El más allá y el culto a los muertos
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Las concepciones funerarias de Egipto están estrechamente relacionadas con la ideología monárquica. Están contenidas en tres grupos de textos: los Textos de las pirámides, esculpidos en jeroglífico sobre las paredes de las pirámides de Saqqara y de algunas tumbas de las consortes reales, que esbozan la idea que del Más Allá se tenía en el Imperio Antiguo; los Textos de los sarcófagos, que en algún caso corresponden ya a la VI dinastía, trazados con caña en formas jeroglíficas cursivas sobre las paredes de los ataúdes, que son la expresión de nuevas necesidades aparecidas en el Imperio Medio, aunque siguen la tradición de los Textos de las pirámides, el Libro de los Muertos, que condensa en el Imperio Nuevo toda la ideología funeraria heredada de los períodos anteriores, escrito en rollos de papiro depositados en la tumba para guiar al difunto en el Más Allá.
El Más Allá era un lugar paralelo, aunque superior, al mundo humano. El faraón dominaba sobre ambos y actuaba de mediador entre ellos. Su muerte suponía el paso de un universo al otro, con la idea explícita de la supervivencia después de la muerte, basada en el mantenimiento de los cinco elementos indispensables para la existencia. En el Imperio Antiguo, la supervivencia en el Más Allá estaba reservada al rey, en virtud de su identificación con Osiris. El hijo, que representa a Horus, debe hacerse cargo del padre difunto y procurarle todo lo qué necesita para la vida. Esta existencia ininterrumpida del difunto sólo es posible si el cuerpo se mantiene incorrupto: de ahí la práctica de la momificación.
De hecho, el cuerpo es el soporte material del ka, destinado a deteriorarse; por ello se recurrió a sustitutos del cuerpo humano, las efigies del muerto colocadas en la galería subterránea de la tumba. Los monumentos funerarios propios de este período son las pirámides, destinadas a acoger el cuerpo del rey.
La forma más antigua era escalonada, como la de Zoser en Saqqara; más tarde, adoptaron el aspecto característico de paredes lisas. Junto a ellas surgía todo un conjunto de dependencias, destinadas a las celebraciones funerarias. En el período finita, inmediatamente anterior al Imperio Antiguo, la tumba está constituida sobre todo por la mastaba, término árabe que significa «banco», porque las tumbas estaban recubiertas de una superestructura con forma de un banco de piedras.
Con la llegada del Imperio Medio, tal como atestiguan los Textos de los sarcófagos, se asiste a una extensión del destino de ultratumba a otros grupos sociales. Osiris ya no es solamente el rey difunto, sino que todos los muertos son Osiris. Es en este período cuando se afirma el principio de la admisibilidad del difunto en el Más Allá.
Al hombre común no se le reconoce el mismo derecho del rey de sentarse como Osiris junto a Ra, sino que debe demostrar que es digno porque no ha puesto en peligro el equilibrio cósmico, turbando el orden de la sociedad. Tras su declaración de inocencia, el difunto debe someterse a un juicio ante el tribunal de Osiris y de Thot.
El Imperio Nuevo desarrolla una perspectiva teológica, que asigna además al muerto osirizado un destino «solar». La tumba del rey adquiere un valor cósmico, y sobre sus paredes se traza el curso del sol, acompañado de un formulario que se convierte en canónico con el Libro del Amduat, «lo que se encuentra en el Más Allá», un conjunto de textos funerarios reales que proporcionaba al difunto los instrumentos rituales para acceder a los Infiernos. Este nuevo destino también les está permitido a los ciudadanos que no forman parte de la familia real.