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Datos históricos: el problema de la difusión

 

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La historia de la humanidad, entendida como una historia documentable y documentada según los criterios y los cánones de la historiografía, comienza en torno a la mitad del v milenio a.C. en Mesopotamia, la «tierra entre dos ríos», donde aparece la primera gran civilización. Desde este territorio, los principios y las formas, las características y estructuras de lo que hemos convenido en llamar civilización se expandieron lenta pero imparablemente por los países vecinos, extendiéndose, desarrollándose y refinándose. Pero esta difusión no significa que la civilización que se creó, aunque fuera la «primera», en el área mesopotámica, donde también apareció en Uruk, en el IV milenio, la «primera escritura» de la humanidad, se transfiriera o exportara en su forma originaria a los países limítrofes, como si se tratara de nuevos espacios que había que ocupar, contenedores vacíos que había que llenar. Hay que pensar más bien en un mecanismo de intercambios culturales, favorecido por el desarrollo del comercio y de las tecnologías, que dieron lugar a nuevas interpretaciones y plasmaciones, reformulaciones y adaptaciones, que configuraron las expresiones propias y peculiares de cada una de las civilizaciones. Eso no impide que la cronología establezca ciertas prioridades, pero el reconocimiento de las diferencias obliga inevitablemente a no considerar única y unívoca la historia de las grandes civilizaciones del Mediterráneo. Por esta razón, y a pesar de las evidentes dificultades, conviene intentar captar las diferencias culturales que distinguen de hecho los múltiples universos que en el transcurso del tiempo se sucedieron en aquel territorio. Los propios habitantes de la región, los súmenos en el golfo Pérsico, los acadios, los babilonios y los asirios, tenían una visión fragmentada de su realidad histórico-cultural y geográfica, que implicaba una clara conciencia de su propia identidad.
Cuando la historia comienza a suministrarnos los primeros documentos escritos, los sumerios, cuyo origen sigue siendo oscuro, están ya asentados en el territorio mesopotámico. Aunque su civilización pueda parecemos homogénea, los sumerios no crearon un estado unitario, sino que se distribuyeron en el territorio según el modelo de la ciudad-estado. Puede que Eridú, una de las mayores ciudades prehistóricas, no fuera sumeria, pero los sumerios la consideraban la primera de las cinco ciudades anteriores al diluvio. Independientemente de cómo se produjo la llegada de los sumerios a Mesopotamia meridional, lo cierto es que entraron en contacto con las poblaciones autóctonas, predominantemente semíticas, y también con otros pueblos alóglotas, de cuya presencia conservamos huellas en la onomástica y en la toponimia. Entre el iv y el m milenio, esta civilización sumeria se desarrolla y crea un número cada vez mayor de ciudades, como Uruk, Ur, Nippur, etc., en las que en el transcurso del m milenio comienzan a dominar las dinastías. La llegada de una dinastía semita a la ciudad de Acad en el 2334 a.C. da lugar a la primera unificación política del territorio bajo el reinado de Sargón I, que es el comienzo de una auténtica expansión imperialista. No obstante, este período sargónico es breve, porque una serie de invasiones de pueblos que vivían en los vecinos montes de Irán, los guti, acaba con el reino sumerio-acadio. Sin embargo, las ciudades sumerias consiguen superar esta crisis y se produce un nuevo florecimiento en el período neosumerio gracias al rey de Lagash, Gudea. Es el período de la tercera dinastía de Ur, al que seguirá en el m milenio la fase babilónica, presidida por la figura de Hammurabi, y a continuación el país quedará dividido en dos bloques enfrentados, Babilonia en la parte meridional y al norte los asirios, que conocerán una fase de máxima expansión entre el reinado de Sargón II (721-705 a.C.) y el de Assurbanipal (669-631 a.C.). La difusión de la cultura mesopotámica y, por tanto, también de la ideología religiosa, a través del comercio y del expansionismo sargónico primero, y babilonio y asirio después, filtrada por la mediación de los contextos culturales que sucedieron a los sumerios, llegó incluso hasta las realidades culturales semíticas del área sirio-palestina y también dejó su huella en la estructura religiosa de un pueblo indoeuropeo como los hititas.
La unidad religiosa.
Aunque el modelo religioso que se expande por el área mesopotámica y que después deja sentir su influencia hasta la costa palestina del Mediterráneo y al norte, en la Anatolia hitita, es el modelo sumerio, todas las culturas lo reelaboraron dándole una forma propia y original. Desde este punto de vista, las civilizaciones que se fueron sucediendo en el área mesopotámica estarían caracterizadas por una identidad y unidad cultural fundamentales, que permitiría tratar de manera homogénea sus sistemas religiosos. Si además se pudiera demostrar, como a veces se sospecha, que el sumerio no era una cultura étnicamente distinta de los acadios, los babilonios y los asirios, sino solamente una lengua «especial» de carácter religioso o, para ser más precisos, un lenguaje ritual, esta unidad estaría aún más justificada. Las diferencias serían simplemente producto del paso del tiempo y de las adaptaciones requeridas por el cambio de las necesidades. Por eso, frente a un conjunto religioso homogéneo que se conservó a lo largo del tiempo con pocas variaciones, aunque fueran significativas, se hallarían las transformaciones de los sistemas políticos por parte de quienes dominaron sucesivamente el territorio.
El sistema económico en el que se basaba la existencia de los pueblos mesopotámicos —ganadería, agricultura y comercio— dio lugar necesariamente a una forma de confederación de los pueblos primitivos, que se agruparon en torno a un centro, político y religioso a la vez, presidido por la figura de un «jefe», que muy pronto, en el transcurso del ni milenio, se definió en el modelo político de la monarquía.

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