La dieta del Dr. Dukan

 

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El «dios-rey»

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El rey ostentaba frecuentemente títulos como «Los Dos poderosos están coronados» o «Las Dos señoras están en paz por mediación suya», o como «nombre del rey del Alto y del Bajo Egipto», que evocaba explícitamente la unificación alcanzada con la I dinastía; a veces aparecían también las imágenes de Horus y de Set, cuyo conflicto había determinado las vicisitudes del mundo y que en este caso traducían al plano mítico el enfrentamiento entre el Alto y el Bajo Egipto.

El rey es la síntesis simbólica de la unidad de Egipto, una síntesis que se refleja también en la esposa del monarca, que ostenta títulos como «La que une a los Dos señores», o bien «La que ve a Horus y a Set», y que tendrá un papel decisivo en la transmisión del poder. Toda la religión y toda la civilización egipcia están condicionadas por la concepción de una monarquía divina, de un «dios-rey» —aunque a veces es solamente el hijo de Ra—, que es dueño de todo el país y de sus habitantes, que son el «rebaño del dios» y cuyo «pastor» es el rey. Aunque actúe por mediación de sus delegados, es el rey quien intercambia los dones o el que ofrece sacrificios a los dioses.

Si bien el rey expresa simbólicamente la unidad del país, esta unidad sólo puede perpetuarse a través de la continuidad de la institución monárquica, y eso exige la adopción de un principio dinástico, como garantía de la sucesión al trono y del mantenimiento de la unidad misma de Egipto. Sin embargo, en la realidad histórica la sucesión dinástica se convirtió en la causa de graves conflictos, sobre todo en los momentos de mayor debilidad del poder central. En el plano ideológico, la sucesión dinástica se fundaba y legitimaba en el ciclo mítico de Osiris. Toda la historia de Egipto parece finalmente caracterizada por un esfuerzo teológico tendente a justificar el carácter divino del soberano, tanto si adoptaba el «nombre de hijo de Ra» (no antes de la IV dinastía) como si se identificaba con Horus. Debido a su carácter divino, el rey actuaba como un monarca absoluto. Conservaba el «nombre de Horus» mientras vivía, puesto que era un título que sólo correspondía al monarca vivo y que era adoptado por su sucesor a la muerte del rey. La sucesión estaba garantizada por la reina de primer rango, la «Madre de los Hijos del Rey», como se la denominaba en ocasiones. El soberano ejercía su poder desde la «Casa del Rey», ayudado por una especie de secretario general, el «Jefe de los Secretos de los Decretos». Se trataba de un sistema centralizado de tipo feudal, que convergía en el rey, quien ejercía su autoridad, aunque fuera relativa, también sobre los sacerdotes, técnicos del culto a su servicio. Al frente de Egipto siempre estaba el mismo dios, Horus, encarnado en los distintos reyes que se sucedían en el trono, único mediador entre el mundo humano y el mundo divino. Parece ser que la monarquía ya estaba vinculada al culto a Horus en el período Predinástico, cuyos soberanos son denominados en algunos documentos los «Seguidores de Horus». Aunque es posible que este título sea fruto de un malentendido o incluso de una Manipulación de la tradición referente a los reyes predinásticos, puesto que nos ha sido transmitido a través de documentos de la época de los Ramsés, al menos en el caso de un monarca del período Predinástico, cuyo nombre casi siempre se ha interpretado como Ka, la relación con Horus parece confirmada por la presencia del halcón del dios en el marco donde estaba inscrito el nombre oficial del rey.

Desde un punto de vista historiográfico, resulta difícil establecer si la asociación de los conceptos de monarquía y divinidad, llevada a cabo por el Egipto Dinástico, fue un hecho original o el resultado de la dinámica de intercambios culturales que caracterizó a toda la cuenca del Mediterráneo. La escasa anterioridad en el tiempo de la vecina Mesopotamia, de cuya cultura material Egipto importó numerosos productos, nos permite creer que también desde el punto de vista cultural tuvieron la misma evolución. Sin embargo, la probable vinculación de la monarquía con Horus ya desde el período Predinástico, así como la presencia indiscutible de un rey Escorpión, llamado así porque aparece designado con el signo jeroglífico que representa al escorpión, hace sospechar la existencia de un proceso histórico-religioso mucho más complejo, basado en una relación de la monarquía, o cualquiera que fuera el sistema que la había precedido, con imágenes de seres que, si no eran divinos, eran ciertamente extrahumanos, ya antes del período Dinástico. Tal vez sólo se importó de Mesopotamia la noción de divinidad que debió de contribuir a la atribución de cierta forma de trascendencia de los seres extrahumanos. Pero en ese caso, más que la noción de divinidad, que a veces los egipcios designaban con el término ba, lo que se importó fue la trascendencia de la dimensión humana.

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