La dieta del Dr. Dukan

 

Oraciones Temas

La herencia indoeuropea

linea

Los druidas, «aquellos que poseen un enorme saber» según una probable etimología, especialistas de lo «sagrado», dueños de todas las formas de conocimiento, sin estar al servicio de una divinidad específica, como los pontífices de Roma y los brahmanes en la India, eran la traducción al plano humano del ámbito de lo sagrado, cuya compañera era la realeza. Pero esta última, entre los celtas y, sobre todo, entre los galos, parece que ya se entendía más como una chefferie, aunque con notables rasgos sacros.

Entre los galos, el jefe aparece más bien como un guía militar y político, cuyo poder debía de estar basado en el prestigio y en la autoridad. Sin embargo, entre los grupos de Bretaña y de Irlanda su sacralidad viene determinada por una probable práctica de hierogamia, consistente en la copulación con una yegua posteriormente sacrificada, que precedía a su consagración real. Una sacralidad que se manifestaba en la función de garantizar a la tribu el bienestar en todas sus formas. Cuando César describe la sociedad gala (La guerra de las Galias, VI, 13-15), junto a los druidas, en el vértice de la escala social, colocaba a los guerreros y relegaba al «pueblo» (plebes) al grado más bajo, con el mismo rango que los siervos, respetando prácticamente la ideología tripartita.

Aunque todos estos indicios, junto con el indiscutible dato lingüístico, confirman el origen indoeuropeo de los celtas, sigue resultando problemático definir de qué modo se tradujo la herencia indoeuropea en la organización de su posible panteón. Esta herencia aparece confirmada en algunas características de los personajes míticos y legendarios. Nuadu, soberano mítico de la tradición irlandesa, encarnaba la realeza, pero también era el guerrero.

Llevaba el epíteto de aigetlám, «de mano de plata», porque había perdido una mano en la primera batalla de Moytura, y por ello puede ser emparentado con el romano Mucio Escévola, el zurdo, que quemó en un brasero su propia mano derecha por no haber matado al rey etrusco Porsena, pero también con el dios germánico Tyr, que perdió la mano entre las fauces del lobo Fenrir. También en el irlandés Dagda, el «dios bueno», tanto por su etimología (dago-devos) como por sus funciones, que lo llevan a presidir los contratos, los elementos naturales y el tiempo, pueden verse huellas del sustrato indoeuropeo. A ese mismo sustrato pertenece igualmente la irlandesa Brigit (Brigantia en Bretaña), transformada, a través de un proceso de cristianización, en santa Brígida, que hasta fue invocada como «madre de Jesús».

La hagiografía de esta santa, que sólo nos ha llegado en documentos bastante tardíos, conserva elementos que, según los estudiosos, pueden remitir al sustrato indoeuropeo. En efecto, nace al alba, parida en el umbral de la casa, entre la oscuridad del interior y la luz del sol, por lo que podría identificarse con la «Aurora», que en el panteón griego es Eos y Usas en el de la India antigua. Y precisamente en los textos védicos la Aurora aparece junto con el epíteto de brhati, o incluso sólo con esta denominación, que corresponde etimológicamente al irlandés Brigit. Asimismo las Matronae, las Madres, pueden ser expresión del patrimonio indoeuropeo. Un número indeterminado de «madres» aparece distribuido por toda la India védica, donde la tierra se personifica como madre en Prthiví, invocada para obtener el bienestar (Atharvavedasamhitá, 12.1), o donde se repite la «madre del hogar» o la «madre de la selva» (Rigvedasamhitá, 10.146) o incluso la «madre de los ríos», Saravasti. Por otra parte, en Grecia, Gea y Deméter son «madres».

Todo esto contribuye sin duda a delinear el horizonte indoeuropeo de la cultura celta. Sin embargo, sigue siendo dudosa la organización de un posible panteón y, por lo tanto, la posibilidad de extender a las otras etnias el modelo galo proporcionado por César, aunque se admitiera la identificación de Brigit, «madre de las artes», con Minerva, que enseña «los principios de las obras y de las artes», y de Lugus/Lug, «maestro de todas las artes», con Mercurio «inventor de todas las artes». Y se trata de un modelo que no parece respetar la jerarquía de la estructura tripartita indoeuropea, puesto que Júpiter, aunque se mantiene como un dios de la 1.a función, es situado por César detrás de Mercurio, Apolo y Marte.

Esto induce a pensar que los celtas, y especialmente los galos, efectuaron una original reelaboración del patrimonio tradicional, adaptándolo a sus propias necesidades. De este modo, Mercurio-Lug, en vez de quedar al margen del esquema trifuncional por sus rasgos de «héroe cultural» y como figura que aglutina la identidad, en la reconstrucción de César se convierte en la divinidad principal del panteón, sin perder la función económico-productiva, que sigue siendo gobernada por él. También se puede ver la herencia de la cultura indoeuropea en el temor de los celtas de que el cielo se hundiera sobre sus cabezas, y de ello nos quedan indicios en un relato mítico aislado transmitido por la Biblioteca de Apolodoro (Epítome, 6, 18).

En cambio, la acción de decapitar, que podría remitir a un sustrato indoeuropeo, aunque tiene su paralelismo en los «botines» romanos, difícilmente puede ser expresión de una característica cultural, puesto que aparece también en otras culturas no indoeuropeas, como las civilizaciones andinas, o la de los Mundurucü de la Amazonia central, para quienes el objetivo concreto de la guerra era conseguir cabezas que, tras haber sido sometidas a un largo y elaborado tratamiento, eran colgadas en la «casa de los hombres». Tampoco el sacrificio humano, del que se conservan huellas en Roma, en Grecia, donde está documentado en la época micénica, y en la India, puede considerarse típicamente indoeuropeo, ya que se encuentra en todo el mundo antiguo, en el área cultural fenicio-púnica, y lo practican hasta el siglo xvi las civilizaciones mesoamericanas.

Volver al índice de Historia de las Religiones