Datos históricos
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Los celtas hicieron su aparición en el área comprendida entre el Mar del Norte, el Rin, los Alpes y el Danubio, aproximadamente a comienzos del I milenio a.C. Su máxima expansión hay que situarla entre finales del siglo VI y el siglo IV a.C.: a través de Francia llegaron a España y a Portugal; se establecieron en las islas británicas y en Irlanda; en Italia ocuparon el valle del Po y descendieron hasta Apulia y Sicilia; avanzaron hasta Grecia, donde saquearon el santuario de Delfos en el año 279 a.C., y Asia Menor.
Los autores griegos consideraban gálatas sobre todo a los celtas de Anatolia; para los romanos, celtas eran los habitantes de la Galia cisalpina, a este lado de los Alpes, y galos los ocupantes de la Galia transalpina, al otro lado de los Alpes; pero para los romanos también eran galos los que al mando de Brennus ocuparon Roma en el año 390 a.C., probablemente porque conocían su migración desde la Transalpina hasta Italia dirigida por Belloveso.
En su expansión fueron creando grupos étnicos con formas culturales propias, en las que a menudo se pueden reconocer los rasgos comunes, como las aportaciones de la civilización romana y posteriormente del cristianismo. Las distintas etnias celtas utilizaban la escritura sobre todo con fines prácticos, para las dedicatorias a las divinidades, para las inscripciones funerarias o para designar los límites fronterizos.
Los celtíberos habían elaborado su propio alfabeto, así como los irlandeses, que utilizaban una escritura epigráfica, llamada ogham, inventada por un desconocido Ogma, cuyo nombre se corresponde perfectamente con el dios galo Ogmios. Los bótanos, por su parte, adoptaron el alfabeto latino tras entrar en contacto con los romanos; los lepontios utilizaban el alfabeto etrusco, mientras que los galos utilizaban indistintamente el griego y el latino. Pero según César (La guerra de las Galias, VI, 14), su patrimonio cultural, custodiado por los druidas, era transmitido oralmente en forma poética.
Los celtas encarnaron la idea de la brutalidad y de la barbarie para los griegos y, sobre todo, para los romanos, que se horrorizaban ante la costumbre celta, mencionada por Estrabón (IV, 4.5 [C 197-98]), de cortar las cabezas de los enemigos vencidos en la batalla, colgarlas en el arquitrabe de sus casas, untarlas con aceite y mostrarlas con orgullo a sus huéspedes. Probablemente, esta costumbre estaba relacionada con la doctrina de la transmigración de las almas, puesto que, si el alma residía en el cerebro, cortar la cabeza al enemigo suponía impedir la metensomatosis.
Otro motivo de horror para griegos y romanos era el sacrificio humano, cuyo oficiante era el druida. Aunque no todos los pueblos celtas lo practicaron de forma unívoca, la finalidad del sacrificio era aplacar a los dioses por una muerte o para solucionar una situación difícil, como una enfermedad, una guerra o un peligro. Algunos pueblos, cuenta César, tenían la costumbre de quemar vivos a los culpables de distintos delitos en grandes jaulas de mimbre de forma humana.
Las fuentes medievales están condicionadas por la presión ejercida por el cristianismo en su impulso evangelizador y, ante la ausencia de documentos directos, los testimonios de los autores griegos y latinos aparecen también viciados por la idea de barbarie que el imaginario grecorromano atribuía a los celtas, y por un prejuicio etnocéntrico que dio lugar a una «interpretación» (interpretatio graeca, interpretatio romana) de aquel mundo bárbaro.
Es decir, griegos y romanos traducían en términos de su propia cultura el mundo de los «otros» pueblos con los que entraban en contacto.