuevo Testamento, son los saduceos y los fariseos. Los primeros formaban un partido sacerdotal aristocrático y conservador, cuya orientación ideológica resulta, por otra parte, poco clara. Los fariseos, en cambio, estaban representados por hombres doctos laicos, los llamados escribas, que defendían la primacía de la Torá, especialmente de sus normas de pureza ritual: una primacía que se prolongaría en el rabinismo posterior. Otro grupo importante era el de los esenios, que los estudiosos de hoy en día coinciden generalmente en identificar con la secta de Qumran, localidad situada a orillas del Mar Muerto, donde a partir de 1948 se han encontrado importantes manuscritos. Los esenios se mantenían apartados de la mayoría de los judíos de Jerusalén y, por lo tanto, no participaban en el culto del templo, que consideraban contaminado; observaban unas normas de pureza extraordinariamente rígidas, relacionadas con una intensa espera escatológica, parecidas a las que existían en otros movimientos apocalípticos de tendencia escatológica. El cristianismo primitivo también debe ser situado e interpretado desde esta perspectiva: junto con el fariseísmo, es el único «partido» del judaísmo importante en nuestra era que sobrevivió al desastre del año 70.
Efectivamente, en el año 70 d.C., los ejércitos romanos al mando de Tito invadieron Jerusalén, con objeto de acabar con las continuas rebeliones judías; destruyeron el templo y de este modo pusieron fin al poder de la clase sacerdotal. Más tarde, en el año 135, como consecuencia de las desastrosas consecuencias ocasionadas por una nueva revuelta judía, los romanos transformaron definitivamente ludaea en Palaestina y destruyeron Jerusalén, que tomó un nuevo nombre (Aelia Capitalina): a los judíos se les prohibió poner los pies en la ciudad.

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