Datos Históricos
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La escritura egipcia fue descifrada por Jean François Champollion, que en 1822 consiguió leer la estela trilingüe hallada en 1799 en Rosetta, en el delta del Nilo, escrita en jeroglífico, en demótico y en griego. Hasta entonces, el antiguo Egipto había permanecido envuelto en el misterio de una lengua impenetrable y fascinante, de imponentes e inquietantes monumentos, como la esfinge y las pirámides. Las únicas noticias disponibles procedían del libro II de la Historia de Heródoto, del De Isis y Osiris de Plutarco y de los fragmentos de la obra de Manetón. Gracias al desciframiento de la escritura y al avance de las excavaciones arqueológicas, la historia de Egipto se ha revelado paralela a la de Mesopotamia, por lo que ha sido inevitable comparar la evolución histórica de estas dos civilizaciones. Es bastante probable que los intercambios culturales entre ambos países empezaran en el transcurso del neolítico y del período conocido como Predinástico, pero los contactos con Mesopotamia meridional y con Palestina se intensifican sobre todo durante el período Dinástico antiguo, cuando Egipto se unifica y se consolidan las primeras dinastías. Eso no significa que Egipto elaborara una cultura de importación; al contrario, hay que reconocer que el país de las Dos Tierras, como siempre se le había llamado, creó una civilización original y autónoma, que supo asimilar y reelaborar las aportaciones de las otras culturas y que también exportó sus propias creaciones.
La época neolítica se caracterizó por la presencia de pueblos, que nos han dejado tumbas ovales con los cadáveres colocados en posición recogida. Distribuidos entre el delta y el valle del Nilo, con una mayor concentración en este último, los pueblos aparecen culturalmente homogéneos.
Nada podemos decir de los cultos practicados en el período Predinástico, excepto que tal vez se veneraba a la «vaca». La tradición y los documentos inducen a creer que hasta la I dinastía el país estaba dividido en dos reinos, uno que ocupaba '1 Bajo Egipto y el otro que dominaba el Alto Egipto. Tras las dos primeras dinastas, que caracterizan el período tinita, llamado así por Tinis, ciudad situada cerca de Abydos, en el Alto Egipto, y que constituyen un cuadro histórico bastante homogéneo (c. 3150-2700 a.C.), con la III dinastía comienza la historia del Imperio Antiguo (c. 2700-2200 a.C), que acaba con la VI dinastía. Es el período de las grandes pirámides, de las artes plásticas y las estatuas, durante el que se produce la expansión del poder de Egipto. En esta época se consolida el carácter divino del poder del rey, que adopta el título de «Horus de Oro» y quizá el de «hijo de Ra»; domina la teología de Heliópolis, que sitúa al sol, Ra, en la cúspide del mundo divino, y se codifica una perspectiva escatológica, limitada a los monarcas.
El Imperio Medio está separado del Imperio Antiguo por el llamado «primer período intermedio» (c. 2200-2061 a.C.). Más que de una fase de ruptura, se trata de un período de transición, en el que se produce en Egipto un debilitamiento del poder central. A este debilitamiento le corresponde una fragmentación feudal del territorio; muchos señores aspiran a la autonomía o incluso a la conquista del poder. En el 2061 a.C., sube al trono Montuhotep II con el nombre de Seankhibtaui, «El que vivifica el corazón de las Dos Tierras», que lleva a cabo la reunificación de Egipto y traslada la capital a Tebas. Recupera la política de los monarcas del Imperio Antiguo y el país se convierte de nuevo en una gran potencia; tras cincuenta y un años de reinado, lega a sus herederos un estado rico y floreciente. La expansión militar y política prosigue con fases alternas hasta el final de la XIV dinastía. Durante este período se desarrolla una literatura en la que encontramos huellas de serias dificultades en la sucesión dinástica, que probablemente todavía no estaba técnicamente bien definida. Las obras de esta literatura, como la Profecía de Nefertiti o la Novela de Sinuhé, se convertirán en el Imperio Nuevo en los textos más difundidos en apoyo de la ideología monárquica. Con la invasión de los hicsos comienza el «segundo período intermedio», dominado por dos dinastías de este pueblo invasor (la XV y la XVI), que adoptan, no obstante, todas las características culturales egipcias, incluida la forma de gobierno. Aunque la propaganda posterior haya desprestigiado el dominio de los hicsos, lo cierto es que introdujeron nuevas tecnologías de las que se apropió el Imperio Nuevo, cuyo inicio podemos situar en torno al 1550, con la XVIII dinastía. Kamosis expulsa a los hicsos y en casi veinticinco años de reinado hace que Egipto asuma de nuevo el papel internacional que tenía durante el Imperio Medio. Prosigue en el Imperio Nuevo la apertura económica y cultural respecto al Oriente Próximo, que se había iniciado durante la XII dinastía. También se llevan a cabo alianzas matrimoniales con los gobernantes de Mitanni y con los hititas. Parece que en esta época la soberana, sobre todo en su condición de «reina madre» junto a su hijo, asume un papel determinante para garantizar la sucesión dinástica. Durante el Imperio Nuevo, la relación entre el rey y la casta sacerdotal vive momentos de gran tensión, que se agravan considerablemente cuando sube al trono Amenhotep IV, sobre todo cuando éste cambia su nombre por el de Akhenatón, «El que place a Atón», y comienza su propia reforma religiosa.
Una vez desaparecido Akhenatón y suprimido durante milenios el recuerdo de su reforma mediante una auténtica damnatio memoriae, con el reinado de Tutankharnón se consolida el culto a Amón-Ra. Egipto retorna a la situación anterior a Akhenatón y la expansión y consolidación políticas prosiguen durante la dinastía de los Ramsés. Este período aparece marcado por acontecimientos históricos de gran importancia, como el enfrentamiento con los hititas en Qades, durante el reinado de Ramsés II, y por el éxodo de los judíos de Egipto. Al término de la dinastía de los Ramsés, se inicia en el siglo xi a.C. un «tercer período intermedio», caracterizado por luchas dinásticas, que produce un progresivo debilitamiento del poder egipcio. La historia de Egipto se mezcla entonces con los acontecimientos que tienen lugar en el Mediterráneo, más como sujeto pasivo que activo. El país es dominado por Libia, por Nubia y por Etiopía, tiene que aceptar el dominio asirio, hasta
el punto de que Psamético I es rey de Egipto gracias al reconocimiento de los asirios; es invadido por los persas, será conquistado por Alejandro, cuyos sucesores lo someterán a un sistemático proceso de helenización, y finalmente por Roma.