Culto
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La buena conducta moral no es suficiente por sí sola para asegurar al individuo la recompensa en el Más Allá. De hecho, según versiones que se remontan a los orígenes indoiranios del zoroastrísmo, el mal no sólo se configura como forma ética, sino también, a consecuencia de un complejo sistema de reglas de pureza, como contaminación que proviene de la acción de los espíritus malignos. Hay que combatir estas impurezas, como ocurre en todas las religiones ritualistas, poniendo en práctica un complicadísimo sistema de actos de purificación, puesto que los motivos de impureza son innumerables, desde los cadáveres hasta la menstruación femenina.
De ahí que el zoroastrísmo asigne un papel especial a los sacerdotes, que, además de encargarse del culto al fuego —sobre el que hablaremos más adelante— y de las ceremonias que garantizan la continuidad de la tradición, presiden las prácticas de purificación.
Sólo los varones pueden ser sacerdotes; además, la posibilidad de ser elegidos es hereditaria: de hecho, los sacerdotes se casan, crean una familia y pueden transmitir su peculiar profesión a sus hijos. Para convertirse en sacerdote hace falta que un muchacho, de entre siete y quince años, aprenda, generalmente de memoria, las oraciones y los servicios del culto. Según el nivel de aprendizaje, existen tres grados, por orden ascendente: mobed, ervad y dastur.
Los sacerdotes oficiantes visten de blanco, símbolo de la pureza que deben garantizar. Pueden rezar oraciones por un individuo, esté o no presente en el templo, que no es tanto un lugar donde se celebran ceremonias colectivas como un lugar que cada fiel puede visitar cuando lo desee. Entre los pársi de la India los sacerdotes, por lo general, no reciben un sueldo, sino que viven de las ofrendas que reciben de los fieles a cambio de los servicios prestados; los que tienen un empleo civil pueden prestar sus servicios a tiempo parcial.
El símbolo central de la presencia divina es el fuego, hasta el punto de que los zoroastrianos fueron denominados por sus adversarios «adoradores del fuego». El culto se celebra en el templo del fuego, donde existe una cámara cuadrada en cuyo centro, sobre una plataforma de piedra, se halla una gran urna de metal. Allí arde continuamente el fuego sagrado sobre un lecho de arena o cenizas, mantenido por los sacerdotes dedicados a ello, que añaden leña y recitan las plegarías correspondientes a cada uno de los cinco períodos en que se divide el día.
Para purificar el fuego sagrado, los sacerdotes practican diferentes rituales complejos que, en el caso de la purificación más importante, el atesh Berham («el fuego del [guardián] Varahran»), pueden durar más de tres años. Los zoroastrianos de Irán tienen uno de esos fuegos en la ciudad de Yazd; los pársi de la India tienen ocho, cuatro en Gujarat y cuatro en Bombay. El más reverenciado es el de Udvada, en la costa de Gujarat, al norte de Bombay, y es un centro de importantes peregrinaciones: se dice que quema sin cesar desde hace más de mil años.
También son característicos del zoroastrismo los ritos fúnebres. Puesto que, como hemos dicho, el cadáver es una fuente de impureza, las prácticas fúnebres exigen que, tras haberse llevado a cabo diferentes purificaciones y ceremonias, sea colocado en el dakhma, la «torre del silencio» de forma cilíndrica, al aire libre, para que los buitres y otras aves devoren la carne.
Los huesos limpios y libres, por tanto, de toda impureza se exponen en un lugar situado en el centro del dakhma, cuando un dakhma está lleno de huesos, se construye otro. Los defensores de esta práctica, que en la India ha entrado en crisis, sostienen que, además de responder a las exigencias de pureza, tiene un carácter igualitario, puesto que la ceremonia fúnebre no contempla, en su escueta simplicidad, diferencias de trato entre ricos y pobres.