La transmigración de la almas
César cuenta (La guerra de las Galias, VI, 14) que la enseñanza de los druidas incluía también la doctrina de la transmigración de las almas de un cuerpo a otro después de la muerte (metensomatosis), cuyo objetivo era eliminar el miedo a la muerte y aumentar el valor. Teniendo en cuenta esta finalidad, es bastante improbable que esta doctrina hubiera sido importada de Italia meridional y tomada del pitagorismo, como parece deducirse de Diodoro Sículo (V, 28.6).
Diodoro se limita a afirmar que entre los galos «domina la doctrina de Pitágoras, porque sostienen que las almas de los hombres son inmortales y que, tras un número determinado de años, inician una nueva vida entrando en otro cuerpo». En este caso, la «doctrina de Pitágoras» no es más que una interpretación griega que traduce en términos griegos una concepción de un pueblo «diferente».
César, por su parte (o quizás su testimonio), probablemente modera y adapta al modelo pitagórico más conocido la metensomatosis gala, haciéndola más aceptable para el auditorio romano. Si diéramos por cierta la influencia pitagórica en la metensomatosis gala, entonces admitiendo la autenticidad de dos poemitas galeses, que proponen una doctrina en la que la metensomatosis adopta rasgos incluso cósmicos cuando afirman «fui un salmón azul, fui un perro, un ciervo, un corzo, un tronco...», o incluso «adopté muchas formas antes de ser libre...», deberíamos presuponer a Empédocles, que dijo «en otra época fui un muchacho y una muchacha, un vastago, un pájaro y un pez de mar cubierto de escamas»; cosa que resulta como mínimo improbable.
Es mucho más verosímil que se trate de estadios y grados del ser, que la interpretación griega y romana redujo y asimiló al pitagorismo. Independientemente de cuál sea su origen, esta doctrina nunca excluyó o sustituyó la visión de un ámbito más allá de la muerte, entendido generalmente como un lugar sin una ubicación precisa y cuya reconstrucción sólo es posible a través de los ciclos de los imrama (viajes), relatos de viajes y de aventuras, redactados después del siglo XI, cuyo protagonista, a través de un largo y fatigoso itinerario, llega a islas fantásticas, en las que no existe el tiempo y donde reina la eterna juventud